OPINION

Calufa en canario

Oscar Izquierdo | Lunes 13 de julio de 2026

La calufa entendida como calor sofocante es un canarismo, también utilizado en algunas zonas de Andalucía, que no se debería perder en nuestras islas por otras señalaciones modernas asociadas al globalismo ideológico y que distorsionan el discurso para hacerlo más alarmante como “olas de calor”, que denominan a esos periodos prolongados de temperaturas anómalas, que se han vuelto más intensos y frecuentes en los últimos años. El cambio climático es evidente, por lo que es preciso actuar lo más rápido posible para revertir sus efectos perniciosos. Otra cosa es lo que hagan o dejen de hacer al respecto los distintos gobiernos estatales, porque es una problemática mundial, que no se ataja con prontitud y firmeza porque se anteponen otros intereses. También sirve para tapar otras rutas informativas que desde las esferas del poder se intentan acallar o como mínimo disminuir. Es significativo que los informativos de las televisiones o emisoras de radio afines al gobierno estatal, dediquen un tiempo desmesurado a esta cuestión, incluso mencionando, sobremanera, la situación en otros países, obviando otros asuntos sensibles nacionales bastantes enojosos, dedicándoles poco espacio o mentándolos de pasada, como son los casos de corrupción, que también tienen sus visos de ardor o mejor dicho de bochorno.

El verano, como la estación astronómica del año, que comienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de otoño, se caracteriza por ser la época anual más calurosa, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de junio, julio, agosto y en el austral a los de diciembre, enero y febrero. Por lo que entra dentro de la normalidad la canícula, que invita a escoger los periodos vacacionales, acercarse al mar o buscar lugares frescos donde guarecerse del bochorno, es decir, refugiarse para librarse del daño o peligro de las inclemencias del tiempo. Es lo habitual, aunque haya quienes aprovechen episodios concretos, para generalizar e inquietar a la población con mensajes apocalípticos.

En los meses estivales, el calor no sorprende como si fuera un fenómeno extraordinario, es lo lógico, les guste o desagrade a los tremendistas agoreros de desgracias. Las temperaturas extremas son evidentes y la acción del hombre sobre el territorio, en muchos casos dañina, ayuda a que sean más exageradas. Las conversaciones giran en torno al sofoco ambiental, olvidándose de otros asuntos transcendentales que merecen más atención y la sensación general que nos quieren transmitir desde los poderes públicos, es que estamos ante algo inusual que nos traerá una hecatombe, sin embargo, conviene recordar una evidencia, el calor es precisamente lo corriente en verano, van asociados. La tradición asegura que el 10 de agosto, festividad de San Lorenzo, martirizado y quemado en una parrilla, es el día más cálido del año.

Como se dice ahora, este es el relato verídico de lo que sucede. Este patrón no debería ser motivo de alarma constante como nos quieren impregnar desde las alturas públicas o de las siempre falibles ideologías catastróficas, sino parte del ciclo natural que marca el ritmo de nuestras vidas, del descanso, el fin del curso académico o profesional, de la siempre juiciosa agricultura, del movimiento humano provocado por el turismo y de muchas de nuestras costumbres, entre ellas la celebración de las fiestas veraniegas, que también son necesarias y más que oportunas. Es cierto que en ocasiones se registran picos de temperatura más elevados de lo habitual y que estos episodios deben ser atendidos con responsabilidad, sobre todo, por sus efectos en la salud de las personas más vulnerables. Pero no todo episodio de calor puede interpretarse como una anomalía. Existe una tendencia preocupante a dramatizar lo cotidiano, a convertir lo normal en excepcional, alimentando una percepción distorsionada de la realidad.

El calor es sinónimo de verano y eso no significa ignorar los desafíos que pueda plantear a todos el aumento de las temperaturas, sino afrontarlos con sentido común. Adaptándose a las nuevas circunstancias, como así ha hecho la humanidad, invariablemente, ante los nuevos retos que históricamente ha tenido que enfrentar. Hay que entenderlo bien para adaptarse mejor, sin alarma permanente. Equilibrando la percepción del tiempo en su justa medida, sin exageraciones.


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