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El grito silenciosa de la realidad

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 16 de julio de 2026, 07:00h

El verano nos regala un bien escaso durante el resto del año: tiempo. Pero no basta con disponer de más horas libres para descansar de verdad. También es necesario aprender a detener el ritmo interior. Se puede estar de vacaciones y seguir viviendo con la misma prisa, la misma dispersión y la misma necesidad de convertir cada momento en una experiencia que consumir, fotografiar o compartir. El verdadero descanso comienza cuando recuperamos la capacidad de mirar.

Quizá por eso el antiguo cántico del profeta Daniel conserva una sorprendente actualidad. «Cielos, bendecid al Señor», proclama el capítulo tercero. No se trata de imaginar unos cielos pronunciando palabras, sino de descubrir que la propia realidad bendice siendo lo que es. La inmensidad del firmamento, el movimiento de los astros, la belleza de una montaña, la fuerza del océano o la delicadeza de una flor constituyen una alabanza silenciosa. La creación no necesita hablar para expresar la grandeza de su Autor.

Esta intuición resulta profundamente sugerente. La realidad es un grito que resuena imperceptiblemente sobre la grandeza de quien la ha hecho posible. No es un grito estridente, sino una llamada silenciosa. Está siempre presente, pero solo la percibe quien aprende a escuchar. El problema no es que el mundo haya dejado de hablar; el problema es que nosotros hemos dejado de contemplarlo. Vivimos rodeados de ruido, pantallas, prisas y explicaciones. Miramos constantemente, pero contemplamos muy pocas veces.

Las vacaciones pueden convertirse entonces en una auténtica escuela de contemplación. No porque haya que transformar el descanso en una obligación espiritual, sino porque descansar significa también reconciliarse con la gratuidad de las cosas. Contemplar es permanecer ante la realidad sin preguntarnos inmediatamente para qué sirve. Es descubrir que una puesta de sol vale por sí misma, que el sonido del mar no necesita utilidad alguna para conmovernos, que una noche estrellada ensancha el corazón antes incluso de que la comprendamos.

Canarias posee una extraordinaria vocación para esta pedagogía del asombro. El horizonte del Atlántico, la silueta del Teide, los barrancos, los bosques, los alisios y la transparencia de nuestros cielos invitan continuamente a levantar la mirada. No son únicamente paisajes hermosos o recursos turísticos. Son una permanente invitación a reconocer que la realidad nos precede, nos sostiene y nos supera. Basta detenerse unos minutos para comprender que hay una belleza que no hemos fabricado y que, precisamente por eso, despierta la gratitud.

El asombro no es una emoción infantil que desaparece con la madurez. Es una forma profunda de inteligencia. Quien es capaz de asombrarse comprende que la realidad siempre es mayor que sus propios cálculos. Descubre que no todo puede reducirse a utilidad, rentabilidad o consumo. Y de esa contemplación nace también una nueva responsabilidad. Solo cuidamos verdaderamente aquello que antes hemos aprendido a admirar. Cuando la creación deja de ser un objeto y vuelve a ser un don, el respeto surge casi de manera espontánea.

Tal vez esta sea una de las mejores oportunidades que nos ofrecen las vacaciones: volver a mirar el mundo con ojos nuevos. Recuperar el silencio interior para escuchar aquello que siempre ha estado ahí. Redescubrir que la realidad habla, aunque no pronuncie palabras; que bendice, aunque permanezca en silencio; que invita, aunque no obligue. Los cielos siguen bendiciendo al Señor. El mar continúa entonando su canto. La creación entera permanece abierta como un inmenso libro que espera ser leído. Quizá solo necesitemos detenernos para escuchar, una vez más, el grito silencioso de la realidad.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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