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Palabra

miércoles 03 de junio de 2020, 03:00h

En la gramática tradicional -la que un servidor de ustedes estuvo estudiando muchos años ha- la “palabra” era simplemente una unidad de la lengua fácilmente identificable tanto en el habla como en la escritura e incluso en las señas. En su definición algo más complicada se decía que era cada uno de los segmentos limitados por delimitadores (¡toma ya!) en la cadena oral, escrita o por señas y que está dotado de una función. Desde el prisma de la lingüística más moderna, la definición de “palabra” ya se convierte en un concepto mucho más complejo, enrevesado y problemático; ahora mismo no me apetece demasiado introducirme en dicho concepto (de fonemas, morfemas y prosodias) lo que no conseguiría otra cosa que aburrirnos un montón a todos, a ustedes y al que escribe.

Descendiendo pues al mundo de la simpleza y de la mediocridad humana -de la que todos formamos parte, con la escasa excepción de algunos genios- debo afirmar rotundamente que soy un enamorado absoluto de la palabra y, como tal enamorado, me siento abrumado por aquel punto de locura y enajenación que ofrecen las artes amatorias en general.

La pasión que siento por la lengua (por el lenguaje, que no tanto por el órgano) hace que mi mente vibre cuando me encuentro, al azar, con alguna palabra que, o bien por mi desconocimiento o bien por mi sorpresa, me llama la atención. Presumo, en ocasiones, de poseer un cierto nivel léxico en mis expresiones, sobre todo, en las escritas. Dicha afirmación no se basa en ningún criterio que pueda ser calificado como meritorio; más bien, mucha lectura, magníficos profesores y un padre sensible al conocimiento y especialmente a la “letra”, junto a mi enorme curiosidad me han inoculado un gran interés en todo lo que se refiere a la lengua y me han “regalado” el placer de amar las palabras y su contexto.

Estaremos de acuerdo en que existen palabras bonitas y palabras feas; así como coexisten palabras que nos emocionan más que otras. Lo dicho es de un subjetivismo que tira de espaldas; lo sé. Por mi parte, la paranoia que sufro ante las palabras llega a un punto tal que puedo admirar tanto un substantivo como un adjetivo; y, si me apuran, llego a enternecerme en grado sumo ante un buen adverbio o -ya en plena fogosidad mental- con una sugerente y atractiva preposición. Lo mío, realmente, es de traca.

La pasión descrita me vale para las dos lenguas que -con más o menos soltura- pretendo manejar: castellano y catalán. Y aun diría más: (parodiando a los hermanos Dupont, del clásico Tintín, actualmente tan reprobado por lo políticamente correcto) a veces, me da por enamorarme de “palabros” (castellano antiguo) que se utilizan en otras lenguas en las que no se me da mal el chapurreo.

La cosa consiste en -tal como aseguraba mi maestro Josep Pla- tratar de encajar, lo más correctamente posible, las palabras exactas, precisas, con la idea que se pretende describir; no hay más secretos. Se trata de la plasmación de un concepto utilizando la flor y nata que nos ofrece la colosal riqueza del lenguaje. No me negarán que este “juego” es apasionante; y recrearse en él no produce más que una sólida satisfacción personal (porque, no nos engañemos, la apuesta por los intríngulis de la lengua y su uso nunca dejará de ser otra cosa que uno de los máximos placeres individuales e intransferibles).

Estas reflexiones con las que me he permitido obsequiarles vienen a cuento por la bajeza, ruindad y mezquindad de los señores diputados al Congreso de los mismos ante su estúpida incapacidad por utilizar la lengua con tanto maltrato, dejadez y desidia. En general, los ilustres políticos, ni siquiera hablan: balbucean, machacan su léxico (pobre y desvalido a causa de su escaso nivel educativo) y mascullan expresiones que no contienen más que vaguedades, imprecisiones y divagaciones con una chulería insultante y desafiante. Su pobreza de lengua es de tal grosor que produce vergüenza intentar escucharles “orando” en la noble tribuna. Ciertamente, no se encuentran grandes diferencias entre sus discusiones, ¡todo por el voto!, y lo que se podría entablar en horas tardías en una taberna de barrio. Su destrozo del lenguaje (y de su contenido formal y de fondo) es lamentable.

Frente a mi enamoramiento citado antes, comprenderán ustedes que mi indignación ante tal mal uso de la “palabra” sea de órdago. Por ser los representantes del pueblo no estaría de más que se dedicaran, un poquito, a cuidar algunos de sus aspectos más característicos como, por ejemplo, la manera de expresarse en público.

El que suscribe, por el momento, dejará de lado estas incongruencias para reafirmarse en su amor por la palabra, en el estricto sentido de la palabra.

Cuídense y, a la vez, cuiden la palabra, por favor!

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