Hay que oír varias veces el discurso del papa. Oírlo y compararlo con otros que abundan en el panorama político actual en cualquier lugar del mundo. El papa viene a recordar lo que ha sido instituido por las sociedades civilizadas desde el principio. Es la síntesis de la herencia del pensamiento positivo de los hombres, de ese que se ha ido decantando a lo largo de la historia para fijar dónde se encuentran las líneas cuya superación entraña un peligro.
Escuchándolo por segunda vez, como acabo de hacer, se aprecia la corrección de su exposición y el exquisito cuidado para transmitir un mensaje sin que nada quede por decir y al mismo tiempo pueda ofender a alguno. De entrada declara que viene como pastor de la Iglesia en un gesto de cercanía a España, declarando el respeto a la institución política diferenciada de la religiosa, para acabar diciendo que ambas coinciden cuando se las llega a relacionar con la dignidad humana. En esto distingue entre autoridad eclesial y política. Llama la atención sobre qué concepción humana inspira las leyes y qué proyecto de sociedad se desprende de estas. Parece existir una crítica al maquiavelismo cuando afirma que la dignidad debe preceder a cualquier utilidad. Esta frase merece una reflexión especial, pues exige la revisión de la mayor parte de las actuaciones políticas que soportamos con estoicismo.
Considero muy difícil compaginar este precepto moral con la práctica de una política de supervivencia. El resumen es que la razón no debe ser forzada para justificar lo que se considera como conveniente. Hay que procurar que lo legal sea humano. Se pregunta qué lugar debe ocupar la persona en nuestras decisiones, y acaba concluyendo que la dignidad pertenece a cada ser humano por el solo hecho de existir. Hay que evitar la imposición de intereses y de agendas particulares. Si la vida deja de ser un acto fundamental, qué futuro van a tener nuestras sociedades. El bien común es la forma social de la dignidad humana. La discriminación vulnera el principio universal de igualdad de todos, sin excepción.
Luego hace dos afirmaciones muy necesarias para ejercer la acción política: El poder necesita de legitimidad y la justicia pone límite a la fuerza. En cuanto a la legitimidad convendría recordar la diferencia entre este concepto y el de legalidad. Son cuestiones bien diferentes que se confunden con frecuencia. Lo de la justicia poniendo límite a la fuerza se refiere tanto a un mundo sobrepasado en el respeto a las normas internacionales como a los intentos de enfrentar por métodos ajenos a los legales a los procesos judiciales.
Me interesó su alusión al poder de la palabra, y su referencia a una lengua que comparte con nosotros, diciendo que une continentes. El papa me ha recordado a Jesús entrando en el templo, pero sin el látigo del iracundo. Al contrario, ha dejado su discurso con la suavidad de un bálsamo, para alejar de allí a tanto mercader de demagogia, recomendando atenerse a la razón y a la defensa de la dignidad. Le han aplaudido todo el tiempo que él mismo ha permitido. Solo espero que hayan tomado buena nota de lo que ha dicho.