La periodista, con voz grave e impertinente, interrogaba a una reportera de guerra, autora de un libro que narraba batallas y desastres humanitarios. La presentadora hablaba demasiado, explicaba, se excedía con adjetivos y concluyó que el libro era terrible, no por el modo en que estaba escrito, sino por lo que decía.
Luego pidió disculpas, aclarando el concepto, como si ignorase que no podía ser de otra manera, excepto terrible, lo que contaba sobre Irán, Israel, Gaza, Palestina, El Líbano.
La autora se defendía, interpretando que aquella condición no terminaba de ser acertada. Sabía que nada de lo que dijera iba a cambiar el curso de los hechos, no obstante, planteaba a los lectores su testimonio, estimulando una actitud ética ante los padecimientos de la humanidad.
La señora impertinente de voz grave insistía, opinando que antes las cosas estaban peor, que ahora parecía estar despertándose un consenso universal acerca de quienes eran los “malos”, y, que, el pesimismo, como el del texto no llevaba a ningún lado.
Tras apagar la radio me quedé pensando en el modo de interpretar la historia, en aquello que nos dejó el pasado y al sitio donde nos va a llevar este presente, quizás inspirado por las lecturas de los últimos meses.
De tal modo, me trasladé al Imperio Romano, donde parecían estar esperando algunos de los especímenes más aberrantes de la historia, invitándonos a ser optimistas.
Retozaban Nerón, Calígula, Domiciano, Cómodo, y me pregunté quiénes, si se pudiesen comparar trayectorias, obras y consecuencias, podrían hoy competir en la misma liga.
Apunté en un cuaderno lo peor de cada casa y de cada familia, y el resultado resultó un espanto, Mi juicio no era riguroso, la pasión me emborronaba las conclusiones.
Por eso, aprovechando la “objetividad” de Gemini, la IA de Google que acaba de incorporarse al Pentágono de los Estados Unidos para ser utilizada en “redes clasificadas para el análisis de datos, el apoyo a misiones y la toma de decisiones tácticas”, le pedí ayuda.
A pesar de sus “antecedentes” o quizás por ellos, no la traté de usted, pidiendo que me trazara un mapa rudimentario, asociando “cualidades” donde constasen los peores atributos de los cuatro emperadores citados para equiparlos con cuatro actuales, iguales de incendiarios, paranoicos, crueles, mentirosos.
Gemini, de forma aséptica, no me asignó nombres, tampoco se los pedí, pero encontró ciertas asociaciones entre la tiranía de ayer y la de hoy, disfrazada de normalidad.
Entrenado, ¿para mentir?, aclaró: “...no se trata de ver el pasado como una sombra sobre el presente, sino de reconocer que las mismas debilidades humanas se repiten, con nuevos instrumentos. Si la inteligencia artificial puede comparar emperadores con actores, periodistas y gobernantes, también puede ayudar a detectar esos patrones antes de que se consoliden.”
Por supuesto, no le creí, tampoco su consejo: “El pesimismo no está en describir el riesgo, sino en darlo por inevitable. Y el positivismo, quizá, en usar hasta la tecnología del enemigo, del aparato, del sistema, para desentrañar sus trampas y seguir preguntando, escribiendo, comparando.”
Me parecía que, como la periodista de voz grave e impertinente, se desviaba, por eso se lo impedí utilizando sus armas, las del adversario, para que ordenase el sitio donde se alojaba el riesgo.
Y allí estaban, todos juntos, utilizando al Estado como si fuese un escenarios privado, amenazando, ejecutando, conspirando, reduciendo la disidencia a traición, asesinando
No hacían falta nombres para desenmascarar los autoritarios, narcisistas, paranoicos, exhibicionistas, repitiendo la misma historia, la de los emperadores y la de muchos aplaudiendo con votos y silencios cómplices.
Al final, ni optimismo ni pesimismo, la única diferencia entre aquel antes y éste hoy se puede ver en la nube digital, con alta definición, como hace el Pentágono para detectar enemigos.
La IA de Google se resistía a proporcionarme riesgos con nombres propios, pero como tenía que cerrar el artículo con alguna referencia concreta, me desplacé hacia otro “adversario”: Mark Zuckerberg, esa criatura que tanto “bien” ha hecho y sigue haciendo a la humanidad con Facebook, Instagram, y colaborando en los departamentos de defensa de los páíses “libres.”
A este pedazo de “ciudadano” le pedí que me comparase -solo para fastidiar- “nerones” y “calígulas” con sucedáneos actuales, y el muy insensato, sin saber que lo están vigilando, me respondió como si ambos fuésemos párvulos. “¡Interesante comparación! Podemos establecer algunos paralelismos entre estos líderes actuales y emperadores romanos, considerando su estilo de liderazgo, políticas y personalidad.”
No se atrevió a juzgar también, por las consecuencias de sus mandatos, pero sí dejó escrito, y esa peligrosidad debería revisarla la CIA.
Atención: según Meta, Donald Trump: podría ser comparado con Nerón, conocido por su egocentrismo, decisiones controvertidas y liderazgo autoritario.
Javier Milei, por culpa de sus extravagancias, políticas radicales, reformas económicas drásticas y liderazgo polarizante quedó emparejado con Calígula.
No salieron favorecidos Vladimir Putin, alias Domiciano, ni Benjamin Netanyahu, un Cómodo cualquiera.
¿Optimismo? No si se tiene en cuenta lo que aseguran los que piensan mucho, que para saber lo que es capaz de hacer un ser humano basta con fijarse en lo que ya ha hecho antes.