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Un hombre bueno

Por Daniel Molini Dezotti
martes 24 de febrero de 2026, 12:13h
Actualizado el: 24 de febrero de 2026, 14:24h

El pasado día sábado 21 de febrero, exactamente a las 13:26, un amigo y colega me reenviaba una nota a través de la aplicación de Whatsapp, muy escueta: “No sé si estabas enterado, esto me lo envió hace un rato F.”

En la misma quería compartir conmigo el fallecimiento de un compañero, José Manuel, que en ese mismo instante estaba siendo velado en un tanatorio, y cuya ceremonia final y entierro sería a las 16 horas.

Tras la lectura me quedé traspuesto, no solo por la grandísima pérdida que significaba la desaparición de una persona conocida, también porque faltaban pocos minutos para la función religiosa y posterior traslado al cementerio.

Quería estar presente a pesar de no ser amigos cercanos. No sabía mucho de José Manuel, no conocía su trayectoria profesional, su origen, como estaba conformada su familia. Tampoco nos veíamos con frecuencia, y los encuentros, ocasionales, se realizaban en los cursos y jornadas profesionales.

En síntesis, sabía poco, pero conocía, perfectamente, la razón más importante por la que necesitaba acompañarlo por última vez.

Mientras me desplazaba por la autopista, rogando no equivocarme en los desvíos y las curvas, para un lado y el otro que me permitiera acceder a lugar donde lo estaban velando, pensaba en las conferencias o charlas organizadas por el Colegio de Odontólogos, donde “competíamos” por los últimos asientos del salón de actos.

Las pretensiones por instalarme en esos sitios finales eran distintas, en mi caso lo hacía por costumbre, en el suyo por otras razones.

Lo cierto es que aquellos cursos nos convertían en vecinos, capaces de mirarnos con asombro cuando algo que decía el ponente nos parecía extraño, o asintiendo lo que considerábamos aciertos.

Mis empeños en esos asientos eran tomar apuntes, aprender, quizás dudar, preguntar, también, ay mi carácter, disentir, discutir.

El suyo, mucho más loable, le agregaba a todo eso, -excepto la mala uva- un plus invaluable: se encargaba de que todo estuviese bien, que los profesores se sintiesen asistidos, que el micrófono cumpliese su función sin acoples, que las luces se mantuviesen tenues cuando debían estarlo, que las fotos y películas se proyectasen con fundamento, y al final, cuando todo terminaba, cuando los aplausos certificaran una buena función, concluyera con una pregunta: “¿Estuvo bien verdad?”

Siempre estaba bien, llegaba el primero, se marchaba el último, manejaba cables y enchufes, ordenadores y pantallas como si fuese su oficio, pero no, se trataba de algo que podría llamarse vocación, ganas, pasión, gusto por ayudar, por ser útil, servir.

En todo eso pensaba, cuando estaba llegando al sitio donde no sabía dónde dirigirme, ni a quien darle el pésame.

Afortunadamente tropecé con el amigo que me había convocado, que no me esperaba. Departía con dos compañeros y fueron ellos quienes me presentaron a la esposa del difunto.

Y aunque no la conocía, ni a ella ni a sus hijos, tampoco las destrezas, anhelos y principios que inspiraban a su marido, sí sabía algo fundamental, y fue eso lo que le dije: “Lo siento mucho, lo siento, ¡era muy buena persona!”

No fue una novedad lo que escuchó, su compañera lo tenía muy claro, no necesitaba que nadie se lo corroborase, menos un indocumentado que más que intuirlo lo sentía, viéndolo actuar, haciendo importante a los demás, prescindiendo de sus logros.

El próximo sábado, en una festividad importante para el Colegio de Dentistas, le iban a entregar una medalla de oro.

Tenía edad, méritos y antecedentes suficientes para merecerla, y me faltó poco para que pudiese ver de nuevo su sonrisa, como si nada de lo que le dijese -cuando eran loas- tuvieran que ver con él.

En el oficio religioso, mientras escuchaba al sacerdote elevar sus plegarias al cielo, rogando que fuese allí bien recibido, yo no terminaba de encontrar consuelo.

A pesar de ese destino de privilegio en lo más alto, en lo más bajo, en la tierra, nos quedábamos más pobres. Cuando una persona buena, noble, generosa, desaparece, se desequilibra el esfuerzo de los “voluntarios” que pugnan en el planeta para hacerlo gravitar en el sentido correcto.

Y en un tiempo de tantísimas tribulaciones, que alguien que ayuda a que el mundo siga girando es una pérdida muy dolorosa. Pero quizás ese sea una reflexión muy egoísta.

El hombre bueno se llamaba José Manuel González Suárez, y pude enterarme, para parecer menos obtuso en la redacción de este obituario, que había nacido en Agulo, que seguía muy unido a su pueblo, que ejerció en el Barrio de la Salud donde era muy querido, que tuvo tres hijos, que uno de ellos estudió odontología y continúa con la consulta.

También de la devoción que sentía por su esposa, su familia, su tierra y su Colegio, donde, desde el siglo pasado, registraba absolutamente todo lo que allí sucedía: cursos, actividades, conmemoraciones.

Por eso, además de la medalla de oro que debían entregarle el próximo sábado, la enorme videoteca de la institución lleva su nombre.

La Santa Misa de Difuntos se celebrará el viernes 27 a las 20 horas en el Cristo de La Laguna.

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