Oriente Próximo vuelve a recordarnos que la paz allí no es más que una tregua precaria. Hoy, el foco se desplaza de la herida abierta de Gaza y el Líbano hacia un abismo de consecuencias imprevisibles: EEUU e Israel contra Irán.
No se trata aquí de defender al régimen de Teherán, sino al Derecho Internacional, frente al cual los atacantes carecen de toda legitimidad. Ya en junio de 2025, durante la llamada “Guerra de los Doce Días”, Israel, con el apoyo logístico total de Washington, cruzó una línea roja en una contienda que, lejos de someter al país persa, terminó fortaleciendo al régimen tras un castigo militar sobre suelo israelí sin precedentes.
El gobierno sionista de Israel se escuda en la “amenaza existencial”. Sin embargo, la historia nos muestra otros matices: Irán ha sido el blanco sistemático de sanciones y operaciones encubiertas mientras mantenía el acuerdo sobre su programa civil bajo la lupa de la agencia nuclear (OIEA) que el propio Trump rompió deliberadamente a instancias de Netanyahu. Es más, fue víctima de la invasión de Irak (1980-1988) auspiciada por Occidente que solo sirvió para apuntalar su Revolución.
De hecho, Irán nunca había atacado a ningún país. En cambio, Israel, desde su creación como Estado, no ha parado de bombardear y de invadir a sus vecinos, además de aniquilar sistemáticamente a la población palestina. Sus ambiciones expansionistas parecen imparables, posee armas nucleares y no tiene suscrito el tratado de no proliferación de los mismos (TNP).
Lo que hoy vemos es una ruptura histórica. Ningún presidente de Estados Unidos había dado hasta ahora luz verde a Israel para su programa, sino que se mantenía un cierto equilibrio entre diplomacia, negociación y persuasión. Ni la beligerancia de Bush tras la invasión de Irak, ni el pragmatismo de Obama permitieron jamás una guerra abierta de esta escala.
Hoy, Trump en perfecta coordinación con Netanyahu, ha decidido atacar, conjuntamente, a Irán. Ya no se trata de una operación puntual, sino el debilitamiento y, si fuera posible, el derrocamiento del régimen iraní con el objetivo de iniciar una reconfiguración regional con resultado incierto.
Para Israel, esta oportunidad estratégica es única: librar la guerra que siempre deseó junto con su protector, sabiendo que en solitario el coste sería inasumible. Trump se dejó arrastrar a un conflicto ajeno, a espaldas del Congreso y de una carta de la ONU, para proyectar un músculo imperial, enviando una señal a las potencias rivales, China y Rusia, usando el Golfo pérsico como escenario geopolítico.
Pero las guerras no tienen guion e Irán no es Irak. Y la experiencia dicta que las intervenciones militares en Oriente Próximo no producen cambios sustanciales, más bien resultados contraproducentes. Esto es, la invasión de Irak parió terrorismo global alcanzando todos los confines del mundo, fracturas étnicas irreconciliables que perduran hasta nuestros días y desestabilización de la región con consecuencias para Occidente.
En esta guerra de hoy, Jordania, Qatar, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, están siendo atacados de manera indiscriminada por Irán, más allá de las Bases norteamericanas allí implantadas. Una peligrosa escalada que sólo beneficia al Estado sionista de Israel.
Pero el verdadero golpe no es sólo militar, sino económico. Irán acaba de cerrar el Estrecho de Ormuz al declararlo zona de guerra. Este paso marítimo es la yugular energética de la economía global; por él transita una quinta parte del crudo mundial. Su bloquero ya ha disparado el precio del petróleo a 130 dólares el barril; con la amenaza de una espiral inflacionista que afectará a los mercados internacionales de los que depende tanto Estados Unidos como China.
En Europa, Ursula von der Leyen sigue sumisa, guardando un silencio cómplice ante la violación del Derecho Internacional por parte de Estados Unidos y de Israel. Es la paradoja europea que condena a Teherán por incendiar la región y se olvida de quien encendió la mecha; sabiendo, además, que será Europa quien pagará la factura en forma de precios energéticos prohibitivos y una nueva crisis de refugiados en sus fronteras.
La cuestión que se plantea ahora es si Estados Unidos está dispuesto a asumir el coste estratégico de haberla permitido.