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El regreso del turismo

Por José Luis Azzollini García
martes 20 de julio de 2021, 06:00h

Si estuviéramos en la época en la que se voceaban los titulares de los periódicos para estimular su compra, seguramente estaríamos oyendo un incesante: ¡que vienen los turistas! ¡Que vienen los turistas!

Esto, que sin duda nos debería de llenar de regocijo, no debería constituir algo que a corto y medio plazo se nos pudiera volver en contra. Me explico:

Que el turismo vuelva a caminar por nuestras plazas, calles y playas es algo que nos hará infinitamente felices. A muchos de nosotros, nos llenará de una gran alegría. Ver a los turistas alquilar coches y pasear por nuestros campos y montes, será un placer.

Sin lugar a dudas es muy difícil pensar que zonas de España como nuestra tierra Canaria, puedan subsistir mucho más tiempo sin esa presencia de quienes aportan tanto beneficio.

La cuestión estaría en dilucidar si es el momento ideal para la llegada de un turismo que vuelva a llenar todos nuestros establecimientos hoteleros y extra hoteleros. A ocupar todas las mesas de nuestra restauración y bares. A plantar su sobrilla en cada rincón de nuestra playas.

¿Sabiendo los beneficios que aportan, qué podría hacer pensar en un retraso en su llegada? No es necesario ser extremadamente inteligente para saber que el turismo, en estos momentos, puede aportar otros factores menos deseables y por supuesto limitantes a la hora de querer seguir mostrando un “optimismo irracional”. Desgraciadamente en la coyuntura actual, son también potenciales portadores de algún tipo de cepa del virus de la covid19.

¿Prohibimos, entonces, la llegada a turistas internacionales y nacionales? Obviamente si la respuesta se sustancia con un rotundo no, será cuestión de ir aclarando posiciones.

Digamos que aceptamos la llegada de turistas pero con unas condiciones que tal vez puedan servir, incluso, de prueba para una posible transformación del tipo de turismo que se desearía tener en Canarias (también puede ser válido para otros puntos de asentamiento turísticos).

Digamos que aceptamos que nos llegue el turismo, pero, al mismo tiempo, ponemos en marcha una trasformación profunda de nuestra mayor industria.

Digamos en definitiva, que aprovechamos la actual situación para reacondicionar nuestra planta hotelera para conseguir en un plazo medio-largo, un turismo de calidad. A todos se nos llena la boca hablando de este tipo de clientela, pero nos dedicamos a construir cada vez mayores establecimientos. Recuerdo cuando se abrió en Playa de las Américas el primer hotel con mil camas. Diseñado para un turismo de calidad. Con el tiempo, ese hotel hubo que ponerlo en precio atractivo -o sea, abaratarlo- para poder mantenerlo abierto. Los hoteles se hacen con una arquitectura muy atractiva, pero después hay que mantener sus camas ocupadas para conseguir que la cuenta de resultado permita abrir sus puertas y devolver a la parte empresarial el costo y el beneficio esperado.

Hay hoteles y complejos hoteleros que claramente necesitan una restructuración e incluso una desaparición, o un reciclaje si se prefiere. Hay ejemplos claros de lo que anoto. No hay más que darse una vuelta por el Puerto de la Cruz y seguramente se tropezarán en una de sus principales arterias, con el vivo ejemplo de lo que no se debe permitir. Cada vez que veo a un turista sacar una foto al desecho de edificio en el que pienso y seguramente el lector también, me quedo francamente preocupado por la cantidad de amigos de este turista que verán esa foto.

Retomando el tema de la revolución turística; pongamos que se limitara, de momento, el aforo de los establecimientos a un 60% y se aconsejara subir el precio de las camas en uso a una cantidad que hiciera que solo pudiera llegar un turista de poder adquisitivo distinto al que nos suele llegar en temporadas de ocupación máxima. Y pongamos, también, que se elimina el “todo incluido” tan al uso en los resort americanos. Esto, además de aumentar la necesidad de ofrecer en los hoteles un atractivo mayor para conseguir que los clientes hicieran la comida suelta, en el establecimiento, también permitiría que las empresas que se suelen crear alrededor de los grandes hoteles y complejos de apartamentos, también pudieran sacar la cabeza del pozo.

Vamos a ir organizando el plan: Disminución de cupos; aumento de precio/cama, eliminación de motivos para obligar al turista a quedarse dentro y eliminación o restauración total de edificios ya obsoletos. Estos son los pilares desde el sector privado. Pero desde lo público, también hay cosas que aportar. Como por ejemplo, abaratamiento de costes y tiempos para quien decida tirar al suelo un edificio para construir uno nuevo en su lugar. Disminuir el número de camas a permitir en una zona (sé que esto es difícil y que ya ha ocasionado mucha tinta y controversia); aumentar la seguridad de las zonas púbicas y por supuesto la limpieza y adecentamiento también estaría dentro de la aportación púbica. En esta parte hay mucho por hacer tanto en carreteras, calles, aceras, jardines, barrancos, rotondas, etc., como en la formación de todo el personal (el activo y el que está sin trabajo). Suena a mucho trabajo por hacer, pero se puede hacer. Cualquier cosa que hagamos en pro de nuestra mayor forma de ganarnos la vida, será apreciada.

Concluyendo: Bienvenida al turismo, sí. Pero alfombra roja para el turismo de calidad. Y, este último, se ha de sembrar, regar y mimar. No nace de forma espontánea. El que sí que sale sin haberlo sembrado es el que no respeta normas, el que molesta, el que deteriora imagen y hace huir al que realmente nos interesa. Y, este del que hablo, es del que más nos preocupamos por perderlo. ¿Tiene sentido? Para mí, al menos, no lo tiene.

Aprovechemos la mala situación para reinventar nuestra Industria.

Aprovechemos el momento que se nos está brindando.

Señores políticos, señores empresarios, necesitamos líderes capaces de creer en la transformación del subsector del turismo.

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