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La caída del predicador

Por Álvaro Delgado
lunes 01 de junio de 2026, 14:33h

“Hemos aprendido en las casas del pueblo que ser socialista es tener habitualmente muy poco y estar dispuesto a dar mucho” (José Luis Rodríguez Zapatero, campaña electoral de las elecciones andaluzas, mayo de 2026).

“A nosotros nos conviene que haya tensión” (el mismo a Iñaki Gabilondo, campaña electoral de las elecciones generales, 2008)

“La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” (Copenhague, 2009).

“No pretendo ser un gran líder, sino un buen demócrata” (Madrid, 2012).

“España presenta brotes verdes” (mayo de 2012, poco antes de estallar la gran crisis económica).

“La Tierra es el único lugar del Universo donde se puede leer un libro, o amar” (campaña electoral de las elecciones generales, 2023)

No me apetecía demasiado escribir sobre el iluminado autor de esas frases por el rechazo que me produce su hipócrita figura. Nunca pude soportar su enfermizo frentismo guerracivilista, su inutilidad como gestor político y económico, su moralina construida sobre un progresismo impostado (siempre presume de su abuelo republicano, pero se crió amparado por su abuelo nacional), su blanqueamiento de dictaduras comunistas, ni ese halo de predicador venerado por tantos líderes del universo progresista latinoamericano.

Aparte de ser adulado por todos los enemigos de España, Zapatero ha desmontado el mito del mayor peligro que representan los malos listos frente a los pérfidos tontos. Su trayectoria demuestra lo destructivo que puede ser un cretino malvado y engreído. Lo ha confirmado hace poco quien fue su ministro de Cultura, el escritor y profesor gallego César Antonio Molina, diciendo que “me parece increíble que un tipo tan incompetente haya podido montar todo ese entramado corrupto”.

En los últimos tiempos la gente había olvidado la nefasta gestión política de Zapatero. Cuando perdió las elecciones frente a Mariano Rajoy, a finales del 2011, dejó un país dividido por un enfrentamiento guerracivilista que destruyó los consensos de la Transición, fragmentado en su siempre frágil equilibrio territorial y devastado por una crisis económica que insistió hasta el absurdo en ocultar. Zapatero abandonó el poder como un gobernante iluminado y apestado. “Bambi” le llamaba entonces la mayoría de la opinión pública. Desde entonces su alelada figura -un Mr. Bean cursi y engolado de León- deambuló con más pena que gloria, alejado de los círculos de poder, hasta que Chávez y Maduro acudieron en su rescate, comenzando a vivir de blanquear las tiranías de izquierdas que se cruzaban en su camino y también la pasta que le pagaban con ello. Un blanqueador profesional.

Pero lo que estamos conociendo estos días (y parece la punta del iceberg) ha descuajeringado su cansino halo mesiánico. Independientemente de la presunción de inocencia, que todo jurista debe siempre respetar, nada tiene que ver que el Estado logre o no demostrar que merece una condena penal con el reproche ético y estético que su hipócrita conducta de tantos años merece. Pues llevamos soportando su moralina estomagante y sus lecciones insufribles de superioridad moral desde el ya lejano e infausto año 2004, cuando la extraña explosión de unos trenes le colocó inesperadamente en el poder.

Su probable implicación en el tráfico de oro y petróleo procedentes de Venezuela, de tecnología de la dictadura china, y en rechazables intermediaciones en rescates de empresas o en la liberación bajo chantaje de presos hambrientos de regímenes autoritarios dibujan un futuro sombrío sobre quien se consideraba un Mesías del progresismo internacional. Las imágenes de esas joyas de su caja fuerte, que asemejan el ajuar de una familia real, han acabado de rematar la caída del predicador.

Zapatero demostró ser un completo estúpido no levantándose al paso de la bandera norteamericana en el desfile de nuestra fiesta nacional en 2003. Cuando toda bandera representa a un Estado, nunca a un Gobierno. En este caso, quiso desairar públicamente a la democracia más antigua del mundo para ser jaleado por la ultraizquierda. Luego coronó la torpeza blanqueando durante años la narcodictadura venezolana, que vive de introducir droga en los Estados Unidos. USA, que lo tiene calado, va pasando -desde el mandato de Biden- información relevante que pone clavos en su ataúd.

Los iluminados como Zapatero suelen adquirir conciencia de impunidad. Y acostumbran a ignorar que la vida siempre ofrece a los poderosos un partido de vuelta.

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