Delcy ha jurado su cargo de presidenta interina ante la Asamblea Nacional venezolana. Trump le ha advertido que si no hace caso a lo que le pide lo pasará peor que Maduro. Esto significa que a este último lo han dejado solo, a pesar de que Delcyy lo ha invocado en el juramento, delante de su hermano Jorge y de Nicolasito. Esta misa está dicha y ahora empieza la segunda parte, el rosario y la letanía. No va más. Game over. Ahora viene el desfile de expertos para dictaminar sobre los atentados al derecho internacional.
Ya lo dijo Cervantes, que donde hay fuerza de hecho se pierde cualquier derecho. El diseño de esta operación ha sido complicado y sus interpretaciones lo son más todavía. El excalcalde de Caracas, Antonio Ledezma, ha sido muy claro en un artículo que hoy publica El País. El debate nacional va por otras sendas. Aquí se pretende sacar provecho electoral del conflicto y los bandos se alinean de manera errónea. Hay una especie de temor contenido y la prudencia se convierte en indecisión.
Se habla de diálogo y transición, pero se confunde con las prisas, algo impropio de unos políticos que le deben lo que son a ese proceso y que actualmente se muestran tibios a la hora de criticar los atentados dirigidos a su demolición. Nuestra transición fue difícil y hoy no goza del prestigio suficiente. Quizá esto no sea suficiente para que nos imiten. Alguien ha dicho que se trata de algo ideológico. Son distintas formas de ver el mundo que solo se superarían con la participación de todos y mucha tolerancia.
He visto algunos programas de televisión y todos coinciden en emplear altas dosis de demagogia. El partido se juega entre el victimismo y el abuso; el argumento manido utilizado hasta la saciedad en los últimos años. La capacidad de aceptación del ciudadano medio no está agotada, porque los espacios de la lógica no existen en sus mentes contaminadas por un exceso de fraude y de engaño. Esto no da para más. Siempre lo mismo. Nuestro futuro puesto en manos de la visceralidad, de lo políticamente correcto y de la superioridad moral. Hay que aceptar que las cosas son así. Yo no las puedo cambiar. Por lo demás, en Venezuela que sea lo que Dios quiera.