OPINION

Sumisión

Álvaro Delgado | Martes 25 de agosto de 2026

En el año 2015, el polémico escritor francés Michel Houellebecq publicó una novela llamada “Sumisión” que narraba una historia distópica ambientada en la Francia de 2022. Combinando algunos personajes de ficción con políticos muy conocidos en Francia, la novela contaba cómo un inmigrante llamado Mohammed Ben Abbes, líder del partido “Fraternidad Musulmana”, vencía en las elecciones presidenciales y se hacía con el poder estatal. Y, una vez en el cargo, realizaba drásticos cambios sociales convirtiendo la Universidad de La Sorbona en centro de educación islámica, anulando la igualdad entre hombres y mujeres, permitiendo la poligamia de los países musulmanes o transformando el país en el eje central de una nueva Europa islamizada.

La reciente invasión de Ceuta por más de 70.000 inmigrantes, auspiciada por el gobierno marroquí, ha puesto de manifiesto la inexplicable pasividad del gobierno español, que parece consentir la ocupación ilegal de una parte de España por hordas descontroladas de magrebíes y subsaharianos. Cuesta entender, usando los razonamientos habituales en el mundo de las relaciones internacionales que ha explicado brillantemente el diplomático mallorquín Jorge Dezcallar (antiguo embajador en Rabat), la actitud del ejecutivo de Sánchez, que sigue instalado en “La Mareta” -buceando y recomendando libros y música- mientras una ciudad española quedaba colapsada por problemas sanitarios, higiénicos, de orden público y hasta por decenas de episodios de violencia sexual.

Con independencia de la nunca explicada sumisión de Pedro Sánchez a los caprichos de Marruecos (cambio de política exterior en relación al Sáhara, enfrentamiento subsiguiente con Argelia, máxima tolerancia con el creciente flujo de pateras, reclamaciones periódicas incontestadas sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, e incluso alusiones a Canarias), que muchos comentaristas atribuyen a la información confidencial obtenida por los servicios secretos marroquíes del teléfono móvil de Sánchez y de algunos de sus ministros utilizando el software israelí “Pegasus”, parece también evidente la intención de los socios del actual gobierno de favorecer cierta islamización de España.

Es inevitable recordar aquí unas manifestaciones recientes del líder socialista francés Jean-Luc Mélenchon, recogidas hace escasos días por varios medios de comunicación y redes sociales. Dijo el político galo que “si confías en los trabajadores blancos para instaurar el socialismo en Francia, eso no va a suceder. Pero nuestros hermanos y hermanas musulmanes sí lo harán”. Dicha inequívoca declaración pone claramente de manifiesto que, en el tema que estamos tratando, nada parece resultar casual.

Todos los datos anteriores confirman el encubierto propósito de la izquierda, revelado también por la polémica “Ley de nietos” y los recientes procesos de nacionalización y regularización masiva de inmigrantes, de fomentar un proceso de ingeniería social para evitar su clara pérdida de peso político tratando de ganar elecciones sustituyendo una parte del cuerpo electoral, aunque ese alarmante proceso no resulte ser lo más conveniente para España.

La profunda sumisión sanchista a los dictados caprichosos de Marruecos, ya instaurada en España desde los tiempos del ideólogo Zapatero, forma parte de esa misma estrategia miserable para intentar salvar a la izquierda aunque se destruya la convivencia entre los españoles. Con independencia de otros oscuros intereses económicos y cuestiones inconfesables que puedan ser añadidas al inexplicado bandazo de Sánchez en materia internacional.

Sánchez y Zapatero decidieron hace ya tiempo, tal como propugna en Francia su correligionario Mélenchon, o como puso en práctica en el Reino Unido el defenestrado Starmer, salvar el futuro de la izquierda -e ir forrándose por el camino- a costa de destrozar sin miramientos nuestra integridad territorial, la convivencia entre los españoles, la seguridad de nuestras ciudades y nuestros sobrecargados servicios sociales. Todo esto les da igual. Es un mal necesario para tratar de seguir gobernando.


Noticias relacionadas