El 24 de febrero de 2020, hace poco más de un lustro, la Agencia Estatal de Administración Tributaria de España publicó un texto que estuve revisando.
Ignoro si todavía, quienes la dirigen, mantienen los propósitos enumerados en el documento, si ya los han superado por otros mejores, o los han olvidado por obsoletos.
Repleto de palabras bonitas el texto es una especie de discurso, redundante, excesivo en lo que pretende demostrar, al tiempo que inútil, porque pocos ciudadanos, diría que nadie hoy, es capaz de modificar un prejuicio o un concepto por palabras escritas.
Pero vamos a lo que vamos. En el encabezamiento señala: “La Agencia Tributaria, como organismo público de referencia, comprometido con la eficacia y eficiencia, así como con la consecución de un marco de gestión estable e innovador y para mejorar el desarrollo de nuestra sociedad, se compromete, de acuerdo con su Misión, a aplicar con objetividad y equidad el sistema tributario.”
En este primer párrafo señala la palabra “Misión”, con letras mayúsculas, y está bien que la jerarquice de ese modo, porque significa encargo, tarea, propósito y su raíz latina, según los que saben, expresaba a los romanos antiguos la acción de enviar.
Por eso, quizás, es una hipótesis, aquella M mayor denote envíos, en forma de reclamos, notificaciones, requerimientos, providencias, diligencias, sanciones, y hacerlo por Internet, el modo más complicado, complejo e imposible de desentrañar por un ciudadano común.
El compromiso continúa con un montón de gerundios. “Dando un tratamiento justo y equitativo a todos los contribuyentes, sin privilegios de ningún tipo, adquiriendo un compromiso de colaboración con los ciudadanos, y adoptando medidas para reducir la conflictividad para alcanzar mayores cotas de seguridad jurídica. Apoyando el cumplimiento voluntario de los ciudadanos, y en particular, de aquellos con menores recursos para la efectiva realización de sus obligaciones.”
Con todo el respeto, me parece que ese enunciado no es del todo veraz, los responsables que se vigilan a sí mismos y los funcionarios que deberían aplicarse bien con el respeto a los gerundios, no lo hacen, miran para otro lado, no comparecen, no atienden, ¿tratamiento justo y equitativo cuando no se puede hablar?, ¿turnos por teléfono? , ¿a quién? ¿y los que no tienen ordenador?, ¿y los que no tienen medios? , ¿y los que no saben navegar en mares de artículos enrevesados, sometidos a interpretaciones subjetivas, sin capacidad de poder explicarse?
El texto oficial continúa, con otro gerundio de justicia, que nadie reprocha, aunque a veces los esfuerzos no se compadecen entre los que mandan y los mandados: “ Dedicando una especial atención a combatir el fraude fiscal, sobre todo de aquellos que cuentan con mayores recursos y medios para tratar de eludir ilícitamente el pago, defraudando en detrimento del conjunto de la ciudadanía.”
Cuando las letras y los párrafos dejan paso a los anhelos la cosa se pone literaria: “ En cumplimiento de las funciones para las que fue creada, la Agencia Tributaria debe actuar con el máximo respeto a un conjunto articulado de valores de constante observancia, que deben ser debidamente interiorizados y compartidos por quienes integran la organización y especialmente por su personal directivo.
Entre ellos se encuentran la eficacia y eficiencia, transparencia, objetividad, integridad, responsabilidad y todos aquellos principios que forman parte del código ético que figura en el estatuto del empleado público. Estos valores que incorporan el respeto a la Constitución Española y al resto de las normas legales, en particular las de Transparencia, van más allá de los protegidos por el propio régimen disciplinario, y deben desempeñarse con altos niveles de responsabilidad y compromiso, en ambiente colaborativo y de innovación, dentro de un marco profesional de excelencia y de calidad.”
Entre los valores de constante observancia no entran los diálogos, tampoco escuchar las razones de los contribuyentes, para razones las suyas, que las tienen muy bien interiorizadas y compartidas, entre jefes y subordinados, y todos quienes integran una organización, especialmente su personal directivo que no hay forma humana de que entiendan que tratan con otros seres humanos.
Es posible que no hayan leído el párrafo que deberían saberse de memoria: “También deben desarrollarse y aplicarse principios de lealtad institucional y generalizarse un funcionamiento con base en el respeto a las personas.”
Respetar a las personas es, básicamente, no faltarles el respeto, y una atención soberbia y arrogante no es cumplir con los parámetros éticos.
Se me termina el espacio, a mi, no a ellos, que continúan con una palabrería donde mezclan políticas con recursos humanos, prevención de conflictos de intereses y conductas irregulares.
Y sobre todo la búsqueda del “... desarrollo personal y profesional de los empleados y programas de formación dirigidos a potenciar la máxima atención y consideración hacia los ciudadanos y contribuyentes...”
Pues eso, menos palabras y más contacto, cercanía, comprensión con los contribuyentes, que no siempre son evasores.