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Mi Abuelo

Por Julio Fajardo Sánchez
jueves 05 de febrero de 2026, 13:50h

Mi abuelo tenía 66 años cuando lo mataron. Lo sacaron de la cárcel con otros, los metieron en un autobús y los llevaron a un lugar del Jarama cuando era de noche para pasarlos por las balas. No sé quiénes fueron. Nunca lo han dicho. Tampoco quién dio la orden. El que estaba al mando siempre lo ha negado. Unas mujeres estuvieron junto a los cadáveres al amanecer. Alguien hizo unas fotos. No hay una autopsia para conocer cuántos tiros destruyeron su cuerpo. Solo tengo un papel escrito a mano, con letra bastante torpe. Dice así:

“Un hombre desconocido, el cual era de estatura alta, color blanco, delgado, pelo y barba blanca, manco del brazo izquierdo (esto resaltado en comillas), representa tener 60 o 65 años. Vestía traje negro a rayas, gersey (sic) de color, calzoncillos blancos, calcetín de color, zapatillas de paño a cuadros. Juzgado Municipal de Riberas del Jarama, Madrid”.

Cuatro renglones sirven para fabricar el dolor de una familia. Mi padre murió unos años después gritando el nombre de su padre y de su hermano, también fusilado en Málaga. Una guerra llena de odio se los llevó por delante; un odio que no ha sido enterrado definitivamente y vuelve a campar libremente por las calles y los campos; que arrastra a un viento gélido para herirte en la nuca. Por eso al llegar la madrugada tenemos que levantar el cuello del abrigo para protegernos. Ahora llueve en este invierno cruel que le hace un guiño al calentamiento. El agua inunda las cunetas y las desdibuja, el agua saca a los muertos de las tumbas en los cementerios, Algunos van a buscarlos al fondo del mar igual que otros confiesan sacar los votos debajo de las piedras. Podríamos parar un poco y volver mansamente camino de la Alcarria, de la mano de Camilo, o recorrer Castilla con Ortega, o el Levante con Gabriel Miró, evocando una procesión del Corpus. Pero con esto no se consigue el beneficio del odio. El odio solo es rentable para los que matan y con ello generan más.

Este es el único testimonio, administrativo y frío de la muerte de un hombre. No quiero reconstruir una historia a través de estos datos escasos, no serviría para nada. Me niego a echar más leña a la hoguera del odio. Solo pretendo decir que Reverte tiene razón, que la guerra la perdimos todos. También lo dice Julio Llamazares, a quien veía en el Son de Fernando VI tomando un mojito; y creo que al fin lo reconoce hasta David Uclés, al que ya no volverán a invitar a lo de Sevilla. Las cosas se torcieron el día en que un presidente le comentó a un periodista que convenía tensionar y puso en entredicho el perdón que nos habíamos dado en 1978. Algunos creen que esto sigue dando renta política, pero yo pienso que no. Cada vez menos.

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