Hasta no hace mucho tiempo, se hablaba de que, una vez llegada la población a su edad anciana, se convertía en una especie de lastre para la sociedad. Afortunadamente, los tiempos van cambiando y en estos momentos lo que antes era negativo ahora se ha convertido en un activo a considerar. Pero, si tenemos en cuenta una serie de factores, me atrevo a asegurar que “lo mayor” debería ser considerado como un concepto a mimar y a tener muy en cuenta, sobre todo a la hora de solicitar el voto. En este artículo se trata de exponer una serie de puntos que deberían ser tomados en cuenta por todos y cada uno de los partidos que opten a formar parte del arco parlamentario, tanto autonómico como nacional. Y, a poco que las personas mayores consigamos limar nuestras posturas comunes, con más motivo.
Para empezar, digamos que en una España que ronda ya los cincuenta millones de habitantes, el porcentaje de quienes pueden votar está por encima de los treinta y siete millones de personas y algo más en las municipales pues se ha de tener en cuenta, también a la población extranjera con derecho de sufragio. Dentro de esas cifras hay que considerar que unos diez millones de españoles son personas mayores de sesenta y cinco años. Esto es un porcentaje que está por encima del veinte por ciento del total de habitantes. Obviamente, todos con derecho a voto. Es decir más de siete millones de personas que si se pusieran de acuerdo en votar por sus intereses comunes, independientemente del color político que decida defenderlos en el Parlamento, obligarían a cambiar lo de potenciales clientes, para comenzar a hablar de “clientes diana”. Y, a nivel autonómico, también deberíamos estar entre las personas a mimar. En Canarias, por ejemplo, de una población que ya supera los dos millones de habitantes, el número de mayores pasaría de los cuatrocientos mil. Es decir, se contabilizaría un porcentaje superior del veinte por ciento de personas mayores de sesenta y cinco años. Con ese porcentaje, a los políticos, no se le debería estar “pidiendo” acciones concretas para atender a la población anciana, sino exigiendo. Solo se tendría que tomar conciencia del peso específico que se tiene y comenzar a actuar sin miedo.
Permítanme que les exponga un ejemplo práctico de lo que la población “más que adulta”, puede llegar a hacer: En una reunión con los súper jefes de una multinacional en la que trabajé, se le preguntó a uno de ellos, sobre quien era el jefe real de la empresa. La respuesta a tal pregunta fue que era una empresa donde en la cúspide de la jefatura estaba la Bolsa. Y, era lógico, pues se trataba de una empresa compuesta por socios capitalistas y que cotizaba en la Bolsa. No satisfechos del todo, se siguió rasgando en la pintura de aquella respuesta para tratar de saber algo más y la contestación que recibimos, al preguntar quién o quiénes tenían el mayor número de acciones, fue sorprendente: el mayor número de acciones suponía un paquete del seis por ciento del total y estaba en manos de un grupo de jubilados de Oklahoma. ¡Jubilados! Aquella empresa movía fármacos que tenían que ver con el riesgo cardiovascular, el cáncer, la diabetes y otras patologías que afectan y mucho a personas mayores. ¡Un seis por ciento dominando la gestión de una multinacional farmacéutica! ¡Claro que se puede! ¡Lo mayor tiene su peso!
Cuando comento del valor de lo mayor, quiero dejar en el aire que, si la gente mayor se une para abordar los problemas que les afecta, seguramente estaríamos hablando de grandes logros en su beneficio. En España, la capacidad asociativa no es del todo eficiente, aun cuando existe una plataforma de mayores y pensionistas (PMP) que aglutina a más de quince mil asociaciones de mayores que agrupan a más de cinco millones de asociados. ¿Es suficiente? A tenor del caso que se nos presta, está claro que es del todo necesario incrementar el número de asociaciones y de miembros adscritos a ellas; sobre todo, si se desea dar ese golpetazo en la mesa que se está haciendo cada vez más necesario. El envejecimiento progresivo del país, aumenta esa necesidad.
Cuando hablo de posicionamiento para luchar por aspectos que nos afectan a la casi totalidad de la gente mayor, estoy dando por sentado que, en su gran mayoría, los mayores contamos con la experiencia suficiente como para saber prescindir de lo superfluo a la hora de redactar una carta de medidas a tener en cuenta por los partidos que deseen contar con su voto en una elecciones. Contemplo, sin caer en lo utópico, que los mayores, somos gente práctica y poco exigentes a la hora de subir los escalones que beneficien a nuestra edad. Estoy seguro que si se hiciera una puesta en común de lo que la gente jubilada exigiría a cualquier partido político a la hora de verlo escrito en sus respectivos programas electorales, veríamos conceptos como la seguridad, la adecuación de la pensión al coste real de la vida, la atención domiciliaria, la cobertura sanitaria en especialidades de oftalmología, odontología, reumatología, rehabilitación y otros temas propios del envejecimiento, la creación y/o renovación de centros especializados en el cuidado y la atención al mayor, etcétera. Esos conceptos estarían mucho más especificados y concretados que lo que se puede ver hoy en día en la casi totalidad de las promesas electorales. Ya no valdría aquello de: “atención adecuada a la tercera edad” ¡No y más de veinte mil votos no! Si consiguiéramos hacernos más visibles de lo que somos en estos momentos, los mayores exigiríamos, que esa atención viniera concretada y especificada por Ley. ¡Ya está bien de brindis al sol!
Cuando no se manifiesta una respetuosa atención a quienes desde sus respectivas responsabilidades lucharon para producir lo que ahora otros disfrutan; cuando por parte de quienes están en activo, se ignora a quienes lo estuvieron antes que ellos; cuando se olvida que el cumplimiento de sus proclamas políticas podrían sufrir un frenazo a poco que las personas que, en muchos casos, no se visibilizan en esos panfletos se una en un frente común; cuando no se mide adecuadamente el poder de quienes ya no son una minoría, se estará dando un paso hacia el abismo. El fracaso solo será cuestión de tiempo. Y ese tiempo podría llegar tan pronto como, los que formamos ese grupo de jubilados, dejáramos de lado nuestras convicciones e ideales más recalcitrantes y dedicáramos nuestro voto a lo práctico. La atención sanitaria no entiende de derechas e izquierdas. La seguridad en las calles, tampoco. El transporte público, tres cuartos de lo mismo y no les quiero ni hablar de si con lo que se cobra, se puede vivir. Simplemente, ¡vivir con dignidad!
Yo no creo que sea mucho pedir que, desde la política, se comience a cumplir con un grupo de la ciudadanía que existe, aunque de momento, no sea consciente del poder que tiene en su mano. Es más, como mayor que soy, estoy y me siento en disposición de “exigir” que en los programas políticos de las próximas elecciones, existan propuestas concretas, cuantificadas y reales para quienes como es mi caso, demandamos más visibilidad en el Parlamento de España, autonómico, cabildos y ayuntamientos. ¿Votamos?