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Sin principio ni fin

Por Julio Fajardo Sánchez
lunes 23 de marzo de 2026, 15:23h

Decía la editora de Javier Marías que si él tenía una frase, tenía un libro. Yo digo que si tengo dos palabras, tengo un artículo. Hay días que no me sale ninguna y debo hacer un gran esfuerzo para empezar. Dice Ítalo Calvino que el principio es la introducción de una realidad ajena en un universo literario, y algo de esto hay. Pero también es ese primer impulso que hay que coger para tirarse a la piscina venciendo al miedo de que el agua esté demasiado fría.

Estoy dispuesto a llevarle la contraria a Pilar Reyes, que así se llama la editora, para demostrar que el principio de algo puede no conducir a nada, como sucede con tantas cosas en la vida, igual que ocurre con tantos amores frustrados. Se puede dar con un principio, como estoy intentando hacer ahora, y continuar buscándolo hasta acabar el texto, porque solo se trataba de eso: de buscarlo. Es como una novela de suspense sin suspense; una propuesta de final pero sin final.

La escritura puede ser tormentosa cuando no conduce a ninguna parte, pero se transforma en hermosura si descubres que es en el trayecto donde se encuentra la auténtica belleza. Cuando un sendero encierra la promesa de un destino feliz te pierdes lo que pasa durante el tránsito, que suele ser lo más interesante. Ando dando tumbos tratando de encontrar una ruta ilusionante, sin darme cuenta de que en la incertidumbre por llegar es donde se halla el interés de la aventura. Estas cosas son las que hacen que lo cotidiano se convierta en extraordinario, que la normalidad y lo habitual sean un deseo que comparte la globalidad, que no suceda nada, que todo siga igual.

El mundo que nos describen tiene que ser inquietante para que despierte nuestro interés. Estamos pendientes de hacia donde se inclina la balanza de la guerra, si el chico se queda con la chica o si al final viene el séptimo de caballería para salvar al general Custer del ataque de los indios. Estamos pendientes de cosas vanas y buscamos la tranquilidad en las soluciones de asuntos que no está en nuestras manos resolver. Qué me importa a mí a cómo está el barril de Brent. No tenía un principio, ni quería hablar de esto, pero la inercia me lleva al estrecho de Ormuz, como si de ahí dependiera mi vida estable y conforme.

La naturaleza es muy sabia y esta mañana hizo que no tuviera nada claro sobre lo que iba a escribir. Al fin me ha llevado a donde no quería. Siempre se puede empezar mal y acabar bien. Esa es la esperanza que nos enseña el cristianismo de Pablo. Se puede rectificar, enderezar los pasos y emprender un camino nuevo. Al contrario también. Ya lo decía la copla: “Al conde de Romanones lo vio andar una gitana, y le dijo: señor conde, quien mal anda mal acaba”. Hay que entenderlo sabiendo que Romanones era algo cojo. Con esto quiero decir que, aunque no seamos capaces de encontrarlo, todo principio tiene un final. El final es cerrar el cantar con un chin pun. Lo otro sería la eternidad, y la eternidad es un tormento insufrible, a pesar de que la imaginemos en un cielo con 15.000 vírgenes. Acabaríamos aborreciéndolas. Y pensar que hay gente que se deja matar por eso.

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