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Cuestión de respeto

Por José Luis Mateo
jueves 30 de junio de 2016, 04:00h
Con los resultados de las Elecciones Generales del pasado domingo siendo objeto de concienzudo análisis por parte de tertulianos, analistas, amigos y todos y cada unos de nosotros ya que, como ocurre en el caso del fútbol, todos llevamos un entrenador y un político dentro, no cabe duda que durante estos días se puede leer y escuchar absolutamente de todo.

En este sentido, me temo no exagerar cuando afirmo que, si al cansancio electoral (cuatro convocatorias en poco más de dos años, incluyendo las elecciones al Parlamento Europeo y las autonómicas), unimos el rebote generalizado de la población con unos representantes políticos más preocupados de sus confortables asientos que de los intereses generales de nuestro país, le añadimos unos resultados que han dejado a más de uno en estado de shock y lo agitamos todo en la coctelera de las todopoderosas redes sociales (capaces de mostrar lo mejor y lo no tan bueno de todos nosotros si nos pilla con el pie cambiado), el resultado fue para poner los pelos de punta.

Echando un vistazo a los principales puntos de encuentro virtuales, uno se da cuenta de que se han convertido en la más exacta y rápida fuente de información y de opinión, actualizada y en tiempo real. Fue todo un placer seguir todo el proceso electoral paso a paso, dato a dato, con una participación digna de elogio de medios de comunicación y usuarios privados. Un auténtico espectáculo. No obstante, con el paso de las horas y una vez se iba confirmando el escrutinio, las redes sociales se convirtieron en un auténtico hervidero, una suerte de pira, en que de forma indiscriminada se pasó con demasiada ligereza de la opinión al insulto, del hecho de sentirse contrariado por unos resultados que no acompañaron, a considerarse azote de los vencedores dejando en muros varios todo un listado de improperios que, francamente, no acabo de entender.

Nada menos que el artículo 20 de nuestra Constitución establece que todos tenemos el derecho fundamental a expresar y difundir libremente pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. Por lo tanto, vaya por delante que, por opinar, que no quede. Pero francamente, no creo sea en absoluto necesario valerse del insulto ni faltar al respeto a millones de españoles porque, simplemente, no piensan como tú. No nos engañemos, en nuestro país se han celebrado más de cincuenta procesos electorales desde 1978 y, desde luego, en algunos nos habremos sentido ganadores y en otros muchos nos habremos sentido todos como perdedores. Está claro que no siempre resultan las cosas como esperamos y por eso, desde pequeñitos, está muy bien eso de aprender a ganar y aprender a perder. Quizás falto un poquito de eso el pasado domingo.

Tenemos el enorme privilegio de vivir en democracia, lo que implica aceptar y respetar cada uno de los votos de todos y cada unos de los ciudadanos de este país. Y aunque en estos momentos, y tras dos Elecciones Generales en poco más de seis meses, suene raro, cada vez que nos acercamos a una urna nos hallamos ante una inequívoca señal de que nuestro sistema goza de buena salud. Por otro lado, y partiendo de esa base, el hecho de respetar un voto no lleva consigo, ni muchísimo menos, el que debamos estar de acuerdo con él. ¡Sólo faltaba! Está claro que todos los que hemos ejercido nuestro derecho al voto hemos elegido una de las opciones y no el resto.

Por tanto, opinemos, sentémonos y hablemos, intercambiemos impresiones y, sobre todo, confiemos en que nuestros representantes, legítimamente elegidos, sean capaces de cumplir el encargo que el pueblo les ha hecho llegar. Pensemos que, una vez se constituya el Parlamento y tengamos un gobierno, si los resultados no llegan, en cuatro años se pueden cambiar las cosas y que si, por el contrario, se logran objetivos, todos estaremos de enhorabuena. Por supuesto, todo ello con el imprescindible juego de la oposición y con el más que nunca necesario control de todos los poderes del Estado. Pero sin insultar, sin discriminar, humillar ni descalificar a nadie porque no ha votado como algunos esperaban. Esto es democracia, y además, es cuestión de respeto.


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