Tengo la necesidad de escribir un artículo rabioso, relacionado con una persona que defraudó a miles de votantes que confiaron en su palabra.
De pronto, quizás por ambición, por miedos a afectar una vida lejos de la seguridad que le otorga la política, dejó de ser lo que era, un representante digno y confiable, para convertirse en otro, idéntico a los demás, a los cuales es mejor mirarl desde lejos.
Durante meses Juan Manuel Moreno, siendo Presidente de la comunidad andaluza, no se cansó de repetir consignas hasta convertirlas en una seña de identidad, la de alguien que se presenta a unas elecciones para renovar el mandato, descartando coaliciones con partidos innombrables de extrema derecha, porque lo suyo no estaba en prioridades rancias sino en un andalucismo moderado.
Pero como suele suceder con algunos seres con las convicciones vulnerables, su buen hacer se esfumó en un instante, cuando el veredicto de las urnas le negaron dos diputados para la mayoría absoluta y la capacidad de gobernar en solitario.
Para obtenerlos hizo lo que nunca debió hacer, firmar un acuerdo con adversarios poco fiables, que en vez de llamarlo por su apellido, Moreno, lo mentan con un adjetivo: moruno.
Tuvo que transigir, para “colocar” a un vicepresidente -me niego a ponerle mayúsculas- y dos consejerías, convirtiendo el gabinete, o como se llame eso, en un engendro indecente.
En ese pacto, tuvo que firmar buena parte del ideario de la extrema derecha en materia migratoria, incluido un rechazo frontal a la acogida de menores extranjeros no acompañados.
No hace falta imaginar intenciones ocultas: basta con leer lo que el propio documento negociado establece. Esos niños -porque de niños hablamos, no de cifras- quedan convertidos en moneda de cambio para que un presidente conserve su cargo, un camino que aseguró nunca iba a transitar.
Lo más revelador no es el pacto en sí, sino cómo lo ha justificado su protagonista. Preguntado al día siguiente de su investidura, admitió no estar contento por no poder gobernar en solitario, pero se apresuró a defender que las 150 medidas habían sido "muy negociadas" e insistir: "Yo soy presidente y soy el que marca el ritmo del gobierno y no voy a cambiar".
¡Desgraciado!, perdón, se me escapó. ¿Cómo dice que no va a cambiar si para seguir sentado en ese maldito sillón mullido y confortable ha cambiado?
“No voy a cambiar.” Esa frase ya no suena a una muestra de coherencia, es una coartada para quien acaba de ceder poder, una vicepresidencia, y buena parte de un programa electoral, a otra formación que juró mantener siempre a distancia, porque la cercanía contagia.
Da igual que otros presidentes hayan pactado antes con otras formaciones, tampoco que otras alianzas contra natura permitan la gobernabilidad -como la permiten- del reino de España, con un descrédito que aterra.
La comparación no borra lo esencial: que va a gobernar con un partido al que despreció a lo largo de toda la campaña electoral, desprecio bien entendido por parte de afiliados y simpatizantes.
Por supuesto que se puede pactar por necesidad, por generosidad, por altruismo, pero resulta difícil aceptar que se haga después de años de presentarse como el muro de la centralidad, y los observadores comprueban el modo en que se derrumba ese muro en cuanto el sillón empieza a tambalearse.
Moreno, no nos conocemos, y si aseguro que ha defraudado, que su comportamiento no es propio de alguien honrado y con convicciones, no es por haber cambiado de opinión -eso me pasa a mí todos los días-, sino porque ha traicionado las expectativas, defraudando a quienes que piensan que la política es necesaria, que no todo vale, y que cuando las personas que no daban asco -y usted no lo daba- generan arcadas, cuesta seguir manteniendo la fe en algo.
Si todavía le queda dignidad, o quizás remordimientos, prescinda de colaboradores, expulse a consejeros y también a aquellos, si los hay, que le ordenaron hacer lo que acaba de hacer.
¡No ha actuado nada bien! No le dio ni una sola oportunidad a la inteligencia de los que le votaron. ¿No pensó en convocar nuevas elecciones, en demostrar que no todos se comportan igual, en marcharse a su casa?
¿Tan difícil es ver que existe vida más allá de los despachos oficiales, los escoltas y el vehículo oficial?
Al final, lo que quede de esa porquería suya, no mañana, sí pasado o el año que viene, no es lo que usted era -un presidente que construyó buena parte de su imagen pública sobre la idea de ser un buen político, digno y valeroso- sino un patán que le abrió la puerta, de par en par, a los xenófobos, que se creen mejores que los que vienen de otro lugar.
No le hizo falta una legislatura entera de resistencia, le bastó una mala noche electoral y la amenaza de perder el sillón para cambiar de opinión. El drama, en el que probablemente no pensó, son las consecuencias de esa operación, que recaerán no solo en personas vulnerables o excluidas.
También en los partidos, en los candidatos, en la gente que todavía cree en la democracia, en los que piensan que no todos son iguales, que algunos dimiten o se van
Recuerde su precio cuando vuelva a mencionar la palabra moderación y vuelva a pedir el voto: dos diputados. ¡Con lo digno que hubiese sido dejar la maldita poltrona!