Estoy a casi 10 horas de avión de Irán así que veo la guerra desde bastante lejos. Sin embargo, ¿Qué es lejos en los tiempos que corren? Un misil va más rápido que un reactor, y vía Internet estoy en contacto al instante. Todas las guerras que conozco, desde la de Vietnam, las he visto por la tele, sentado cómodamente en mi casa. Antes las vi en el cine: Paralelo 38, Guadalcanal, etc. Ahora dispongo de las imágenes adornadas por las interpretaciones de los analistas, así que tengo a la vista a las columnas de humo al tiempo que las condenas a los responsables, que siempre son diferentes en función de la ideología que los juzgue.
En medio del fragor de la batalla me informan sobre unos jóvenes que se sienten perros. Me pregunto si es a esta sociedad a la que debo defender y si estas son las libertades que hemos conquistado y estamos en riesgo de perder. Hace unos días nos hemos manifestado a favor de un cantante que dice: "En la guagua siento el olol de tu pelfume" y alguien me dice que debo proteger a esos productos de la cultura occidental. Siempre serán mejor que el malvado genocida Donald Trump. El truco consiste en asimilarme con un facha no recomendable si digo estas cosas.
Estoy a miles de kilómetros y no sé sino lo que me cuentan, así que estoy tierno para que me coman el coco con un argumentario. He oído a un ministro decir que la postura del Gobierno representa el sentir mayoritario de los españoles. No me atrevo a ponerlo en duda. Ahora estoy frente al televisor y compruebo los esfuerzos de los tertulianos por imponer su relato. La conclusión es que no puedes ir contra un asesino saltándote las reglas del derecho internacional. Todo esto es mi sensación a distancia. Igual si estuviera más cerca pensaría de otra manera. A unos chicos que están en Doha y han llamado a la embajada les han dicho que procuren estar hidratados.
Por lo que pueda pasar me he hecho una limonada. Como dirían los Hermanos Marx: "Es la guerra más madera".