Mientras el estado sionista de Israel continúa con su genocidio en Gaza, el ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, nos está dejando helados con sus acciones terroríficas contra los inmigrantes. Una agencia dirigida, paradójicamente, por un hijo de inmigrantes de origen italiano. ¿Por qué son tan crueles los propios inmigrantes con sus semejantes? Esto no es nada anecdótico sino una realidad con lógica propia.
Tiene por misión investigar amenazas a la seguridad nacional, narcotráfico, trata de personas y deportación de extranjeros que violan las leyes migratorias, el ICE está generando una gran polémica debido a la violación sistemática de los derechos humanos con redadas masivas, separación de familias y su confinamiento en campos de concentración en condiciones inhumanas y bajo trato indignante.
El ICE ya es conocido en el mundo como la Gestapo del siglo XXI y sus agentes como los “matones de Trump”; nadie escapa de sus garras, hombres, mujeres y niños como es el caso de Liam, de tan sólo 5 años; estén donde estén, en sus lugares de trabajo, de compras en un supermercado, en cafeterías, colegios, dentro de sus domicilios o en una iglesia mientras asisten a misa del domingo. Pero también actúa contra periodistas bajo la acusación de conspiración; lo que muestra hasta qué punto Trump está dispuesto a criminalizar la disidencia y la libertad de prensa.
Gregory Bovino, jefe del ICE, es la cara visible de esta represión, siendo él mismo hijo de inmigrantes; y los agentes que asesinaron al enfermero Alex Pretti en Mineápolis son de origen latino, identificados como Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez; Elon Musk, el afrikaner, nacido y crecido en el régimen del appartheid de Sudáfrica, odia a los extranjeros por naturaleza, pese a tener inmigrantes trabajando en sus empresas como Tesla y SpaceX.
Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos, sino que está siendo un patrón inquietante que se repite en la esfera política de Occidente. Son muchos los políticos con raíces inmigratorias que impulsan abiertamente el fascismo con agendas discriminatorias y, a menudo, incriminatorias contra los que llegan de fuera, sobre todo, si son pobres.
En Francia, ex primer ministro francés, Manuel Valls, de origen español ha mostrado ser un auténtico xenófobo y, especialmente, anti musulmán con discursos que vinculan la inmigración con la seguridad. Destaca, igualmente, Eric Zemmour, un polemista de la extrema derecha más radical; de origen judío beréber del Norte de África, fue candidato a las elecciones presidenciales francesas en 2022 donde fracasó estrepitosamente. Este agitador, muy presente en medios audiovisuales, estima que todo va mal a causa de los inmigrantes, del feminismo y de los homosexuales.
En España, el debate sobre inmigración está cargado de polarización política. La derecha y la extrema derecha compiten en el relato en busca de votos con continuas amenazas contra la población extranjera. Vox ha asumido abiertamente la teoría neonazi de la “remigración” que pide deportar a ocho millones de inmigrantes. Una idea que sirvió para aupar a la extrema derecha alemana y austriaca en sus comicios nacionales. Un discurso que está contaminando al PP de Feijóo, partido llamado de Estado, que busca desesperadamente votos cedidos a Vox.
Resulta especialmente chocante observar a políticos de origen inmigrante o descendientes de inmigrantes defendiendo posturas radicalmente hostiles a esta población vulnerable.
Vox, partido de la extrema derecha, tiene a Ndongo, llamado “el negro de Vox”, y a Garriga en sus filas; ambos reniegan de sus orígenes africanos, además de los blancos como Smith, Tertsch, Pflüger, Frings o De Meer cuyas raíces son de todo, menos españolas; todos ellos odian al extranjero y proponen con desenfreno su expulsión.
El PP de Feijóo no se queda atrás; integra perfiles como Cayetana Álvarez de Toledo y Elías Bendodo de origen extranjero, sin embargo, rechazan a los inmigrantes y se posicionan ahora, al igual que Vox, en contra de la regularización de 500 mil personas indocumentadas que el gobierno de Sánchez propone, pese al apoyo explícito de los empresarios y de la Conferencia Episcopal, que subrayan la necesidad de esa mano de obra.
Estamos hablando de trabajadores que sostienen sectores enteros de la economía en condiciones de explotación, sin cotizar a una Seguridad Social española que ve cómo se ha invertido la pirámide de la natalidad, poniendo en riesgo la quiebra del sistema de pensiones y del bienestar social.
Vox y PP comparten la misma mentira sobre la finalidad de esta regularización, es decir, inflar el censo electoral para favorecer al PSOE. Muchos españoles han comprado ese bulo, cuando es totalmente falso. Para que un inmigrante regularizado pueda votar, necesitaría 10 años ininterrumpidos de residencia legal en España; sólo después se abre un procedimiento administrativo que puede prolongarse varios años. Es decir, un inmigrante regularizado en 2026, votaría 12 años después, o sea, en 2038 y, para entonces, el mapa político habría cambiado por completo.
Los perfiles políticos de procedencia extranjera son utilizados como coartada o escudo retórico para justificar políticas racistas. Este uso falaz da a entender que el rechazo a la inmigración no es xenofobia sino sentido común, desactivando así toda acusación por racismo.
Algunos inmigrantes cruzan el mar, llegan, se documentan y, apenas se asientan, exigen ponerle coto al mar para que no entre más nadie. Puro y estúpido egoísmo; otros, quieren ser más franquistas que Franco, asimilan permanentemente la cultura y la ideología que les acoge para garantizar su propia supervivencia. Esto es, endurecen el discurso contra el inmigrante y sobreactúan deslealmente contra sus propios orígenes, sin poder verse al espejo.
La figura del inmigrante también la usa el PSOE o Podemos que exhiben en sus filas a representantes de origen africano, como Luc André Diouf y Serigne Mbayeque. Su presencia es más simbólica que transformadora; el uso político que se hace de estos inmigrantes no tiene nada que ver con el mérito o la capacidad de los mismos.
Al frente del ICE hay un descendiente de inmigrantes que ejerce impunemente la fuerza militar, con armas de guerra, drones y tecnología punta de control, seguimiento y deportación de inmigrantes. Dependiendo del Departamento Seguridad Nacional, el ICE es sólo la punta del iceberg de una potente maquinaria que pretende desmantelar el Estado de derecho de un país que era un ejemplo de democracia.
Hoy persigue a los inmigrantes, después vendrá el turno de los afroamericanos y, más adelante, irá por todo disidente que se atreva a desafiar el poder blanco, rico y armado. No es casualidad que Trump, con origen alemán, cuya esposa, Melania, nacida en Eslovenia e inmigrada a Estados Unidos por 1996, haya convertido la guerra contra la inmigración y contra sus críticos en uno de los ejes de su proyecto político.
Es bueno recordar aquí que la colonización inglesa de América, allá por 1600, redujo, a través del exterminio, a la población indígena; algunos sobrevivieron en las inmensas reservas o se desplazaron a Méjico, Guatemala, Nicaragua, etc.; son precisamente los mismos a los que Bovino está deportando en 2026.