OPINION

Español el que no bote

Álvaro Delgado | Lunes 20 de abril de 2026

Tuve la ocasión de presenciar en directo los pitos al himno español y los insultos al Rey Felipe VI en la final de la Copa del Rey disputada entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad de San Sebastián el pasado sábado en La Cartuja de Sevilla, y la chocante situación, aunque ya sobradamente conocida por su reiteración año tras año, no deja de seguir causándome una enorme perplejidad.

En primer lugar, por el propio nombre de la competición: la Copa de Su Majestad el Rey, o el Campeonato de España. Si un equipo y su afición no se sienten españoles, o no están a gusto en España, son muy libres de decidir no jugarla. O de irse a jugar la Copa de Francia, aunque dudo mucho que allí les admitieran. O de organizar una competición foral con el Athletic de Bilbao, el Real Unión de Irún, el Arenas de Getxo y el Alavés de Vitoria para jugarse la Txapela de oro, algo que sería para ellos una ruina económica. Pero si la juegan deben exhibir respeto al anfitrión-que da nombre al trofeo-, al país organizador -que sigue siendo el suyo- y a la propia competición y al público que la sigue. O ser sancionados gravemente ni no lo muestran.

En segundo lugar, para mantener cierta coherencia con las generalizadas manifestaciones de piel fina que ha mostrado en los últimos tiempos la opinión pública española, de todas las ideologías. espectros y colores, con los silbidos al himno de Egipto en el último partido de la selección española celebrado en el estadio de Cornellá-El Prat, y con los desafortunados cánticos de “musulmán el que no bote” escuchados en una zona de la grada en el mismo encuentro. Carece de todo sentido rasgarse las vestiduras por los incidentes de Barcelona y definir lo de Sevilla como una muestra de “libertad de expresión”, tal como hicieron los comentaristas deportivos de TVE que estuvieron narrando -muy desafortunadamente- la final.

Y en tercer y último lugar, por los valores que el deporte debe representar. Es lamentable que en una final que presencian millones de jóvenes españoles el país ofrezca una patética demostración de su incapacidad para imponer respeto a los símbolos nacionales, que son una simple representación de nuestra convivencia democrática en paz y libertad, tal como sucede en cientos de países a lo largo y ancho del mundo entero. No reclamo nada diferente de lo que exhiben los demás. Un país que no es capaz de exigir un mínimo respeto a sus símbolos nacionales es un país fallido y decadente, que pocos de sus ciudadanos podrán considerar mínimamente respetable.

Como sucede en la inmensa mayoría de países del mundo civilizado, nuestros himno, bandera y Jefe de Estado nada tienen que ver con el franquismo, el centralismo, los partidos políticos o ninguna ideología en particular. El que no quiera entender eso, aparte de ser un resentido maleducado de manual, es que no comprende nada de lo que realmente somos, y de lo que históricamente hemos superado y construido con sangre, sudor y muchas lágrimas. Y eso que muchos de ellos viven sin ningún rubor del dinero del país al que con tanta desvergüenza pitan. Basta ya de condescendencia con esta repugnante escoria de nuestra sociedad. Aunque sean los que garantizan la silla a nuestro presidente del Gobierno, merecen una dura sanción futbolística y la inmediata intervención de la fiscalía por fomentar el odio a España. Si les quitaran la Copa del Rey y les investigaran en un juzgado penal otro gallo cantaría. Nos faltan tres tristes telediarios, probablemente de la misma TVE que habla sin ningún sentido de “libertad de expresión”, para acabar todos cantando “español el que no bote”.


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