“La pena alegre” es el título de un librito breve, publicado hace ahora un año por el periodista Jorge Bustos, que recoge sus crónicas de la primera Semana Santa celebrada en Sevilla después de la pandemia. El oxímoron que sirve de título a esa exquisita pieza literaria refleja el espíritu contradictorio de las celebraciones de la Pascua, que combinan la pena y el recogimiento por la muerte de Jesucristo con la emoción de los encuentros y la exaltación de las virtudes cofrades, encarnadas en las hermandades que trabajan durante meses para procesionar con fervor durante días intensos.
En la España actual vivimos un llamativo contraste con el tema de las festividades religiosas, especialmente con la Navidad y la Semana Santa. Mientras la España oficial -encarnada por ese conglomerado izquierdo-separatista que nos gobierna- abomina del carácter religioso de estas celebraciones, pretendiendo incluso sustituir su denominación tradicional por cursiladas infumables como el “solsticio de invierno”, la España real -representada por la mayoría de los ciudadanos- recibe las celebraciones religiosas con una actitud entusiasta. Con la paradoja de que numerosos votantes de izquierdas participan como penitentes o costaleros en multitud de cofradías a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional.
El anticlericalismo doctrinario de la izquierda española es algo que viene de lejos, y resultó un desencadenante esencial del estallido de nuestra Guerra Civil. La principal fijación de los líderes de la Segunda República, encabezados por un Manuel Azaña profundamente amargado por su fallida experiencia estudiantil y personal con los frailes de El Escorial, fue eliminar toda presencia de la Iglesia Católica en la vida pública española. Hasta el punto de que la Constitución republicana de 1931 dedicó más artículos a ese obsesivo cometido que a regular las instituciones del Estado o los derechos y libertades de los ciudadanos.
Pero esa pulsión anticlerical del izquierdismo hispánico tiene, como casi todos sus relatos, truco escondido. Rechazando nuestras tradiciones históricas fundamentales, pues la Iglesia y la religión católicas son componentes fundacionales de la nación española -que la izquierda y sus socios también repudian-, viven hoy obsesionados con abrir espacios públicos a las costumbres islámicas. Hasta los colegios españoles tienen que adaptar actualmente su menú a las comidas musulmanas y a los horarios estrictos del Ramadán.
Ha recordado en discursos memorables la primera ministra italiana Claudia Meloni que la cultura de Europa occidental es fruto de tres influencias esenciales: la filosofía de los griegos, el derecho de los romanos y la religión de los judíos. Rechazar abruptamente la religión cristiana es como renegar infantilmente de Aristóteles o Justiniano. Es repudiar de una forma estúpida lo que históricamente hemos sido, haciendo enmienda a la totalidad de nuestros propios orígenes. La tolerancia con otras confesiones nunca debe llevarnos a la sumisión a tradiciones ajenas con el fin exclusivo de despreciar las propias.
Por ello, celebremos con fervor como nuestros amigos sevillanos, removidos y confortados por la pena y la alegría, la pasión y muerte de Jesucristo y la Pascua de Resurrección. Feliz Pascua amigos.