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‘Jeque mate’ al aficionado

viernes 14 de enero de 2022, 05:00h

Estos días se disputa en la capital de Arabia Saudita la Supercopa de España de fútbol. Parece surrealista, pero es verdad. Para que se hagan una idea, es como si el Giro de Italia se corriera en Sudáfrica o Roland Garros se jugara en Argentina. Nadie lo entendería, ni siquiera por motivos económicos. El fútbol español, en este caso la Federación, que es quien tiene los derechos de la competición, ‘pasa’ de esos complejos y se lleva la Supercopa a Arabia Saudita, buscando los petrodólares -dicen que unos 40 millones de euros- para intentar cuadrar el presupuesto anual del organismo y salvar el fútbol modesto. Esa, al menos, es la versión oficial del máximo organismo del fútbol patrio para trasladar la competición al exterior.

‘Poderoso caballero es don dinero’, pero el invento federativo, que ya se realizó hace dos temporadas -el año pasado se vio interrumpido por la pandemia y la competición se disputó en Sevilla- no hay por dónde cogerlo. De entrada, no debe haber mejor destino en todo el mundo para exhibir a nuestros equipos que en un país donde ni existe igualdad entre hombres y mujeres, ni se la espera, aunque se haya producido algún avance en los últimos años. Para que se hagan una idea, las mujeres alcanzaron el derecho a votar en 2015 o solo desde 2018 pueden conducir. Y desde el año pasado, las mujeres mayores de 21 años pueden solicitar su pasaporte y viajar al extranjero sin la autorización de su ‘tutor’ varón. Arabia Saudita es una autocracia rígida sin perspectivas de transformación democrática, en la que no existen libertades políticas, se practica la opresión a opositores y disidentes, y hay una flagrante falta de derechos civiles. Pelillos a la mar, deben pensar en la Federación Española, donde es evidente que priorizan los millones a cuestiones morales.

Pero los principales damnificados de llevarse una competición propia al extranjero son los aficionados de los equipos participantes, a los que se les priva de poder disfrutar en directo de sus jugadores o de poder celebrar el título. Se les condena a verlo en televisión, despojando el fútbol del componente social y emocional que tiene. Pero esta es una cuestión que el fútbol español, al contrario de lo que ocurre en otros países, abandonó hace tiempo, cegado por el dinero de las televisiones.

El seguidor presencial de un espectáculo deportivo en España se ha convertido en el último mono para la mayoría de competiciones y equipos, que solo se acuerdan de la afición cuando se encuentran al borde del precipicio de un descenso de categoría. Pero el resto del año hacen poco o nada por fidelizar a un aficionado al que en otros países como Estados Unidos, Alemania o Inglaterra se le trata con alfombra roja porque saben que, sin ellos, cualquier espectáculo deportivo es menos espectáculo, por muchas cámaras que lo retransmitan.

Ni siquiera el coronavirus, que vació los estadios el año pasado, convirtiendo los partidos en entrenamientos televisados en muchas ocasiones, ha servido a algunos para recapacitar y entender que el seguidor presencial es fundamental en todo este negocio. En este sentido, tenemos mucho que aprender de la cultura anglosajona o del concepto de espectáculo familiar en el que los americanos convierten sus competiciones deportivas, con recintos en los que no cabe un alfiler todo el año. Allí, el aficionado sí es tratado como un protagonista más del business y no como un mero decorado de cartón piedra, que sólo sirve para colorear las gradas y hacer ruido.

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