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El Golfo pérsico prepara su independencia

Por Abdel-Wahed Ouarzazi
miércoles 01 de abril de 2026, 19:19h

El fin de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán está resultando tan caótico como su inicio. Donald Trump parece desorientado, incapaz de controlar la escalada bélica. No es tanto una derrota militar directa lo que le debilita, sino el descrédito creciente entre los países del Golfo pérsico, que ya no ven en Washington un garante de seguridad en la región, sino un actor irresponsable.

Desde el inicio del genocidio de Gaza, y ahora con la guerra contra Irán, Oriente Medio viene acumulando un coste sin precedentes que Donald Trump quiere hacer pagar a sus socios del Golfo. A estos, les exige financiar una guerra que responde a intereses de Israel y a la Europa, “milagrosamente insumisa”, una participación directa. No en vano proclama que la guerra tiene externalidades positivas en términos de seguridad para todos ellos.

No obstante, son muchos los países del Golfo, principales damnificados de este conflicto, que están alzando la voz en contra las decisiones erráticas de Donald Trump. Al tiempo que se enfrentan al dilema de depender de un aliado imprevisible, inconstante, caprichoso e inestable en sus ideas, o explorar nuevas alianzas que garanticen su estabilidad.

Pero, ¿por qué buscar un aliado para este menester? La respuesta se resume en un viejo aforismo árabe que sigue vigente: “los árabes acordaron no ponerse nunca de acuerdo”. Más que una ironía, es un diagnóstico. En otras palabras, el consenso árabe sigue siendo el desacuerdo estructural, elevado a doctrina política. De hecho, desde la perspectiva de la teoría de las organizaciones, el mundo árabe toma la forma de organigrama fragmentado, compuesto por casillas dispersas, inconexas entre sí, donde cada actor juega su propia partida y la coordinación es la excepción.

En el tablero geopolítico, los países del Golfo tienen un margen de maniobra limitado por falta de planificación conjunta. Son incapaces de unirse para crear una defensa colectiva al estilo de la OTAN. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), ha demostrado reiteradamente su ineptitud de articular una protección securitaria común. Las rivalidades internas, las diferencias de modelo político y las tensiones históricas condicionan cualquier intento de unidad estratégica real.

¿Quién podría ocupar el espacio que hoy domina un Estados Unidos en decadencia? Desde luego, no la Unión Europea. Incapaz de actuar como potencia militar autónoma; la cual sigue supeditada a una OTAN en decadencia, pero aún bajo control de por Washington que condiciona cualquier ambición estratégica en el Golfo. A ello se suma la ausencia de una política Exterior solvente y de una defensa común integrada. Más aún, la UE arrastra una fragmentación política, no económica, que en cierto modo es similar al organigrama árabe.

Tanto los europeos como las monarquías del Golfo parecen hoy más preocupados por un eventual cierre del estrecho de Ormuz que por el de Rafah, cuya clausura está agravando la hambruna de los gazatíes.

De manera individual, países europeos como Reino Unido y Francia, ambos con capacidades militares relevantes y experiencia de proyección exterior y quienes ya cuentan con una presencia puntual en la región, parecen en condiciones de asumir este papel de garante de seguridad en Oriente Medio. Sin embargo, carecen del alcance estratégico y de la logística necesarias. Es más, su pasado colonial en la región y sus ambigüedades políticas respecto del sionismo dificultan su arbitraje.

China o Rusia tampoco aparecen como alternativas plenamente viables. Ambos priorizan sus propios intereses estratégicos y económicos, mostrando una implicación selectiva, más orientada a la influencia que a la defensa efectiva de aliados en escenarios tensos o bélicos.

En este contexto, los analistas apuntan a la India y Pakistán como actores emergentes. Ambos cuentan con capacidad nuclear, mantienen vínculos energéticos crecientes con la región. En el caso de Pakistán, comparte además afinidades religiosas con el mundo árabe. Esta hipótesis presenta importantes limitaciones por la rivalidad histórica entre Nueva Delhi e Islamabad. No obstante, podrían jugar un papel complementario en un escenario multipolar, más complejo, sin que dependa exclusivamente de los Estados Unidos.

Lo que sí parece claro es que el modelo anterior está en crisis. La guerra ha evidenciado que Estados Unidos no puede proteger Oriente Medio de los misiles balísticos y drones iraníes, dejando así al descubierto no solo los límites del poder estadounidense, sino también los costes de una estrategia basada en la fuerza y en la unilateralidad, por encima del derecho internacional.

La región se adentra en una nueva etapa, donde Irán recobrará un papel mucho más relevante si cabe frente a Israel. Las monarquías del Golfo, que durante décadas han invertido masivamente en Estados Unidos para garantizar su protección, mientras mantenían relaciones discretas con Israel al tiempo que enarbolaban la causa palestina, han constatado que Donald Trump prioriza la defensa de Israel frente a Irán. De hecho, todas las exigencias impuestas a Teherán corresponden más a la agenda israelí que a los intereses de sus socios del Golfo, e incluso por delante de los intereses estratégicos de Estados Unidos.

La cuestión ya no es si Estados Unidos seguirá siendo la potencia dominante, sino quién será el nuevo aliado estratégico. Ante este desafío los Estados del Golfo deberán reforzar sus capacidades si quieren tomar riendas de su propio destino, diversificar sus alianzas y navegar entre potencias con intereses divergentes.

El alto el fuego se perfila caótico, con una región devastada y economías tensionadas. Un escenario donde la salida de los Estados Unidos no será ni ordenada ni estratégica, sino precipitada, como aquella de Afganistán, marcada por la urgencia de contener costes políticos y económicos que, por casualidad, ni Donald Trump ni sus asesores ni sus chamanes habían previsto.

Abdel-Wahed Ouarzazi

Experto en Economía Política

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