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Efecto Paulov

Por Julio Fajardo Sánchez
domingo 30 de noviembre de 2025, 12:59h

Mis amigos ya desaparecidos, Manuel Gómez Canela y Joaquín Martínez del Reguero, en su época de estudiantes en La Laguna compartían habitación en una casa de la calle de Los Álamos. No sé si con la intención de comprobar el efecto Paulov, habían amaestrado a un ratón que salía de su madriguera cuando le ponían La Consagración de la Primavera, de Stravinski. Para ello le ofrecían un trozo de queso al tiempo que sonaba la música, hasta lograr que apareciera sin el reclamo alimenticio.

Manolo era de Larache y Joaquín asturiano. Nos reuníamos en el bar Alemán para jugar a la generala después de comer, junto a Guillermo Jones, que era guineano con familia en Bilbao, y Cervino. El ratón es una variante del perro y Stravinski de la campana de Paulov. Una mezcla de Walt Disney con la mejor música del siglo XX, en un alarde cultural solo propio de La Laguna de finales de los 50. En aquellos años montábamos “Esperando a Godot” en el Teatro Leal. Mezclábamos el absurdo con las corrientes más rabiosamente modernas de la producción sinfónica. Hoy noto el efecto Paulov en cada contacto con la gente que me lee.

Surgen los adeptos y los detractores igual que Jerry saliendo del agujero en cuanto les toco la fibra sensible en la que sienten agredida la parte más íntima de sus ideologías; y que conste que no es mi intención hacer un experimento que provoque una respuesta ante un estímulo condicionado. Se produce de forma natural, como si la política se hubiera convertido en un componente del sistema glandular. Y debe ser así, porque de otra forma no se explicarían estas reacciones espontáneas llenas de fiereza.

En la época en que Manolo y Joaquín jugaban con el ratón no sucedían esas cosas; quizá porque teníamos un enemigo común que se llamaba dictadura y no nos estábamos buscando las cosquillas entre nosotros. Por eso jugábamos a la generala mientras tomábamos el primer café de la tarde. Una vez sacaron a un socio del Casino al que le había dado un infarto jugando al dominó. Esa mañana hubo un accidente en la carretera de Tejina y un coche se estampó contra un eucaliptus. Manolo se levantó de la mesa y dijo: “El cupo de hoy está cubierto, me voy a volar”, y se dirigió al aeroclub donde estaba tomando clases para ser piloto en una avioneta piper apache. Ya estaba empezando a familiarizarse con el mundo de las estadísticas, el que luego le haría triunfar en la empresa, dirigiendo Prebetong hormigones.

Contaba que un proveedor de clinker escocés le había enviado en un carguero un cocker spaniel que le había encargado. El telegrama decía lo siguiente: Viaja en el barco, cocker de nombre X, hijo de la campeona de Inglaterra, nieto del campeón de Escocia, etc., así hasta completar un largo pedigrí del animal. Terminaba diciendo: “Acompañan al perro 10.000 toneladas clinker”. Hoy esto no sería posible sin provocar un efecto Paulov, en el sentido que sea, da igual. Los animalistas dirían que el ratón no merecía que lo engañaran de esa manera, aunque lo estuvieran culturizando con el compositor ruso, los anticapitalistas denunciarían la vulgarización exquisita del negocio y los ecologistas denunciarían la fabricación del cemento con que destruimos al planeta.

Por eso ya no hace falta usar a un perro o a un ratón para comprobar la respuesta de las glándulas. Basta con hacer una leve sugerencia política para que se pongan como fieras.

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