www.canariasdiario.com

Un milagro

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 14 de marzo de 2026, 06:00h

Es más que probable que, a tenor de lo que está sucediendo en el planeta, la gente piense que los milagros hayan dejado de ser acontecimientos posibles.
Sin embargo, sin ser un individuo excesivamente crédulo, si alguien no me demuestra lo contrario, acabo de presenciar uno.

Vamos a situarnos. Estamos —usted nos acompaña— en un hospital de Lamu, en la segunda planta de una institución del condado, en la antesala de las consultas de pediatría que la Fundación Pablo Horstmann sostiene con entusiasmo y generosidad encomiables.

Estamos sentados, viendo una vista bonita, que puede transformarse en fea cuando el horizonte se perjudica con carteles que muestran la cara sonriente del gobernador, anunciado obras, atribuyéndose méritos y aplicándose al auto bombo para que lo voten, enmascarando —detrás de su supuesta simpatía— que es un gestor desastroso.

Si no lo fuera, hoy, en vez de un milagro, podríamos haber sido testigos de dos.

Seguimos sentados, comentando en el lugar donde estamos, un extremo del mundo del que casi nunca se habla, cuando de pronto aparecieron las personas que habíamos ido a ver: un grupo de canarios voluntariosos que se habían desplazado para demostrar que todavía hay gente que merece la pena.

No nos apresuremos, el haber llegado no es el milagro. Tras los saludos, caminando con una pelota roja en la mano, se acerca un niño correteando, adelantándose a la madre que lo custodia como si tuviera prisa.

De pronto, las tres personas que habíamos ido a ver, al unísono, y como si estuvieran interpretando la partitura de una sinfonía con un solo nombre, cantaron: “¡William, William, no me lo puedo creer!”.

Tenían que creérselo: ¡estaba allí! correteando, yendo y viniendo por el mismo pasillo por donde, hacía no tanto, su madre lo llevaba en brazos porque se estaba muriendo.

Atando cabos —no hacía falta mucho talento—, caímos en la cuenta de que se trataba de William, el protagonista del relato escrito por una doctora excepcional llamada Francesca, agradeciendo a los participantes de un traslado imposible, en el que participaron menos de diez personas con más valor, talento y compasión que la quinta o la séptima flota de todos los ejércitos, incapaces de realizar salvamentos en vez de destrucción.

Mientras Javier y María jugaban con William, Elia llamó por teléfono a España, donde Francesca, todavía con la madrugada a cuestas, compartió parabienes con el enfermito y su madre.

No se sabe cuántas voluntades se pusieron en juego —administrativas, trabajadores competentes— movilizando España, Kenia y Tanzania para que uno, ¡solo uno!, un ser humano, mereciera la pena de haber nacido, pudiera brincar y soñar con transformar la pelota roja en otra, para meterle el gol más grande a las enfermedades congénitas y luego, festejando y mirando a las gradas, agradecer la ayuda humanitaria.

Ya nos podemos levantar, el pulso, a punto de claudicar, está restablecido en contra de todos los pronósticos, demostrando que la esperanza es una virtud que todavía no ha desaparecido.

Nos vamos con el ánimo pleno de emoción, pensando que asistimos a un milagro, y si no lo fue, debería ser considerado como tal, hasta que deje de ser un acto excepcional, en tiempos donde la humanidad —trastornada, desquiciada— recupere el sentido que le fue asignado cuando comenzó a llamarse humanidad.

Y eso también sería un milagro, pero….

https://www.canariasdiario.com/noticia/146631/opinion/solo-por-uno.html

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios