La Inteligencia Artificial debe saber de todo y eso nos hace indefensos. Sin embargo, carece de la picardía de la humana, aunque, si la dejan, acabará también por aprenderla. Leo que alguien se ha inventado el escribir con erratas para así hacer ver que no usa el ChatGPT. No creo que con esto se consiga mucho, sin embargo un norteamericano asegura que escribió 5 cartas con errores intencionados a directores generales de empresas y 4 le contestaron. Se despedía diciendo cordilamente y así pretendía demostrar que no era una máquina. Ahora tendremos que hacer un rescate de la chapuza para protegernos de la delación de vulgaridad que se lleva a cabo practicando lo correcto. No es extraño.
Lo mismo ocurrió con la aparición de la fotografía, que minusvaloró a la pintura realista y propició movimientos como el impresionismo protagonizado por Cezanne, con la ardiente colaboración de Baudelaire. En la música ocurrió algo parecido con Schoenberg y su dodecafonismo, que pretendía salirse de los cánones de la armonía tradicional. Siempre hay un híbrido que no muestra su rebeldía total, como ocurre con los grandes escritores que se ejercitan en los nuevos territorios de la expresión literaria sin tener que recurrir a tendencias como la Patafísica, de Jarry, ni a experimentos de cadáveres exquisitos, escribiendo al alimón con sus colegas. En el tema musical hay maestros que han conseguido aportar un sello de modernidad sin necesidad de romper los moldes de la teoría que mete a las cosas en un orden. Es el caso de Stravinski, de Khachaturian o de Scriabin, por poner algunos ejemplos.
A la Inteligencia Artificial se la puede combatir sin necesidad de vestirnos con el escándalo de los errores. Me parece una reacción de pataleta infantil que nunca ha conducido a nada. Si esa es nuestra respuesta, la Inteligencia Artificial habrá conseguido su objetivo de borrarnos del mapa. Ya es bastante fuerte la presión que tenemos que soportar por la costumbre de las editoriales de sacar al mercado los bodrios de los famosos, que tienen que bautizarse con un libro debajo del brazo si quieren ser algo, con lo que consiguen que la escritura sea una actividad subsidiaria del famoseo. He visto a algún escritor asegurando que no le gusta ir a la feria a firmar sus obras, porque allí se va a encontrar con todo lo que detesta de este mercado, que se ha vuelto loco asfixiado por la mediocridad, superada y disfrazada por grandes dosis de IA en el mayor de los casos. Los escritores no deberíamos preocuparnos por eso.
En realidad, el artilugio viene a quitarle el trabajo a los negros, que eran los que le escribían los libros a Ana Rosa y a tantos otros. Los negros pasaron a trabajar a sueldo de las editoriales, pero este método informático los desplazará de su dedicación honesta. Hasta ahora lo hacían dentro de los márgenes de la corrección, pero lo incorrecto les está mostrando un nuevo camino para su supervivencia. A pesar de que muchos se lamenten y protesten, todo esto no es más que una provocación para que un nuevo esfuerzo inteligente sea capaz de imponerse a la limitación de la artificialidad, partiendo de la base de que en literatura, como en cualquier otra actividad creativa, todo es artificial. La única salvación está en ser más inteligente que la máquina. Esto servirá para hacer una selección y expulsar a tanto mediocre y oportunista de una profesión que requiere estar muy por encima de estas pequeñeces si quiere que se la respete.