OPINION

Las puertas del abismo

Juan Pedro Rivero González | Jueves 23 de julio de 2026

Hay expresiones que han sobrevivido miles de años porque siguen diciendo algo esencial sobre la condición humana. Una de ellas aparece en la Escritura: «las puertas del abismo». La imagen impresiona. Evoca el umbral de la muerte, ese territorio desconocido ante el que todos, tarde o temprano, nos detenemos. Sin embargo, la Biblia nunca utiliza esa expresión para alimentar el miedo, sino para recordar que incluso allí donde el ser humano cree que todo termina, Dios continúa siendo Dios.

Vivimos en una sociedad que habla muy poco de la muerte. La hemos desplazado de las conversaciones, de las casas y casi de la vida cotidiana. La ocultamos entre eufemismos, la maquillamos con rapidez y procuramos pasar página cuanto antes. Pero el silencio no hace desaparecer las preguntas. Al contrario. Cuando dejamos de mirar la muerte de frente, corremos también el riesgo de vivir superficialmente la vida.

Quizá por eso resulta tan sorprendente descubrir que quienes más han pensado serenamente sobre la muerte han terminado amando más intensamente la existencia. No porque esperaran el final, sino porque comprendieron que cada día es irrepetible. La conciencia de nuestra fragilidad no empobrece la vida; la vuelve preciosa. Solo quien sabe que el tiempo es limitado aprende a distinguir lo urgente de lo importante.

Las puertas del abismo no son únicamente las de la muerte física. Son también esos momentos en los que sentimos que todo se derrumba: una enfermedad, una pérdida, una ruptura, el fracaso, la soledad o la incertidumbre. Todos atravesamos alguna vez esos umbrales. Y, sin embargo, cuando miramos hacia atrás, descubrimos con frecuencia que precisamente allí comenzó una forma nueva de vivir, de comprender y de amar.

La esperanza cristiana no consiste en negar el dolor ni en disfrazar la realidad. Consiste en afirmar que la muerte no posee la última palabra. Es significativo que los primeros cristianos hablaran de Cristo descendiendo hasta las profundidades para abrir aquello que parecía definitivamente cerrado. Las puertas del abismo dejan entonces de ser un muro infranqueable para convertirse en un paso. No desaparece el misterio, pero cambia radicalmente su significado.

Tal vez por eso el verdadero contrario de la muerte no sea simplemente la vida biológica, sino la esperanza. Hay personas que respiran y, sin embargo, hace tiempo que dejaron de esperar. Y otras que, incluso en medio del sufrimiento, conservan una sorprendente capacidad para agradecer, para confiar y para seguir regalando humanidad a quienes las rodean. Esa esperanza no nace del optimismo ingenuo, sino de la certeza de que el amor es más fuerte que cualquier oscuridad.

Quizá el mayor error sea vivir como si las puertas del abismo no existieran. Porque entonces olvidamos pedir perdón, demoramos los abrazos, aplazamos las conversaciones importantes y dejamos para mañana el bien que podríamos hacer hoy. Recordar nuestra condición mortal no nos vuelve pesimistas; nos hace más humildes, más libres y, paradójicamente, más felices.

Las puertas del abismo existen. La Escritura nunca lo ha ocultado. Pero también afirma que no son la última puerta. Más allá de ellas permanece abierto el horizonte de la esperanza. Mientras tanto, aquí, en esta orilla, se nos ofrece cada amanecer una oportunidad extraordinaria: vivir de tal manera que, cuando llegue el momento de cruzar ese último umbral, podamos reconocer que la vida, con todas sus heridas y su belleza, fue siempre un regalo digno de ser amado.


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