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Venezuela

Por Julio Fajardo Sánchez
sábado 27 de junio de 2026, 17:09h

Venezuela es un país lleno de amigos y de gente estupenda. Al menos en mi caso es así. Para mí representa el ejemplo claro del mestizaje en la figura de Francisco Fajardo, hijo de un hidalgo español, teniente gobernador de la isla Margarita y una cacica guaiquerí. Fajardo fue el fundador de la ciudad de Caracas y da nombre a la autopista principal de entrada a la capital venezolana. Aquí la hemos llamado la octava isla hasta que apareció la Graciosa y, hasta cierto punto, el chavismo.

En los primeros años del poder bolivariano visité el país y veía a los círculos reunirse en el hotel donde me hospedaba, en Barquisimeto, con sus camisas vino tinto y luego escuchaba la voz de Hugo Chávez todos los días en la televisión diciendo ¡exprópiese! en su programa “Aló presidente”. Era su forma de vender la moto de la revolución y de los facilitadores cubanos. Las calles estaban llenas de militares con gorras de plato aparatosas y los aeropuertos de chinos y rusos. Ahora se canta: “Dónde están, los comunistas que los querían ayudar”. A pesar de todo seguía mirando con cariño a un pueblo que siempre me ha caído bien.

Oía en las calles del casco antiguo de la capital del Llano los joropos, los pasajes y los valses, y toda esa riqueza del folclore de arpa, cuatro y maracas, que cantaba Juan Vicente Torrealba. Fui admirador de su maravilloso contrapunteo, y disfruté de la voz de Jesús Sevillano, integrante del Quinteto Contrapunto, cuando vino a La Bodega de Julián, siendo cónsul de su país en Tenerife. He conocido músicos estupendos que han sido amigos míos, como Alí Chirino, que está en Coro, tocando el cuatro, o Cheo Hurtado, que venía a casa de Martín Palazón a tocar la guitarra en la cabaña.

En Venezuela la gente se levanta muy temprano y a las seis de la mañana ya están las calles llenas y se ve a los niños marchando a los colegios. Al atardecer cae un palo de agua, que descargan unas nubes altas, que brillan al sol como enormes algodones blancos. Entonces se toma lo que se llama un pasapalo. Una vez me dieron un wiski en un vaso envuelto en una servilleta, con un agitador de plástico de colores y una rodaja de naranja, para matarle el sabor, según me dijo el que lo preparó. Amanecía en Maiquetía, todavía con el reloj cambiado y vi el ocaso del turismo con la hierba creciendo entre las losetas de la piscina del hotel. Sin embargo, pensé que aquello era pasajero y ya va para 26 años.

Colaboré con un periódico digital editado desde Miami, propiedad de un oriundo de la Gomera que murió esperando poder regresar a su país. En Venezuela se llenan los estadios para ver jugar al beisbol, que es el sueño de Centroamérica para llegar a triunfar a Nueva York, igual que en Cuba, que sueñan con ser torpederos en los EEUU.

Ahora me duele Venezuela en una desgracia terrible. Han desaparecido las casas de barrios enteros con la gente dentro y me imagino que los cardenalitos se han quedado sin un lugar seguro donde poder anidar. He visto a Delcy, junto a su hermano y a Diosdado Cabello aparecer como la imagen de un triunvirato romano. Detrás está la mano de Donald Trump que envía aviones a Maiquetía con gente experta en gestionar catástrofes. El problema estriba en que también son especialistas en provocarlas, como siempre ha ocurrido en esa América por debajo del río grande.

No sé que ha sido de Humberto e Isabel, que viven en La Guaira. La autopista Francisco Fajardo está resquebrajada por el terremoto, y una periodista nos muestra las imágenes de los edificios cayendo en Chacao. El pueblo llora llamando a los suyos entre los escombros y a mí se me abren las carnes pensando que el petróleo no es suficiente para reparar tanto dolor y tanto desasosiego, mientras las bandas asaltan los supermercados.

No todos son malandros. Algunos tienen hambre y quieren pertrecharse de lo que van a necesitar. El pueblo es mayoritariamente solidario, como en casi todas las partes del mundo. El amor supera al odio en cuanto le den oportunidad. Por eso amo a Venezuela, por eso me duele Venezuela, mientras aquí se siguen cagando en la madre de V. I. cuya vida guarde Dios muchos años.

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