He comprado un cartón de huevos que dice: “con sabor a lo nuestro”. No había sido capaz hasta ahora de distinguir el sabor de un huevo por el lugar donde es puesto. En casa tuvimos gallinas y sabía que lo que los distinguía era la raza y, sobre todo, la alimentación. No era conveniente que el pienso tuviera mucha harina de pescado porque terminaban sabiendo a marisco. Ahora recuerdo unos maravillosos huevos al marisco que comía con mi entrañable Pepe Cueto en Barcelona. Pepe murió hace más de 20 años y los huevos no los he vuelto a probar.
Una cosa trae a la otra, como pasa con todo lo que pensamos. En esto somos un poco policías, o al menos tenemos vocación de detectives, a lo Mortadelo y Filemón. Los huevos dicen “con sabor a lo nuestro”, y caigo en la cuenta de cómo los eslóganes políticos, o ideológicos, se convierten en propaganda para consumidores: de ahí su escasa contundencia y credibilidad. He visto otros huevos ecológicos, que van de lo mismo. Tendría que preguntarle a la gallina, a esa gallina volucrina del Finnegans wake, de James Joyce, cómo se siente de comprometida con el medio ambiente a la hora de la puesta.
Hace poco veía anuncios de detergentes que respetaban al ozono, cuando estaba de moda lo del agujero. Eran los principios de la revolución woke que se integraba rápidamente en el mundo oportunista del marketing comercial. No sé si la idea entra mejor con la propaganda o la propaganda con la idea. Lo cierto es que con lo autóctono, lo nuestro, lo genuino, lo ecológico y lo vinculado con el cambio climático han pasado a ser bienes de consumo que acabarán condicionando nuestras vidas. Ya yo no sé a qué mundo pertenezco.
Esta noche me haré una tortilla francesa con estos huevos que he comprado y mañana les contaré la diferencia que hay con unos de la granja escuela de Arenys de Mar, que era la que editaba los libros de avicultura que leía de niño. Las cosas van cambiando. Las nacionalidades también. Antes un coche alemán era lo mas fiable que había. Después de que descubrieron que trucaban los sensores que delataban la emisión de gases contaminantes las cosas son de otra forma. Con lo de los huevos nuestros puede suceder que me recuerden a una malagueña cuando los casque. Pero las malagueñas tampoco son de aquí, como la virgen de Begoña de la que hablaba la coordinadora de Benijos. A Elfidio se le ocurrió bautizarlas como tinerfeñas, pero qué haríamos entonces con las de Lanzarote, Gran Canaria, Fuerteventura o La Palma. Volveríamos a lo de “Tenerife y sus seis satélites”, de Olivia Stone, y eso, después de los esfuerzos para constituirnos en región sería un retroceso imperdonable. Desde luego, muy autonomista no es.
En resumen, después de comprobar las intromisiones de los mercados en los fundamentos ideológicos he empezado a dejar de creer en las dos cosas. Así que cuando veo que me venden huevos ecológicos, o nuestros, o detergentes amigos del medio ambiente, o medidas efectivas contra el cambio climático, pienso que me están dando gato por liebre. Y ahora llámenme negacionista y todo lo que se les ocurra.