El estudio, de investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), la Universidad de La Laguna y el Grupo de Ornitología e Historia Natural de las islas Canarias (GOHNIC), compara poblaciones de lagartos en áreas cercanas a las colonias felinas con zonas de control alejadas de ellas que comparten un hábitat similar.
Los resultados evidencian el impacto directo e indirecto de los gatos sobre estos reptiles endémicos, una pieza clave de los ecosistemas insulares como dispersores de semillas y presas en las cadenas tróficas de los depredadores nativos. “Hemos llegado a detectar la presencia de hasta 14 lagartos en los restos de presas hallados en una sola colonia de gatos. Sin embargo, el efecto de las colonias no se limita a la depredación. Nuestros datos muestran que también influyen en la estructura de las poblaciones de lagartos e incluso en el tamaño que llegan a alcanzar los ejemplares”, explica el investigador del MNCN Airam Rodríguez.
Para analizar estos cambios, los autores seleccionaron una muestra representativa de estas colonias repartidas por la isla de Tenerife y aplicaron un diseño experimental que comparaba de forma apareada zonas cercanas y alejadas de los puntos de alimentación. El equipo utilizó trampas de caída para poder hacer mediciones morfológicas detalladas de los lagartos capturados, que luego se devuelven a su hábitat natural.
En las zonas control se capturaban de media 3 lagartos más (un 120% más) que en las inmediaciones de las colonias felinas. Además, los lagartos no solo eran menos abundantes, sino que también eran de menor tamaño en las zonas con mayor presencia de gatos. Sin embargo, y contrario a sus hipótesis de partida, los autores detectaron diferencias significativas en el índice de masa escalada, es decir: a pesar de ser más pequeños, tenían un mayor peso corporal relativo, lo que sugería que los lagartos tenían mayor disponibilidad de recursos alimenticios en las inmediaciones de las colonias.
Mediante el análisis de isótopos estables de Nitrógeno y Carbono de la comida de gatos y las excretas de lagartos, los autores confirmaron que los lagartos consumen frecuentemente la comida que se pone en los comederos de los felinos.
“Los cambios asociados a la abundancia y al tamaño pueden deberse a la presión selectiva que ejercen los gatos, mientras que el aumento del peso, a las alteraciones en la disponibilidad de recursos ya que pueden acceder a la comida de gatos”, señala Rodríguez. “Esta disminución del tamaño se podría explicar porque, según los restos de lagartos depredados que hemos encontrado en las colonias, los gatos prefieren cazar los ejemplares más grandes”, continúa.
Cambios en el ecosistema y protección de especies autóctonas
Los comederos de las colonias son puntos de alimentación artificiales que atraen no solo a los felinos y a los lagartos, sino también a otras especies, incluidas ratas, erizos, gallinas, tórtolas y palomas. La alimentación artificial contribuye a la proliferación de estas especies alterando las dinámicas ecológicas, ya que se trata mayoritariamente de especies exóticas las cuales provocan un amplio abanico de impactos sobre especies y ecosistemas nativos.
Las Islas Canarias conforman un hábitat especialmente biodiverso donde sobreviven numerosas especies endémicas que no pueden encontrarse en ningún otro lugar del mundo. Como ocurre en otras islas, la introducción de especies no nativas como el gato doméstico pone en peligro la supervivencia de un alto número de especies endémicas especialmente vulnerables como los lagartos y las aves marinas.
“Está documentado que el gato doméstico es una de las especies invasoras que mayor presión e impacto genera sobre las especies autóctonas, sobre todo en las islas”, contextualiza Juan Carlos Rando, coautor y profesor del Departamento de Biología Animal, Edafología y Geología de la Universidad de La Laguna.
“Este trabajo pone de manifiesto la necesidad de políticas de gestión integradas que tengan en cuenta la protección de la fauna nativa en las inmediaciones de las colonias de gatos. Nuestros datos demuestran la necesidad de considerar los efectos ecológicos de la población de gatos más allá del bienestar animal”, concluye Beneharo Rodríguez (GOHNIC) coautor del estudio.