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El silencio

Por Julio Fajardo Sánchez
miércoles 26 de agosto de 2026, 13:17h

No me gusta tener que escribir este artículo, pero la gravedad de lo que veo me obliga a no mantenerme en silencio.

El silencio es uno de los principales enemigos de la democracia. Ahora toca hablar del silencio, sobre todo del que ha ejercido el presidente del Gobierno durante los 26 días siguientes a lo que él mismo ha definido como un atentado a la integridad territorial de nuestro país. Algunos dirán que estoy exagerando, pero sería mejor preguntarles cómo se sentirían si ven a la ciudad donde viven invadida de pronto por un número de personas igual al de sus habitantes. Y encima que les digan que se trata de un tema humanitario y sean tachados de xenófobos por protestar.

Lo cierto es que al presidente hay que respetarle sus vacaciones y es admisible ocupar su casa cuando se encuentre fuera, siguiendo esa permisividad buenista que se nos ha instalado sin darnos cuenta. En realidad lo de Ceuta ha sido una operación de ocupación. Mientras tanto en la prensa, durante este tiempo insoportable, se han dedicado a localizar el cadáver de Lorca y a medir los metros de un ático en Madrid. Este es el relato. El silencio vacacional y submarino de Sánchez significa la desinhibición por los auténticos problemas que importan a los ciudadanos, que se sienten desprotegidos viendo cómo los responsables políticos los venden por alguna razón inconfesable.

El problema está en que cualquier duda sobre el comportamiento intachable del que manda será defendida en tromba por la masa de abducidos que cierran filas a su alrededor, como una guardia pretoriana. Llegará el día en que Tigelino venga a advertirle de que Roma está ardiendo y el pueblo no aguanta más. Aquí no caben razones de responsabilidad porque todo lo que se hace tiene una explicación unidireccional, despreciando los cauces democráticos donde hay que darla. Es mejor el silencio y el que se mueva no sale en la foto, como le ha ocurrido a un diputado regional socialista en Ceuta, que ha sido advertido de expulsión, o a Margarita Robles por decir algo contrario a lo manifestado por el ministro del Interior. Todas estas cosas son consecuencia del silencio del jefe, al que no se le puede molestar porque está disfrutando de sus merecidas horas de descanso en La Mareta.

Al final ha vuelto, después de 26 días, cuando la campaña de acusación de xenofobia había fracasado en manos de los segundos espadas, llenos de torpeza. Alguien ha dicho la consabida frase de que se ha llegado tarde, pero lo realmente importante es la inacción y el intento de que una crisis de gravedad extrema se vaya pudriendo por si sola, mientras el que tiene la obligación de resolverla acabe de completar su bronceado. Me parece un escándalo, y lo digo porque de momento conmigo se estrellan las consignas de respetar el silencio impuesto, y como esto es así, me niego a callarme.

Mientras tanto, espero que Gibson encuentre los restos de Federico y a Ayuso le demuestren pruebas de malversación. No defiendo ni ataco a ninguno de los dos, pero alguien los ha convertido en la cortina de humo para tapar el sufrimiento de unos ciudadanos que viven en una ciudad española en el otro lado del Estrecho.

Lo siguiente será Lanzarote, donde han llegado varias pateras en este aciago agosto. Espero que entonces Pedro opte por defender su residencia de verano. Lo que ha hecho hasta ahora no tiene nombre y no me lo puedo callar.

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