Me pone un café cortito, a mí me sirve un “guayoyo”, el mío que sea americano, pues yo tomaré un cortado con la leche fría, en mi caso que la leche esté bien caliente, si tiene leche de almendra, estaría mejor, pues a mí que no me pongan leche entera sino desnatada, ¿Podría ser, además, sin sacarosa? ¿Saben preparar un buen barraquito? Que sea un “leche y leche”... Y, esto es solo un esbozo del tsunami que le puede venir a un camarero después de algunas comidas de grupo -y sin ser un grupo-. El abanico de posibilidades es tan amplio que más de un propietario se ha planteado la posibilidad de no servir ese complemento. ¡Qué locura! Dirán los amantes del brebaje. ¡Magnífico! Apostillarán quienes tienen la experiencia de esperar a que unos comensales terminen con su café para darle la mesa que ellos ocupan. Pero, ¿Tendrá razón quien opte por contentar a los segundos por encima de lo que opinen los del primer grupo?
Lo del tema del cafecito de después de las comidas es una tradición muy de la tierra, pero en la restauración esa concepción emotivo-tradicional, se convierte en un posible conflicto. Y, salvo que se sepa controlar, suele ser difícil de pilotar. Conocí a un camarero en una casa de comidas de Santa Úrsula que le encontró una solución de lo más práctica. Ante la multitud de peticiones que surgían de un grupo de unas quince personas, donde cada cual tiraba de su propio gusto a la hora de tomar su café post comida, el camarero que nos atendía, iba asintiendo a cada petición con su cabeza; no tomaba nota de ningún tipo. Solo movía su cabeza de arriba hacia abajo cada vez que alguien le comentaba su preferencia. Allí, se oyó tal cantidad de peticiones distintas de tipología de café y de cortados que yo creo que se dio un repaso completo al abanico de posibilidades. Pero él, seguía asintiendo según se iban produciendo. Cuando se fue hacia la cocina, muchos pensamos lo mismo: ¡No tomó notas! ¡Ya verás el mejunje que nos va a servir! Los más compresivos dieron que nos habíamos pasado en el pedido. Los más rigurosos, solo hablaron de la profesionalidad que se debía tener en esos establecimientos y que ellos, como clientes, tenían todo el derecho del mundo a tomarse su café o cortado como le saliera del alma y de la yema del otro. Al final, apareció el camarero, portando una bandeja que contenía: una cafetera de las familiares, tantas tazas como comensales había, una jarrita con leche entera, otra con leche desnatada, unas bolsitas de leche condensada, y sobres de azúcar blanca, morena, además de otras conteniendo sacarina. La puso sobre el medio de la mesa y solo dijo: si necesitan más café, no tienen más que pedirlo. ¡Asunto resuelto!
Sin embargo, no hace mucho, tuve la ocasión de compartir mesa y mantel con otro grupo de amigos que solemos reunirnos cada final de mes y además de comer de forma opípara y sabrosa, tomamos café. El problema surgió a la hora de las peticiones. A mi cortito, el mío normal… todo bien hasta que uno de los amigos, pidió un cortado. La respuesta del camarero-dueño del local, fue inmediata: Lo siento pero no tenemos leche. ¿Cómo? En este local, solo servimos café después de las comidas, pero no ponemos cortados porque no usamos leche. Cuando se fue, surgió e debate, pues el cliente, nuestro amigo del cortado, no entendía que en un restaurante de Tenerife, no tuvieran leche para un cortado. ¡Cómo es eso posible!
No sé si será por desconocimiento o si hay algún otro motivo, pero a nuestro amigo no había manera de sacarlo de su enfado. Él insistía en que, su derecho a tomar su habitual cortado, había sido conculcado por el hecho de no tener leche en aquel restaurante que estaba, insistió mucho en ese detalle, en Tenerife. Al final, se le pasó el enfado, porque entre otras cosas, su capacidad para mantener la amistad estaba por encima de su nivel de calentura. Y, todos se lo agradecimos, pues estábamos en el “Sancta Sanctorum” de nuestras reuniones habituales.
Tras esa situación me he preguntado sobre los derechos que a veces pedimos, sin tener en cuenta los que puedan tener otras personas con las que nos interrelacionamos. Afortunadamente, en un país, donde la relación entre su ciudadanía se rige por normas, todo suele estar casi bien atado. Digo casi, porque algunas normativas dejan pie a la interpretación y claro, tendríamos que rascarnos el bolsillo para que algún profesional de la justicia nos resolviera las dudas. Pero, sin llegar a ese nivel, podemos buscar y rebuscar en Santa Internet o en las gavetas de su prima la señorita IA y allí se nos indicará un camino a seguir. Para aclarar mis ideas -con el tiempo se me van oxidando las que tenía- he tirado de recurso y he encontrado que, ya desde 1965, en una Orden Ministerial del entonces Ministro Fraga Iribarne, concretamente la Orden del 18 de marzo de 1965, se recogía en el capítulo III, artículo 25, punto 3, entre otras consideraciones, que los establecimientos gozaran de la máxima libertad en la confección y diseño de sus cartas. Pero sin irnos tan lejos, en nuestros días, en la Reglamentación recogida en el Decreto 90/2010 de 22 de julio que regula todo lo concerniente a la restauración además de otros establecimientos turísticos, nada se dice de la obligatoriedad de servir café y/o leche, salvo que así se recoja en la carta que se tenga establecida en dichos lugares de ocio. Si así fuera y la propiedad se negara a servir este acostumbrado final de velada, sería preceptiva la correspondiente sanción administrativa. Pero, como he relatado, no es el caso.
Son muchos, ya, los establecimientos de restauración en los que se ha ido suprimiendo la posibilidad de dar el servicio de café como complemento al de comida y bebida. Y ya adelanto que, ese proceso de desaparición de la rica bebida, seguirá su proceso ascendente, a la misma velocidad con la que se van incrementando la variedad de este tipo de infusiones. Lo que sería totalmente plausible, máxime, teniendo en cuenta que en ese gremio laboral cada vez se ha ido aumentando el rigor en los horarios de su personal y un café o un cortado, podría prolongar el tiempo de uso de una mesa. Hay que destacar que los derechos que tenemos en todo lo que rodea a la restauración, han de combinarse con los de la propiedad, los de su personal y los de otros comensales que esperan mesa para ser atendidos. Así que lo más prudente es adecuarse a esa realidad más allá que la que nos dicten nuestras propias apetencias.
El cliente, se dice y sentencia, siempre tiene la razón. Y, aunque esa frase es lapidaria, ha de usarse según lo que se establezca en las normas del sector y nunca según nuestro deseo. Desde luego, siempre nos quedará la posibilidad de no repetir en aquellos lugares donde no se cumplan todas y cada una de nuestras expectativas. Esto último no está escrito en ninguna normativa, pero es tan efectiva como la más rigurosa de ellas.
También existe la alternativa de tomarse el café o el cortado en otro establecimiento y así conocer a más gente. Cualquier opción es válida, antes que cogerse un sofocón. ¡Soluciones haylas; el todo es entrarlas!