OPINION

El arca de Noé

Julio Fajardo Sánchez | Martes 16 de junio de 2026

Freedom Ship es el proyecto de la primera ciudad flotante, con 1,6 kilómetros de largo y que albergará a 80.000 habitantes. Ignoro cómo van a resolver la evacuación de residuos. Es un nuevo intento de crear una comunidad apátrida, itinerante, que tendrá importantes problemas cuando se desate un virus en su interior. Es el mito del holandés errante hecho realidad de forma colectiva. No es nuevo. Ya en la antigüedad el patriarca Noé fabricó una especie de arca para salvar a su familia y a una pareja de animales de cada especie de un terrible diluvio. No fue una dana cualquiera, sino algo que arrasó con toda la humanidad, en el tiempo donde no se hablaba de cambio climático.

El Freedom Ship se llevará de viaje permanente a 80.000 personas y será una mezcla del negocio inmobiliario con el turismo. No sé si los edificios que se construyan sobre la plataforma se pondrán a la venta o en alquiler, pero su precio será saladito, como el de todas las cosas que son exclusivas. Los que viven en las ciudades tradicionales sentirán la envidia de no disponer de la movilidad necesaria para cambiar de lugar, a menos que lo hagan en aquella casa sobre ruedas que ideó William Saroyan en su comedia “La casa de Sam Ego”. En realidad lo de Noé obedeció a una elección que hizo Jahvé sobre los que debían permanecer en el planeta y dominarlo. Para eso celebró una alianza con el patriarca, cuyo mandato acabó dividido en las tribus que se repartieron sus hijos: los semitas, los camitas y los jafetitas. Las alianzas con Dios eran la patente para ejercer el poder y para esto había que ser beneficiario de un prodigio como el de vivir una temporada dentro de un arca flotando sobre las aguas turbulentas, como las que pasan bajo el puente de Simon y Garfunkel.

Siempre me he preguntado qué pinta Garfunkel en todo esto. El mundo está lleno de Garfúnkeles inútiles que se adhieren como lapas al talento de los demás para alcanzar la conquista de la mediocridad. Siempre ocurre igual y los humanos nos vemos abocados a soportar el mandato de las medias, a pesar de que hagamos una selección de los mejores para meterlos en una ciudad flotante o en un arca llena de animales. Estos experimentos terminan mal y las cosas vuelven a su cauce después de causar millones de muertes. Sucede cuando hay grupos que se sienten mejores y exclusivos y arrasan con todo aquello que les sea diferente. Sucedió en la época de los nazis y volverá a suceder porque la estulticia no conoce otra manera de defenderse.

No estamos conformes con el mundo tal y como lo conocemos; por eso soñamos con pasar la noche en la Luna viviendo en una casita de papel, que, por ahora, es lo más lejos que podemos imaginar. Freedom Ship es algo así como un barco para la libertad, y yo me pregunto de dónde sacarán el pan nuestro de cada día y a dónde arrojarán sus cacas desde una letrina viajera. Ya saldrán los medioambientalistas para decirles que miren por las ballenas y que cada uno se vaya a vivir donde le toca. Con el mundo verde nunca se sabe. Ahora se anuncia un presupuesto de 17.000 millones para el cambio climático, cuya mayor inversión se dirige a los trenes, que es la elección recomendable de la movilidad terrestre. No se tienen garantías para aprobarlo mientras las vías de los trenes no cesan de darnos disgustos. Lo mejor sería que nos fuéramos todos a vivir a una de esas ciudades flotantes. El futuro está en las Freedom Ship. Yo no tendré tiempo de verlo, igual que a otro papa en La Laguna. Digo como Alfonso XIII cuando llegó a Buenavista: “Buenavista ha de tener el que aquí me vuelva a ver”.


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