Tenemos una extraña tentación: creer que, cuando hemos encontrado una palabra para algo, ya lo hemos comprendido. Nombramos la libertad, la persona, la nación, la inteligencia, la religión o la justicia y enseguida comenzamos a discutir sobre esos nombres como si las palabras fueran las propias cosas. La filosofía, cuando olvida este peligro, corre el riesgo de convertirse en un magnífico juego de espejos.
Gustavo Bueno dedicó buena parte de su obra a romper esos espejos. Le gustaba “triturar” conceptos cuando habían adquirido demasiada solemnidad. Sospechaba de las palabras convertidas en mitos y de las ideas que terminaban ocultando las realidades que pretendían explicar. Por eso insistía en la ciencia, en las instituciones, en los cuerpos, en los Estados, en la historia. Frente a la filosofía que se eleva demasiado, Bueno obligaba a mirar hacia el suelo.
Xavier Zubiri hizo algo semejante, aunque con otro tono. No golpeó tanto las palabras como intentó atravesarlas. Quiso llegar hasta aquello que acontece antes del concepto: la realidad misma haciéndose presente. Antes de juzgar algo, antes incluso de comprenderlo plenamente, ya estamos afectados por ello. La inteligencia no sería una lámpara que ilumina objetos desde fuera, sino una forma humana de estar físicamente instalados en la realidad.
Entre ambos se abre un paisaje extraordinariamente fértil. Bueno nos recuerda que no todo está relacionado con todo y que debemos probar las conexiones que afirmamos. Zubiri nos recuerda que ninguna cosa está absolutamente cerrada sobre sí misma, porque toda realidad es respectiva. Uno pone freno a las falsas conexiones; el otro impide convertir cada cosa en una isla. Entre ambos aparece una filosofía capaz de relacionar sin confundir.
Es aquí donde una perspectiva como la Reología filosófica puede encontrar su lugar. No pretende añadir otra etiqueta al catálogo de sistemas, sino recuperar una pregunta elemental: ¿qué está ocurriendo realmente aquí? No qué debería ocurrir, ni qué me gustaría que ocurriera, ni qué palabra resulta más cómoda, sino qué constitución tiene esto, qué relaciones mantiene, qué posibilidades encierra y qué puede llegar a dar de sí.
Ese modo de pensar tiene consecuencias más allá de la filosofía. También en política, educación, ciencia o vida cotidiana necesitamos volver a esa disciplina. Una decisión no es buena porque se presente con palabras nobles. Una teoría no es verdadera porque sea atractiva. Una identidad no se convierte automáticamente en realidad por ser intensamente sentida. La realidad posee una resistencia que puede resultar incómoda, pero precisamente por eso nos protege de convertir el pensamiento en propaganda.
Quizá hoy necesitemos menos ideas brillantes y más atención. Menos deseo de encerrar el mundo en conceptos y más disposición para dejarnos corregir por las cosas. Bueno nos enseñó a desconfiar de los mitos conceptuales; Zubiri, a reconocer que la realidad siempre llega antes que nuestras definiciones. Y tal vez ahí comience también una nueva manera de filosofar: no hablando más alto que lo real, sino aprendiendo nuevamente a escucharlo.