Leo un artículo de Paco Cerdá titulado “Diez millones de memorias”, donde viene a decir, más o menos, que la memoria histórica no incluye a los 10 millones de extranjeros que en los últimos años han pasado a engrosar la población española. Me gusta mucho este escritor joven que fue premio nacional de Narrativa hace un año. Su novela “Presentes”, que tiene como hilo conductor el traslado de los restos de José Antonio, desde Alicante hasta Madrid, está muy bien escrita aunque no tenga el éxito de “La península de las casas vacías”, de David Uclés, que pretende ir de lo mismo pero con más respaldo institucional. Nada que ver una con la otra.
La tesis de Cerdá pretende incorporar la memoria de los nuevos, trasladando su carga local a nuestro territorio, como una especie de globalización de lo hispánico, o mejor aún, de convertirnos en el crisol de todas las memorias de una internacional que no existe más que en una estructura de cargos obsoletos. Yo creo, seguramente inspirado en el espíritu de una transición que ha fracasado, que no deberíamos añadir diez millones de nuevas neuronas a nuestra memoria colectiva hasta incluir, de una vez por todas, a los 50 millones que somos actualmente, evitando la división polarizada que tenemos a la hora de interpretar nuestra historia.
A mí me gustaría compartir el recuerdo de la muerte de mi abuelo, fusilado en Paracuellos, con el del bisabuelo de Paco Cerdá, que ha sido inducido a creer que fue el mío el que lo mató, de la misma forma que alguien me hace creer que fue el suyo quien asesinó al mío. La memoria histórica, ideada por Zapatero, no tenía la intención de igualar sino de dividir, o tensionar, que es lo que le dijo a Gabilondo. Provocó el carpetazo al llamado régimen de 1978, porque lo que igualó a los españoles fue la Transición que hoy llaman fraudulenta, lo demás no ha hecho otra cosa que aumentar el desencuentro.
Este artículo de Cerdá coincide con la regularización de los inmigrantes y, sobre todo, con un acto celebrado en la Puerta del Sol, donde María Corina Machado se asomó al balcón con Isabel Díaz Ayuso. No parece que exista un movimiento de solidaridad con estos venezolanos desplazados de su país, sino más bien de condena, porque la parte correcta de la historia está con Delcy Rodríguez, curiosamente protegida por Donald Trump, con unos cuantos barriles de petróleo por medio. Este mundo no hay quien lo entienda, y a los escritores que se convierten en administradores de la memoria de los demás, tampoco. A pesar de todo, me encanta cómo escribe Cerdá. A Uclés no lo considero tanto. Abandono su lectura con frecuencia, aunque luego la retomo por el qué dirán, o porque al final debo darle una oportunidad. Si digo esto es posible que me anatemicen, y hoy, que es día del libro, no quiero que hagan eso conmigo. Con pedir que no se quemen los de Eduardo Mendoza es suficiente.