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No a la guerra

Por Abdel-Wahed Ouarzazi
jueves 05 de marzo de 2026, 00:00h
Actualizado el: 05 de marzo de 2026, 10:23h

La historia se repite y muchos lemas reaparecen porque el hombre es el único ser capaz de tropezar con la misma piedra, perpetuando los mismos errores. “No a la guerra” fue una consigna llena de rabia de millones de españoles y del mundo entero que había clamado la no intervención de Estados Unidos en Irak.

Desgraciadamente, la guerra (2003-2011) se inició impulsada por el llamado trio de Azores, con Bush, Blair y un Aznar que disfrutó de la gloria estirando sus piernas sobre la mesa y un anfitrión, primer ministro de Portugal, José Manuel Durao Barroso quien, en 2007, siendo presidente de la Comisión Europea, declararía que lo habían engañado. Tony Blair reconoció su error pidiendo perdón doce años después; pero ya era tarde. La región se desestabilizó, el terrorismo causó una masacre al derribar las Torres Gemelas (2011) y una cadena de atentados recorrió toda Europa.

La comparación con la guerra de Irak no es una retórica, sino una advertencia. Por entonces se habló de amenazas inminentes y de armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. Fue una sarta de mentiras que desplegaron para justificar la intervención.

Hoy asistimos a la guerra que Netanyahu siempre había deseado y que Trump es incapaz de explicarla ante la opinión pública estadounidense. El burdo argumento de un ataque inminente de Irán contra EEUU no se sostiene, y muchos fueron los medios que no le han dado credibilidad alguna. Netanyahu, al oírlo, se partió de risa en un directo con Fox News.

Parece que EEUU subestima el coste estratégico que supone una regionalización del conflicto que Irán busca desesperadamente. Esto es, varios frentes simultáneos abiertos en la zona, forzando a potencias y alianzas a implicarse en una escalada injustificable, presionadas por compromisos geopolíticos o por amenazas arancelarias. A ello se suma la dependencia energética global al no garantizar la seguridad del tráfico en el Estrecho de Ormuz. Los países del Golfo, víctimas de represalias y ataques, se preguntan quién garantizará su defensa en un conflicto que no han buscado y en el que tienen mucho que perder, sin que Trump pueda remediarlo.

En este contexto, la posición de Pedro Sánchez de “No a la guerra”, “Sí a la legalidad internacional” o “Sí a la soberanía” es justa y pertinente. El rechazo a la utilización de las bases de Rota y Morón para operaciones vinculadas al conflicto puede leerse como un intento de evitar la implicación directa de España en una guerra cuya legalidad y legitimidad están siendo cuestionadas. Y no solo por España, sino mayoritariamente por la Comunidad Internacional.

La crítica de la oposición —que le acusa de apropiarse del lema “No a la guerra”— forma parte del debate político interno donde el PP de Feijóo, con miras muy cortas, ve un oportunismo sanchista, un balón de oxígeno para el PSOE que le permitiría aglutinar el voto de la izquierda que andaba algo disperso. Pero se olvida de que la guerra no la inició Pedro Sánchez.

La cuestión más delicada es otra: ¿qué sucede si la guerra se expande? Si Irán atacara territorio de un país miembro de la OTAN, el escenario podría cambiar radicalmente apelando a la cláusula de defensa colectiva. Esta hipótesis ya se ha producido; la Guardia Revolucionaria acaba de lanzar un misil balístico que fue interceptado en el espacio aéreo de Turquía, país miembro de la Alianza.

Pero la pregunta clave sería: ¿qué pasa si el origen de la escalada está rodeado de dudas sobre su legalidad internacional? La Alianza Atlántica no está obligada a convertir en automática una respuesta que podría precipitar una guerra global. Siempre existe un margen político y jurídico para evitarla. De hecho, Turquía ha contactado con las autoridades iraníes, siguiendo cauces diplomáticos.

Decir “No a la guerra” ilegal no es ninguna ingenuidad. Es recordar que las guerras son destrucción y pérdidas humanas; sobre todo cuando sus objetivos son perversos. Trump y nada menos que el genocida Netanyahu, llaman al pueblo iraní a levantarse contra la tiranía; y al día siguiente bombardear sin escrúpulos un colegio de niñas, masacrando a más de 160 menores.

Sabemos que no se trata de implantar una democracia ni de defender las libertades individuales de los iraníes, sino la expansión del sionismo y el control del petróleo. Estados Unidos vive, desde hace décadas, de la riqueza de Oriente Próximo; y ansía cada vez más por la imposición de la fuerza, en su rivalidad con una China inofensiva, pero económicamente pujante.

Frente a la lógica de la fuerza, sionista y del “MAGA”, dominada por la tentación de resolver por las armas lo que exige legalidad internacional, diplomacia, multilateralismo y negociación, resulta más que nunca necesario recordar, sin ambigüedades ni oportunismos, el lema de “No a la guerra”.

Abdel-Wahed Ouarzazi

Experto en Economía Política

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