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De poetas y tarambanas

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 28 de marzo de 2026, 06:00h

El día 24 de marzo recibí una nota de un poeta argentino que no sabe que lo es.

Seguro que llevaba, porque lo conozco, muchas noches insomnes, intentando encontrar versos terapéuticos para una melancolía que lo trata como enemigo.

Compañero de facultad, de curso y de grado, comparte con otros colegas charlas variadas, anécdotas de tiempos largos, proyectos de futuro corto y muchos recuerdos.

Pertenecemos, por desgracia, a la misma generación de provectos, aquellos que consiguieron ser un poco mejores gracias a la experiencia, aunque no todos, pues una decena de contemporáneos que no voy a mencionar y que han perdido la cabeza, siguen empeñados en destrozar lo que encuentran a su paso, desprestigiándonos, como si todos tuviésemos el pelo anaranjado y nos aplicáramos a sembrar bombas.

Tampoco era necesario hablar de edades, pero lo hice para presentar el tema en un contexto justo, pues el 24 de marzo de 2026, día festivo, se conmemoró en la República Argentina el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Cincuenta años atrás, todavía jóvenes, todavía en la universidad, las Fuerzas Armadas, dirigidas por militares sin humana condición, denunciados y condenados por genocidas, derrocaron un gobierno democrático.

Se iniciaba así una dictadura que se prolongaría años, demasiados.

Al concluir el tormento, una comisión nombrada por el presidente Raúl Alfonsín, presidida por el escritor Ernesto Sábato, investigó la desaparición de personas, certificando, en su informe final “Nunca Más”, que durante la dictadura cívico-militar se habían cometido desapariciones forzadas, sistemáticas, torturas, asesinatos y existido centros clandestinos de detención.

El día 24 de marzo de 2026, a las 04:02 de la mañana, el poeta argentino que no sabe que lo es, me mandó algo conmemorativo, titulado “Nunca Más”

“Eran monstruos entrando por las noches, / rompían carne, sueños, madrugadas, / dejaron en las casas mutiladas / huecos de nombres sin ningún reproche.
Acallaron del aire los latidos / y sembraron con muerte su camino; / el miedo se posó entre los vecinos / mientras los cuerpos yacían sin sentidos.
Los nombres uno a uno arrebatados, / se hicieron eco vivo en la conciencia, / fue muerte administrada desde arriba / y hoy son 30.000 latiendo en carne viva.
Más late fuerte el pulso de la historia, / y alumbra con verdad lo que fue herida / y el pueblo escribirá en su victoria / memoria, verdad y justicia sostenida.
No habrá perdón con semejante trayectoria, / porque aún hay huesos que en la tierra estallan; / aunque el río mudo y carnicero siga su camino, / todos gritaremos; "Nunca más se repetirá la misma historia.”

Avanzamos un punto, ahora, para demostrar cómo son de complejas las cosas, la gravedad de la época que sufrimos, los contrastes inexplicables, los sentimientos entre hermanos que se odian.

Dos horas después, otro compañero de estudio, esta vez “tarambana”, que tampoco sabe que lo es, me saludó: “Feliz Día de la Memoria Hemipléjica.”

Pensé mucho en la forma de responder, y lo único que se me ocurrió fue a transcribirle los versos, que a esa altura tenían música, compuesta por un autor improvisado y atrevido, que transformó poesía en una canción que pudiesen escuchar, incluso los enemigos de las letras, de las razones, de los documentos oficiales y de las historias escritas contrastadas.

Exactamente eso fue lo que le mandé, al “tarambana”, porque no podía contestar insultos; la invitación a un festejo que a miles provocaban dolor me hizo daño.

No podía concebir la existencia de gente refractaria al espanto, que no considerase estremecedor, por lo menos algo, de lo que cuenta la historia. Pues eso hice, le envié al “tarambana” texto y música.

La acción generó dos sorpresas: la primera, que escuchara la canción; la segunda que respondiera, reafirmando su posición con un órdago: “O Memoria Tuerta” , para continuar: “La letra por supuesto se refiere a los terroristas que entraban a las casas, ponían bombas en bares, cines y mataban a inocentes, y al número de 30.000 para hacer negocio, ¿nó?”

Volví a callar, no así el “tarambana”, que, con entusiasmo impropio me adjuntó una “memoria hemipléjica cantada”, en la que un intérprete indocumentado ponía en cuestión dolor, muertos, desaparecidos, y los necios aportaban comentarios tan abstrusos e injuriantes que no se pueden publicar.

Me quedé pensando en los sesgos, en la incapacidad de muchos para asumir, por lo menos algo de lo que aseguran los históricos, estudiosos, familiares, vecinos, que en noches oscuras escucharon gritos, lamentos, ecos que no volvieron a escucharse.

¡Han pasado 50 años! Todavía discrepan con las cifras, sin ser capaces de asumir que uno, solo un ser despojado de su humanidad, maltratado, desaparecido, arrojado a un río, debería ser considerado terrible.

Pero para eso hay que tener sensibilidad, virtud como la que aquilata la persona que ejerce de poeta sin saber que lo es, de allí su dolor, tristeza, angustia solidaria, algo que tiene difícil cura.

Por contrario, los “tarambanas” lo tienen mucho más fácil: no sufren, y disfrutan de la suerte de no tener cura.

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