Atrampado en una guerra impulsada por Netanyahu, mientras el mundo gritaba “no a la guerra”, Trump busca hoy una salida estratégica. El conflicto, iniciado sin hoja de ruta pero con muchas proclamas de victoria, le deja sin opciones.
Las infraestructuras petrolíferas y gasísticas arden en todo el Golfo pérsico bajo la mirada impotente de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu, quienes esperaban finiquitar la guerra, al estilo Venezuela, en cuestión de días, con una victoria aplastante.
Cada promesa de Trump de golpear “más fuerte que nunca” y cantar victoria suena ya a propaganda. Los hechos observables, pese a la censura informativa, son elocuentes: Irán resiste y replica cada vez más fuerte. El estrecho de Ormuz permanece bajo su control, los precios de los hidrocarburos se disparan y Occidente se ve obligado a vaciar sus reservas estratégicas para contener a unos mercados al borde del pánico.
Mientras tanto, Trump y su entorno se benefician de esta volatilidad que ellos mismos alimentan. Sus decisiones y sus declaraciones impactan directamente en los mercados, y muchos están aprovechando información privilegiada para mercadear deslealmente. Ordena ataques contra pozos iraníes, en un gesto que combina represalia y presión sobre sus aliados de la OTAN, reacios a apoyarle. Pide ayuda a China, levanta sanciones a Rusia e incluso al propio Irán y, a continuación, fantasea con abrir el estrecho de Ormuz con amenaza de bombardear infraestructuras iraníes críticas.
Trump confiaba repetir el guion venezolano de eliminar la cúpula iraní y promover el cambio de régimen, como si Irán pudiese manejarse con la misma facilidad y a distancia. Aspiraba apuntarse otro triunfo internacional que cambiara el equilibrio en Oriente Próximo en favor del sionismo. Poco importaba si sus actos fueran contrarios al derecho internacional.
Irán, por su parte, no es un actor improvisado. Desde la guerra Irán-Irak (1980-88), el país ha dedicado décadas de preparación para una contienda asimétrica con Estados Unidos y sus aliados, ya sea la OTAN, Israel o todos a la vez. Su aparato religioso, militar y científico ha desarrollado capacidades tecnológicas necesarias para afrontar este preciso desafío.
Teherán estaba listo; la guerra no fue ninguna sorpresa. Lo que sí sorprende es la aparente falta de previsión de Trump, que admite estar “impresionado” por la reacción sofisticada de la respuesta de Teherán y admite no haber anticipado ni la dimensión regional ni el cierre de Ormuz, pese a advertencias previas del propio ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, en foros internacionales.
A pesar de la mayor concentración de poder aéreo y naval de la historia reciente en la zona, Estados Unidos e Israel se muestran incapaces de doblegar al régimen iraní. De hecho, la escalada no cumplirá con las expectativas de Trump.
Las guerras no se deciden en una sola batalla. Puede que Irán pierda algunas o muchas, pero ganará la guerra porque el conflicto no cambiará el orden en Oriente Medio, sino alimentará más rencor y reforzará de nuevo al régimen iraní.
De momento, todo apunta a que Teherán mantendrá su guerra de desgaste a largo plazo, donde Estados Unidos e Israel tienen más que perder. Y en efecto, Trump quiere poner fin a la guerra cuanto antes, pero no encuentra una salida airosa y, mientras tanto, sigue enviando marines como palanca de presión. Lo mismo desea su partenaire, Netanyahu, quien mantiene al país en alerta máxima, movilizando reservistas y desalojando a la población ante nuevos ataques a su arsenal nuclear de Dimona.
Irán no contempla la rendición. Y advierte que el final de la guerra dependerá de sus condiciones, que incluyen garantías de seguridad, cierre de las bases militares de Estados Unidos en Oriente Medio, indemnizaciones por los daños causados y compromisos internacionales para evitar nuevas agresiones.
Trump y Netanyahu han llevado al planeta hacia un callejón sin salida y, enfrente, tienen a un Irán herido, pero no vencido. El conflicto puede enredarse aún más. En este contexto de incertidumbre, la hipótesis de una escalada nuclear deja de ser remota para convertirse en un riesgo tangible. La historia ya mostró en Hiroshima y Nagasaki (1945) hasta dónde puede llegar una guerra sucia cuando se cruzan ciertos umbrales.
Cuando eso ocurra, ya no habrá retorno. Por ello, la prioridad urgente no es “ganar” la guerra, sino contener la escalada. Y es lo que Trump busca desesperadamente; ha abierto las negociaciones por medio de varios mediadores regionales, intenta hallar una salida estratégica que lo devuelva de nuevo a la mesa de Ginebra, abandonada demasiado pronto. Entonces ¿para qué tanta destrucción y tanta sangre derramada?
Así, Trump no cumplirá ningún objetivo, porque nunca lo tuvo claro, pero busca salir airoso con relato fácil. Mientras Netanyahu avanza en su objetivo expansionista ocupando el norte del Líbano hasta el río Litani. Decisión que podría provocar un cisma entre ambos socios y desatar una grave crisis política en Israel, con repercusiones imprevisibles para la región. Irán, como en la “Guerra de los Doce Días”, saldría de nuevo reforzado del envite.
Conviene no olvidar que el fin de la guerra no significa, en absoluto, la llegada de la paz, porque en Oriente Medio hay demasiado odio sembrado por el sionismo: una tierra ocupada, un pueblo masacrado y un genocidio aun sin resolver.