Dice Carlos Alsina que lo de la luna es un remake de algo que ocurrió hace cerca de sesenta años. Alsina acababa de nacer y yo tenía veintiocho. Recuerdo el televisor en blanco y negro, la voz de Jesús Hermida, al que conocía de hacía unos años en Madrid, y el leve temblor de una bandera que flotaba en una no atmósfera, tiesa como si fuera de cartón. Tiene razón, todo es un remake porque ha pasado el tiempo suficiente para que sean muchos más los que no se pueden acordar que los que lo tenemos todavía en la memoria. Es un asunto generacional. Pasa lo mismo con “Lo que el viento se llevó”, que lo vuelven a poner en las televisiones como si fuera la historia de nuestra vida. Un remake también es la guerra de Vietnam, y las lluvias persistentes y tantas cosas que vimos y que ahora nos parecen nuevas.
Yo estoy hecho de remakes y me tengo que sumar a la masa de sorprendidos que ven las cosas por primera vez para que no me llamen carca o abuelo cebolleta. Lo triste es que una de las novedades que lo diferencian de aquel acontecimiento histórico es el accidente del retrete. No es extraño que el retrete se haya convertido en el protagonista de la aventura. Al pájaro se le conoce por la cagada. Este siempre ha sido un signo identificatorio de primer orden. La experiencia por los años transcurridos nos convierte en observadores especiales de cosas que a otros les pasan desapercibidas. El desapercibimiento es una actitud que no tiene que ver con lo personal, pero sí que lo tiene. Siempre recordaré la frase del dueño del bar que dijo: “Perdonen que antes no los haya saludado, pero es que pasé desapercibido”. Frecuentemente me siento desapercibido de tantas cosas que hasta imagino que no existieron jamás. Por ejemplo, casi diez años después de aquello de la luna tuvimos una nueva Constitución y una transición a una democracia que nos hizo vivir en paz durante años. Sería bueno que intentáramos hacer de ello un remake, pero no se ve a nadie que esté por la labor. Al contrario, nos empeñamos en resucitar agravios para tenerlos bien presentes: productos de un tiempo del que ya nadie queda en pie.
Estamos ante un remake espectral que sirve para alimentar el eterno revisionismo que nos pierde. Nunca entendí qué significa que la luna viniera a la fragua con su polisón de nardos, ni por qué el niño la mira mira, pero me suena bien. La luna es la mensajera fracasada del desamor, la que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad, la que nos dice que las rondas no son buenas, que se acaba por llorar. Esto también es un remake, el remake de las peticiones imposibles a los seres inanimados. El día en que nuestras vidas se conviertan en una colección de remakes, como cuentas pendientes no satisfechas, estaremos aprendiendo que mirar hacia atrás no conduce a nada, aunque sea sin ira. Alsina dice que esto ya lo hemos vivido. ¿Y qué? Tantas cosas hemos vivido que no sirvieron para nada… Lo mejor será olvidarlas y no insistir más en ello. Al final, como decía Machado, todo pasa y todo queda, porque la vida es pasar.