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La capacidad olfativa del ser humano

Por José Luis Azzollini García
lunes 16 de mayo de 2022, 12:20h

En los documentales de “National Geografhic”, o “los de la Dos”, o incluso en aquellos anteriores -para los que somos más carcas- del naturalista Rodríguez de La Fuente, veíamos que los Elefantes, leones, lobos u osos tenían un nivel olfativo verdaderamente espectacular. En el caso de los primeros, podían detectar, a través del olfato y a más de diez kilómetros, si se acercaban a una tribu de cazadores -peligro- o de agricultores -tranquilidad-. Los leones mostraban su nivel olfativo a distancias considerables también; y además, sabían discernir el tipo de animal que sería el plato fuerte de su menú. De los osos polares, podrías esconderte si te encontrabas a una distancia superior a los treinta kilómetros y con los lobos, podías dejar de rezar si te distanciabas de ellos a más de un kilómetro.

Pero, ¿y el ser humano? ¿Cómo va nuestro grupo en eso del radar nasal? La respuesta científica, nos habla de que somos capaces de distinguir entre más de diez mil tipos distintos de aromas; cantidad que, hoy en día y tras los últimos estudios, parece que se ha incrementado considerablemente.

Yo, que en el mundo científico, ejerzo más de observador que de otra cosa, he hecho mi personal valoración dependiendo del tipo de ser humano que haya estado oteando. Así distinguiré tres subgrupos, de entre todos los observados, que me gustaría compartir con quien lea este artículo.

Inspirado en el libro “la Visita Médica, ¡viva la madre que la parió!”, en el que llevé al papel lo que observé durante veintidós gloriosos años de mi vida laboral como “soldado raso”, tuve la oportunidad de verificar la sensibilidad olfativa de quien actúa como jefe. A algunos de estos personajes, los calificaría de linces -con perdón, para estos “gatitos” ibéricos-. Son capaces de detectar las joyas de la corona tanto en subida como llaneando. Para ascender, huelen al “ser supremo” -sea macho o hembra- a una distancia superior a tres pisos por arriba o por abajo. Saben cuándo se acercan, y disponen toda su apariencia en una actitud lo suficientemente “empavonada” como para que sea captada por aquellas personas que pueden ejercer su poder para un aumento de categoría. En cuanto captan, olfativamente hablando, la inminente presencia de ese sumo espécimen, la lengua les empieza a crecer y a adquirir un aterciopelado aspecto que permitirá extraer todas las palabras que se necesitan poner en juego para el logro de sus objetivos. Esa capacidad innata que tiene este ser humano “lince”, le confiere también la virtud de controlar a sus colaboradores más cercanos o similar nivel; a quienes mantendrá a raya para que no “estorben” sus temporadas de caza. Actúa con tantísima pulcritud, su olfato, que al mismo tiempo que es capaz de captar quien le servirá para sus propósitos, también lo hará para detectar a los “débiles” a quienes culpará de sus posibles errores.

En el mundo del periodismo también se encuentran algunas especies de seres humanos dignos de mención por sus peculiaridades olfativas a la hora de adivinar donde está la noticia. En la prensa diaria leemos, oímos y/o vemos, cantidad de actuaciones donde este ente “águila”, es capaz de discernir lo que es una noticia real, de lo que en realidad es una “fake-new” -para lo no iniciados en la lengua de Shakespeare: una mentira cochina. Un gol por toda la escuadra. Un contratiempo para quien se la crea- Cuando se amontonan demasiados hechos relevantes en la sociedad, suelen tener problemas en sus fosas nasales. Dicen los maledicentes, que se han visto algunos de estos “especímenes águilas” con algún tipo de artilugio en la nariz que les hace tratar las “noticias detritus”, como si fueran auténticos proyectos para un “Pulitzer”.

A estas alturas, más de una persona está ubicando a seres humanos por su sagacidad. Hay muchos subgrupos de los expuestos, cuya capacidad para detectar aromas es verdaderamente curiosa.

Yo con la que más he llegado a asombrarme, ha sido con la que vengo a denominar el “ser humano Suricato”. Posee, este elemento, la capacidad olfativa más grande que se haya podido estudiar. Estoy seguro de que si les digo que el hábitat natural de este tipo de “oledor” es el de la política, podrán entender mejor a qué me estoy refiriendo. Dentro de las características que le hace merecedor de esa posición en este pequeño ranking, está la de poder captar una silla vacía en una institución -Ayuntamiento, Cabildo, Asamblea, Parlamento, Senado, Gobierno o en una Asociación importante- a una distancia de cuatro años o, incluso, a dos legislaturas vista. En cuanto la captan y deciden que es apta para ser ocupada por sus dignas posaderas, el “ser humano Suricato” lo dispondrá todo para hacerse notar. Se levantará sobre sus miembros inferiores y con sus manitas en jarras, preguntará: ¿y de lo mío, qué? Ya habrá dado su primer paso tras esa primera captación olfativa de amplio espectro que he señalado.

Pasado el tiempo, y una vez conseguido “el machito”[1] -desde dónde lo verá todo con otra perspectiva-, este olfateador nato, irá captando las oportunidades para perpetuarse en el poder o para obtener beneficios propios, o para su grupo. Algunos se pasan de frenada y les separan de la manada.

Tienen mucho de las características del elefante, porque saben distinguir a que otros grupos deben unirse para lograr sus fines o simplemente para proteger su “bien ganada” butaquita. Tienen bastante de la capacidad del oso, en lo de no tener que acercarse demasiado para captar a candidatos que le puedan ser de utilidad. Usarán también la capacidad del lobezno para poder olfatear objetivos de su entorno más cercano.

Este “ser humano suricato”, sabrá cuando se le acerca el peligro ya que, aunque lo pueda parecer, no es un depredador nato. Algunos de ellos sí que han ido sufriendo una metamorfosis que los han convertido en auténticas máquinas de revalorización. Es, entonces, cuando se les da caza y se les retira de su puesto, aunque tal vez solo sea para participar en el juego de las “puertas giratorias”, que es como el juego de “las sillitas musicales”, pero sin perder el asiento, ni el sueldo. ¡Un suricato, jamás pierde!

La sociedad, por otra parte, ha ido aprendiendo a usar el comodín del voto para sustituir a estos “suricatos” de la vida política, por auténticos responsables que usan su olfato únicamente para el bien de su comunidad: “los seres hormiga”. ¡Aunque cuesta detectarlos, existen!

El resto de los seres humanos, figuraríamos más, como seres “gacela”. Vivimos entre los anteriores, pero lamentablemente, a veces solo usamos nuestra capacidad olfativa, lo justo, para saber quién nos está “chascando”.

Compañeros y compañeras “gacelas”, parece que se huele el levantamiento de la veda -la prueba de las inauguraciones y el asfalto, además de las encuestas, no engaña- ¡Algunos “suricatos” ya parecen estar alerta!

[1] Machito: según el Diccionario de la Lengua Canaria, dícese de la peana o lugar donde se ha encaramado alguien para desempeñar alguna parcela de poder

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