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Tercera jornada

Por Daniel Molini Dezotti
jueves 15 de enero de 2026, 13:18h

Me gustaría conseguir un artículo de más o menos 1000 palabras, que cupiera, sin apretones en este espacio. El problema es que lo tengo desarrollado en notas y son exactamente10.562.

Se trata de un tema recurrente que ha sido tratado muchas veces; algunas con ilusión, otras con esperanza, la mayoría con desaliento.

El título se relaciona con la huelga de médicos, convocada en algunas comunidades autónomas del territorio nacional, y su repercusión en la prensa.

Es por eso que tengo tantas referencias, como si fuesen acúmulos densos de una nube tóxica que no termina de clarear, a pesar del tiempo transcurrido, de todo lo que se dijo y lo que eso ha generado.

No está nada mal que cada uno juzgue las controversias en las que quiera participar, las defina y tome partido, pero para ello es indispensable un ejercicio honrado en el que las decisiones se tomen al final, sin estar mediatizadas por filias, odios o convicciones extremas.

El empeño de hoy, ambicioso, es tratar de formular cuál es el problema, lo que postulan los médicos y las opiniones que de esa cuestión tienen algunas personas, manifestadas como comentarios a las noticias que aparecen en los medios de comunicación masivo y digital.

Una doctora a la que siempre consulto —equilibrada, comprometida, que no miente—, ante mi pregunta de cómo había ido la huelga, me respondió que en algunas regiones, como Murcia y Castellón, el seguimiento había sido bajo, pero no así en otras regiones como el País Vasco, Madrid y Valencia.

No tenía datos de Canarias porque en esta comunidad no habían sido convocadas.

Me aseguró que seguían esperando la huelga indefinida a partir del mes de febrero, que debía encontrarles a todos participativos, unidos y organizados, para que el tiempo, el esfuerzo y la energía empleados hasta este momento no se dilapidasen.

Estas conclusiones, posteriores al desarrollo de la jornada, eran informadas previamente por los noticieros, que daban cuenta de la tercera jornada de huelga de los médicos para oponerse al borrador del Estatuto Marco, exigiendo que reconozca —cosa que no hace— la duración de la jornada laboral, la retribución de las guardias y el derecho de que esas guardias, del mismo modo que tributan, sean reconocidas en el momento de la jubilación.

El conflicto se analizaba en muchos medios, explicando las propuestas del Ministerio y la de los sindicatos, ampliamente; lo que unos pedían, lo que otros no otorgaban.

O sea, el inicio y desarrollo de una controversia que afecta a los profesionales del arte de curar, y que también afecta y afectará a los usuarios, porque el acuerdo no llega y el horizonte amenaza con más paros, que pueden llegar a ser indefinidos.

Así las cosas, la población va tomando partido, las enfermedades persisten, las urgencias se colapsan, las necesidades aumentan y los cuidados de los especialistas se demoran.

La definición, cuando llega el posicionamiento, parece establecerse en empate. De un lado, quienes se solidarizan con la lucha de los facultativos, interpretando como justos los reclamos según la información que les llega o se interesan en encontrar. Del otro, los que están en contra, también asistidos por otras versiones que les llegan o se interesan en encontrar.

La batalla es desigual; no hacen el mismo ruido ni utilizan los mismos recursos quienes están a favor que los que están en contra.

La sociedad se moviliza, exige, reclama, apoya, y lo hace, con frecuencia y desgraciadamente, mediatizada por titulares.

Es por eso, y llegado a este punto, que me obligo a transcribir algunos planteamientos que, sin ser representativos de una generalidad, desalientan porque demuestran que los médicos no consiguen ser comprendidos a pesar de las explicaciones.

Y duele —diría que enferma— que haya personas sin la solvencia suficiente como para firmar con su nombre, que aseguran que el «Estatuto Marco tiene muchas ventajas y mejoras y que los médicos quieren sacar aún más, sabiendo que eso ya lo tienen amarrado». O que lo hacen porque quieren un trato «aún más privilegiado», o quien los plasma con adjetivos difíciles de calificar como: «...farsantes corporativistas, con la cara dura de boicotear a la propia empresa pública para la que trabajan... Nos quieren convencer de que trabajar para la sanidad pública y para la privada no representan intereses encontrados y antagónicos, sirviendo ellos de punta de lanza a las privadas para justificarlas deteriorando a la pública desde dentro y creando listas de espera. Ni una sola referencia al deterioro y desmantelamiento de la sanidad pública de la mano del PP-VOX, de forma descarada...».

Con la dignidad intacta, una doctora fue capaz de responder: «No soy del PP ni mucho menos de Vox, ni trabajo en la privada... Todos los partidos políticos deterioran y desmantelan la sanidad pública, sin distinción. Igual es usted incapaz de verlo porque está inundado de sectarismo, de ignorancia y de estereotipos. Tanta inquina contra un grupo profesional habla más de usted que de nosotros...».

Ojalá que esa doctora capaz de argumentar así no se arredre con personas que agreden de forma parecida. La pobre todavía está recibiendo improperios. Los que insultan ignoran que el problema que tienen los médicos tiene propiedades transitivas: es de todos.

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