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Abril, lluvias mil

miércoles 22 de abril de 2020, 05:00h

Mediados de abril. Lluvia constante, tenaz, persistente. Sensación cargada de empapamiento universal. Ambiente enfundado en una primavera intrincada y embarazosa a causa de un microbio asesino y pernicioso. Desde el ventanal que permite una perspectiva sobre mi terraza, puedo contemplar la hermosura de plantas y frutales en su circunstancia más efectiva; justo en el vértice más resplandeciente y suntuoso. El peral y los manzanos han mudado sus flores inaugurales por las miniaturas de lo que serán -de lo que ya son- sus codiciables frutos, mientras que la verde frescura de su ramaje ofrece una exhibición fastuosa. Lo que la vida tiene de gloriosa rutina: la reiteración anual en frente de la muerte y su consecuente hendidura final ineluctable, incuestionable, categórica. Escasos esclarecimientos racionales ante el comportamiento de la Naturaleza y, por extensión, frente a los verdaderos motivos del comportamiento del Universo.

Mientras tanto, la higuera, tímida y esperanzada, se toma su propio ritmo, conocedora ilustrada de su pausado progreso y mantiene su cadencia habitual previo acto de ofrecer sus eróticos frutos otoñales.

Y el Rey. Su Majestad el Cerezo, cubierto por su manto de flores albas, inmaculadas e impolutas, dispuestas a explosionar suavemente en el momento adecuado para entregarse al mundo y brindarle una de las maravillas más excelsas y exquisitas: las cerezas. ¡Dios!

A la vera de los edénicos frutales, una colección de plantas batallan por combatir la sempiterna inutilidad práctica, a base de sublimarla con destellos de impactantes coloridos florales; es decir, intentan vencer su improductividad elocuente proporcionando fuertes dosis de Belleza visual, colmada de una sensualidad eterna. Pienso, en ese preciso instante, en el hecho de que las flores reciben su cálida admiración por parte, principalmente, de los ancianos. La ciudadanía moza no alcanza a obtener una mínima fascinación por los requiebros que, graciosamente, donan las flores. No saben, aún; no se sienten atraídos. No aguardan a que les llegue su hora; la inconsciencia y las tribulaciones que les acechan no les permiten, todavía, gozar de tal respiro humano. A los ancianos, la visión floral les produce un doble sentimiento: un disfrute merecido que les llega a través de sus conocimientos veteranos en cuanto a la delicadeza senil y, por otro lado, el recuerdo -anterior al futuro- sobre la brevedad de la vida y la aproximación del final. Flores y lágrimas van de la mano, sea para el amor o sea para la desaparición.

Llueve. Sigue lloviendo. Con una perseverancia connatural, espontánea, casi campechana.

Y en esas, me dedico a poner en cuestión la efectividad de uno de los refranes más celebrados: “en todas partes cuecen habas”. No discuto la semántica del dicho en si. En todo caso, cuestiono su veracidad universal y, sobre todo, en este caso, cronológica. ¿En el caso concreto y actual, inmediato -cavilo- se puede dar por veraz que, en estos momentos específicos, se están cociendo habas en todas las partes del planeta? No se, la verdad. No lo puedo comprobar, al menos de una manera científica y rigurosa. Lo dejo.

Lo qué si que puedo revelar es que en mi caso, en mi casa, se están cociendo habas. Un aroma sublime, inestimable, se está acercando a mis “olfatos” más íntimos; el perfume es irresistible y me acerca a una pecaminosa tentación. No se yo si...

Primavera, lluvia, frutales, flores y -para rematar el día- habitas; con sus embutidos de sangre, su menta, su panceta. ¡Virgen del Amor Hermoso! La primavera a la cazuela, como dijo mi maestro y estimado Josep Pla.

Entretanto, el puto y maligno virus sigue matando. Tengo en lo más profundo de mi mente, un sencillo recuerdo a sus víctimas.

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