OPINION

Se acabo la fiesta

Julio Fajardo Sánchez | Martes 23 de junio de 2026

“Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta”. Esto dice Serrat en su Noche de San Juan. Las cosas han cambiado y ahora se tirarán petardos silenciosos para no dañar la sensibilidad de las mascotas y arderán hoguera ignífugas no sea que se quemen las casas. Todas las fiestas terminan y al día siguiente volverán el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas.

Casi en vísperas de San Juan ha salido la sentencia de Ábalos, coincidiendo con una ola de calor. Por eso el presidente recomienda estar a la sombra, beber mucha agua, no hacer ejercicio y ponerse crema. Ante la adversidad lo recomendable es protegerse. Al fin y al cabo la fiesta pasará, los servicios municipales limpiarán las calles, y nadie se acordará de las promesas que arrojó al fuego escritas en papelitos o de los desechos inservibles de los que se desprendió para que se quemaran en el chisporroteo del fuego. Laissez faire, laissez passer, ya vendrán tiempos mejores.

Esta noche saltarán sobre las llamas y bailarán en corro alrededor del resplandor. Los rostros de las muchachas se iluminarán con el color de las naranjas y unos puntos rojizos se confundirán con el ocaso. El aire temblará al comienzo de solsticio en esa moda tan española de cerrar un ciclo. En Inglaterra unos jóvenes viejos se reunirán en Stonehenge con sus colas de caballo grisáceas, mostrando la actualidad imposible de su obsolescencia. Son la minoría que se niega a aceptar que el sol sale y se pone todos los días de la misma forma y por el mismo sitio.

Se acabó la fiesta es el nombre de una opción ultra que responde al deseo de algunos desnortados, pero indica una situación muy actual: la de la sustitución y el relevo de las cosas que se agotan. Donde lo suelen hacer con mayor frecuencia es en la memoria, por eso a los acontecimientos extraños hay que tratarlos como si fueran una insolación. Tomar las prevenciones oportunas y esperar a que pase.

Cuando yo era pequeño me sacaron el sol poniéndome un vaso de agua en la cabeza mientras una vieja hacía un rezado. Era un remedio común del que se echaba mano cuando no había aspirinas. Al día siguiente estabas sano y dispuesto a aguantar lo nuevo que viniera. Es muy antiguo este sistema. Tan antiguo como la vida, que se desarrolla en innovaciones parciales, pero ninguna definitiva. Total, para qué cambiar. Después de este inicio de verano vendrá otro, y otro más, y todos esos actos repetitivos conformarán eso que llamamos la existencia. No pasa nada. Las cosas seguirán igual. No hay nada nuevo bajo el sol. Solo el sol, corriendo sobre nuestras cabezas durante doce horas para ocultarse y dejarnos huérfanos otras doce. Y así cada día, como un tormento chino. La única forma de soportarlo es la paciencia.

Carlos Oroza lo describía en unos versos: “Estaban casi todos de rodillas, mirando un dulce acento entre la niebla”. En el horizonte se dibujaba la palabra Libertad. El que manda dice que no se irá porque todavía le queda mucho por hacer para que seamos felices del todo. El problema es que cada vez hay menos gente que confíe en esas palabras. Esta noche es la fiesta de las hogueras bajo la tutela de los bomberos. “Gloria a Dios en las alturas de mi pueblo ayer a oscuras y hoy cuajado de bombillas”.


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