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Un cristal polícromo para ver la guerra

Por Julio Fajardo Sánchez
viernes 13 de marzo de 2026, 12:59h

La guerra de Irán se enjuicia desde puntos de vista diferentes. Todos tienen una opinión y al que no la tiene se la adjudican. La cuestión es dividir, pero en este caso se nota las diferentes apreciaciones en función de la ideología. Hay una coincidencia general y es que a nadie le gusta la guerra, otra cuestión bien distinta son los motivos para oponerse. La discusión más endeble se apoya en el respeto al orden internacional, un valor relativo y devaluado en el que aún se le reconoce alguna efectividad a Naciones Unidas. Antes de la Segunda Guerra Mundial se llamaba Sociedad de Naciones, en sus siglas SDN, que los más avisados traducían como Sirve De Nada. La izquierda más radical sitúa su origen a la creación del estado de Israel, como un elemento desestabilizador en medio de un avispero. En realidad esta fue una salida del sionismo internacional, para muchos controlador de buena parte de las economías del mundo capitalista.

Recuerdo la lectura del libro Oro, del argentino Hugo Wast, que hablaba del Gran Kahal de Buenos Aires y de todas las importantes sinagogas en los centros de decisión de Occidente: Nueva York, Londres, etc. Luego está la llegada de la revolución de los ayatolas para convertir el conflicto en una cruzada religiosa. Más tarde se trata de un asunto de geopolítica donde todos están implicados; un problema que hoy bien podría estar administrado por la Inteligencia Artificial. Por fin, la simpleza de las opiniones se reduce a calificarlo como un tema de petróleo, como se hace con todas las cosas que no se entienden, pero sirven para quedar bien.

Hace mucho tiempo que la palestina es el distintivo de un comunismo que lucha por liberar a los pueblos oprimidos. Esta lucha se encuadra en movimientos dispersos que enarbolan diversas banderas que hoy son cuestionadas en la Europa que las creó, una ideología en crisis de la que no se habla en situaciones de emergencia, encabezada por una niña sueca y de la que ahora se desmarca una de sus defensoras más conspicuas, la comisaria Teresa Ribera.

En este ambiente de contradicciones se resucita el grito del No a la Guerra del que nadie duda que se trata de una estrategia electoral. Bien mirado, todas las decisiones, de una forma o de otra, son estrategias electorales, caminos para llegar al poder, que es la única forma de imponer una ideología. Lo malo es cuando la ideología se reduce a eso, precisamente. Aquí se ha abierto un debate falso entre los que quieren o no quieren el conflicto. Es falso porque se parte del hecho de que hay una parte de la sociedad que lo desea y otra que se opone, y esto no es cierto, como tampoco lo es esa división entre buenos y malos con que se pretende enfrentar a una inmensa parte de la ciudadanía que rechaza estas actitudes por principio.

Hoy me ha sorprendido ver en la cabecera de El País una fotografía de un hombre recogiendo enseres de su casa demolida por un dron en algún lugar de Israel. No sé si esto es un cambio de actitud del periódico, pero es la única imagen que veo de estas características desde los atentados del 7 de octubre llevados a cabo por Hamas. Esta guerra acabará, como todas, a pesar de que las causas diferentes que cada uno esgrime sigan existiendo. Lo que realmente me preocupa es si los efectos de la demagogia van a seguir teniendo influencia sobre la gran masa sensata y bienintencionada que constituye la sociedad que formamos. Ojalá una Inteligencia Artificial bien programada dentro de la neutralidad sea capaz de decirnos dónde se encuentra la verdad.

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