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Fiambres de verano

Por Jaume Santacana
miércoles 03 de agosto de 2022, 03:00h

En plena tercera ola de calor de este año 2022, entrados ya de lleno en el tan anunciado “cambio climático”, se producen muchos fallecimientos que no se habían muerto nunca antes. En esta ocasión, es el caso de la magnífica cantante catalana Núria Feliu, muy arraigada en el barrio barcelonés de Sants y artista prolífica allá donde las haya. Tuve el placer de conocerla con una cierta asiduidad: un encanto de mujer. A raiz de su óbito, en mi ya gastado cerebro, se ha abierto un hueco con la finalidad de reflexionar sobre los actos funerarios a los que, cada vez más, mi deber me llama a acudir; con una velocidad atroz, mis teléfonos de contacto van desapareciendo de la lista. Cuando el Señor me llame a su seno, ya no se me fugará un simple número: se largará mi vida... y, con ella, un servidor.

Me pirran los entierros; esa es la verdad. No lo se expresar de mejor manera. Desde siempre. Parece que no, y la asistencia a este tipo de actos fúnebres, es una forma muy interesante de penetrar en el mundo de la reflexión. Nunca disponemos de tiempo para nada; para nada interesante, me refiero. Somos esclavos del puto reloj (¡vaya topicazo!) Y si no hay freno, tampoco hay parada. No hacemos ni un stop en nuestra rutina diaria, hasta que un trallazo brutal y, a veces, imprevisto, nos obliga a estacionar –por un ratito- todos los problemas (o no tan problemas) que sufrimos y, a la vez, a dibujar un breve paréntesis en nuestro cerebelo, en el que pensar de dónde venimos y a dónde nos dirigimos. Según la proximidad del finado, además del seso, también reacciona el corazón.

Hoy en día, la gran mayoría de cadáveres son trasladados a un tanatorio, que viene a ser como una residencia de ancianos, pero con menos esperanza de futuro.

Antaño, la gente se solía morir en casa –excepto los atropellados por un tranvía (es el caso del genial arquitecto Antoni Gaudí)- lo más dignamente posible. Habitualmente, la capilla ardiente se instalaba en la casa del fallecido, en su propia habitación de vivo. Todo era mucho más “guay” que en un tanatorio, donde el ambiente es muy frio, incluyendo el aire acondicionado y, por supuesto, el muerto.

En las familias, disponer de un muerto durante unas cuantas horas era –además de un acontecimiento- un “lujazo”. Los parientes próximos ( “próximos”, me refiero a sus allegados; no a los siguientes...) se mostraban orgullosos de la ocasión que se les brindaba: se prestaban a mostrarlo, al fiambre, con una evidente y poco disimulada satisfacción. Uno entraba en la casa mortuoria y, una vez besado profusamente el familiar de turno, te preguntaban: “¿Quieres verlo?” ¡”Ha quedado muy bien!”. Acto seguido, te introducían en su habitación, en función de velatorio –donde uno descubría, en la mesita de noche, el último libro que leyó, un calcetín descuidado, una postal del puerto de Sóller, y restos de la ya inútil medicación- y entonces era el momento de comentar: “¡está muy bien; parece que esté durmiendo!” Y venía la inmediata respuesta del pariente: “¡se quedó como un pajarito, el pobre…!”

Finalmente, no quedaba más remedio que citar el recuerdo de la última vez que uno estuvo con el muerto (cuando estaba todavía coleando, se entiende), teniendo muy en cuenta de aproximar, al máximo las distancias temporales, aunque fueran lejanas. Así: “precisamente, no hace ni diez años que nos comimos un arroz en Tito; ¡quien nos lo iba a decir! O bien de lo más reciente y exagerado: “Precisamente, ayer me llamó y estuvimos hablando un rato de Cristiano Ronaldo” (cuando el muerto ya estaba algo cadáver y no sabía ni quien era ese cristiano...).

A partir de ese momento, se oía un cierto revuelo en el comedor y en el salón y el visitante se dirigía a estas estancias, en las que el coñac barato, de garrafa, de discoteca cutre, corría como el agua y el ambiente estaba más caldeado que en Son Moix en un partido contra el equipo de Rafinha. Allí, lo clásico era contarse chistes los unos a los otros (sobre todo, chistes y chascarrillos de humor negro). Al cabo de unos ratos simpáticos y dicharacheros, los salones –y los pasillos, y el cuarto de los niños, y la cocina, y la abuela (que sigue viviendo, jeje)- se iban llenando de gente y, con la grata ayuda del alcohol, las chirigotas y las chanzas subían de tono con una facilidad pasmosa. Ese era el momento póstumo de la “reflexión”.

Más tarde, los familiares solían dejar al muerto a cargo de un canguro y nos invitaban a los presentes a una opípara comida o cena (depende de la hora) en homenaje al fallecido... aunque esto sólo fuera una excusa...

De como acababan los ágapes mortuorios, ya, ni les cuento...

Las comilonas en memoria de mis dos abuelas (cada una a su tiempo, claro; no íbamos a matar a la otra para aprovechar el presupuesto) fueron auténticas bacanales. Les puedo relatar pocas anécdotas porque me dura, todavía, la resaca, pero, que, vamos, un gustazo. Y lo más importante: el muerto (en este caso las muertas) tan tranquilas, oigan!

A mi, todo eso -aunque les parezca raro,- me parece un signo de evidente civilización y respeto. ¡Que tanta tontería con el negro, el luto, las lloronas alquiladas y todo el tinglado oscuro y primitivo... anda ya!

Yo, en mi homenaje póstumo, quiero sidral, jarana, pollo, parranda, diversión y alboroto. Y, por descontado, barra libre de Lagavulin para todo el mundo.

Nota: Lagavulin es la marca del mejor whisky del mundo: 16 años, malta, ahumado, con acetona y mucho yodo.

Queda dicho.

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