OPINION

Mundial de Fúbol 2026

Jaume Santacana | Miércoles 15 de julio de 2026

No les voy a contar ninguna milonga si les confieso que no soy muy de fútbol. Cada uno a lo suyo y Dios en la de todos (o algo así...). También tengo a bien comentarles que tengo otras prioridades en la vida, tales como comer, dormir, leer, escuchar buena música, acudir al barbero, cocinar, aburrirme, pasear, ducharme, pensar y muchas otras actividades que ahora no vienen al caso.

Ya no se trata de pensar en jugar un partido de este deporte —acumulo una edad vetusta (sería una temeridad), un elevado sentido del ridículo y, sobre todo, un consistente grado de vergüenza propia y ajena— sinó simplemente de actuar como mero espectador, principalmente delante de una pantalla televisiva. Ahora bien esta faceta como telespectador sucede en muy pocas ocasiones, las justas.

De todas maneras, en general, soy un fenómeno de la naturaleza en aquello que despierta mi curiosidad, virtud o vicio que me proporciona bellos momentos y malos ratos; depende, como la canción. Ante un evento universal como el campeonato mundial de fútbol tengo que reconocer que el famoso gusanillo de la curiosidad se ha colado en mi cerebelo causando un cierto interés en soltar mi cuerpo en un mullido sofá, instalarme delante de una pantalla televisiva y ver, observar más bien, algunos minutos de tambien algunos momentos de (ya puestos) algún partido. No me ha importado seleccionar cuales partidos han sido objeto de mi atención; en principio (y en final...) no sufro filias por ningun equipo o selección nacional de los que participan en el campeonato, por lo que me importa un bledo si ganan o pierden, si se clasifican o, incluso, si no participan. No siento nada en mi cuerpo o en mi alma que me infunda ningún tipo de tensión neurótica para apoyar a cualquiera de los equipos en liza. Mi neutralidad es histórica y recalcitrante; sea dicho sin rencor.

Dicho esto, me referiré muy poquito a lo que sucede en el llamado (tópicamente; el fútbol se nutre de una cantidad infinita y contínia de lugares comunes) terreno de juego. El juego en sí me aburre en cantidades ilimitadas; debo ser yo, el problema: lo reconozco. Por lo menos a mí no me excita en lo más mínimo. Como mal espectador sólo me mueve a una cierta conmoción sentimental el momento en el que se produce un gol y los jugadores se abrazan y realizan gestos algo extraterrestres ante las cámaras de televisión. Por lo demás, me produce un asco sin precedentes, todos los planos que nos ofrece el realizador televisivo del momento en que un jugador (todos, vamos) escupe sobre la hierba. Entiendo que los continuos escupitajos reflejan dos motivos: el primero, demostrar el grado de educación del jugador escupiente; y el segundo, escupen por un motivo claramente ecológico (por ahorrar agua que riegue el campo).

Voy al núcleo de la cuestión: la grada. Ahí sí que está el auténtico espectáculo, la enormidad de la fiesta social, el reflejo del comportamiento humano en multitudes, en manada, en rebaños. Cada vez que el realizador muestra planos del público (que, en la actualidad es constante y repetitivo) ahí mi atención queda fijada con el goce del comportamiento de los llamados “hinchas”, los fanáticos (mucho fanáticos, como diría M.Rajoy) seguidores de los respectivos equipos, en este caso que nos ocupa, selecciones.

Me parece reseñable y estudiable a fondo observar, minuciosamente, la cara y los gestos de estos súbditos de Hacienda. Sus caracteres faciales muestran genes primitivos en estado de excitación neurohormonal que, en la Historia del Arte, fijaríamos entre Altamira y Francisco de Goya en sus famosas Pinturas Negras. La muestra de sus fauces nos retrotrae a escenas de la Guerra de Troya o a las pinturas sobre el Apocalípsis. Ataviados con atuendos estrafolarios (que también obligan a vestirse a sus crías, algunas de edades muy inferiores) y envueltos en banderas y objetos de todo tipo, se dedican, esta gente, a berrear y vociferar como si no hubiera un mañana durante los noventa minutos (o más) en los que transcurre el juego.

Durante sus actuaciones, esta masa incontrolada de humanos, pierden todo atisbo de dignidad personal y familiar, dejándose arrastrar por las bajas pasiones que alimentan su vandálico comportamiento. Son la antítesis de la maravillosa escultura de Rodin: el Pensador.

En fin, seguría escribiendo —o mejor, describiendo— este fenómeno espectacular de masas que atormenta mi cerebro pero como todo en la vida, este escrito debe llegar a su fin. Mi excitación íntima ha llegado a su límite correspondiente.

Que gane el mejor (no puedo ni se decir otra cosa; o sí: alabado sea el Señor).


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