OPINION

8M: La base del iceberg es odio recalcitrante; se llama misoginia

María José Belda Díaz | Sábado 07 de marzo de 2026

Cada semana nos encontramos con el mismo cuestionamiento: ¿qué está fallando para que los asesinatos de mujeres y sus hijos no cesen? Este es el pesar que inunda las tertulias y las redes sociales cada vez que la violencia machista golpea de nuevo. Sin embargo, para entender esta tragedia tendríamos que analizar qué hay en la base del iceberg. Lamento decirles que lo que estamos identificando como chistes o faltas de respeto en esa base son consecuencias de un odio recalcitrante llamado misoginia. Esta misoginia sistémica soporta y apuntala el iceberg, y nos obliga a vivir en alerta para protegernos de sus distintas violencias; a vivir discriminadas, oprimidas, silenciadas, invisibilizadas y cuestionadas en cada detalle: desde cómo nos vestimos hasta cómo hablamos, qué decimos o con quién nos relacionamos.

Este odio estructural lo vivimos cada día, en cada minuto y en cada contexto. Se manifiesta en el entorno familiar, donde la vara de medir es distinta para nosotras, ya seamos hijas, primas, hermanas o madres. Se percibe en el ámbito social, donde nuestra amistad se valora de forma diferente a la de los hombres, dando por hecho nuestra disponibilidad y capacidad para sostener problemas ajenos y aguantar opiniones externas. En política, donde se sacrifica a figuras de gran relevancia que han mejorado y velado por los derechos de la clase trabajadora mientras sus propios compañeros de filas celebran su salida entre aplausos, como el caso de la mejor ministra de Trabajo que ha tenido España, Yolanda Díaz.

Ese odio lo experimentamos en la calle o en cualquier espacio público, independientemente de la hora o de si vamos borrachas o sobrias. Vivimos con el sistema nervioso en alerta dentro y fuera de casa; nos exponemos a agresiones físicas o verbales, predecibles e impredecibles. La misoginia también la sufrimos en el trabajo cuando otros se apropian de nuestras ideas y méritos, o cuando se obstaculiza nuestro ascenso. Se hace presente en la presión sobre nuestros cuerpos, que nos empuja a pasar por quirófanos para mutilar los puntos que nos dan placer con el fin de encajar en cánones estéticos. Esa misoginia ya ha quedado patente en el sistema judicial, donde expertos denuncian cómo las investigaciones desenmascaran, por ejemplo, que la negligencia de una madre se juzga con una dureza que rara vez se aplica a un padre.

Este odio ambiental es tan profundo que termina por calar en nosotras mismas hasta el punto de dudar de nuestra valía como seres humanos, de lo que sentimos y creemos. Nos lleva a aceptar que se silencie nuestra voz. Ese odio se va internalizando: nos creemos resilientes, pero realmente somos supervivientes.

Cada día vemos la expresión de la misoginia en los medios: la falta de protección, la permisividad y la normalización; en las fuerzas del Estado que no actúan o en el trato que reciben las mujeres que se atreven a denunciar, como ocurrió con Elisa Mouliaá. Casos como los de Rita Maestre, Cristina Fallarás o Sara Santaolalla, o la violencia gratuita contra figuras políticas nacionales e internacionales, demuestran cómo el sistema consiente este acoso constante. Si les ocurre a ellas, imagina lo que nos pasa a nosotras en el barrio, en el trabajo, en la guagua o en una calle oscura.

La cara más putrefacta de la misoginia se manifiesta cuando nosotras mismas la practicamos. Somos, a menudo, más beligerantes, duras y críticas con otras mujeres, proyectando en ellas el rechazo que sentimos hacia nuestro propio cuerpo o sentir. Las degradamos por no opinar igual y buscamos argumentos para justificar ese ataque. Es fácil olvidar que la otra también es producto de este patriarcado y que ha sido formada en un sistema educativo androcentrista. Olvidamos que "la otra soy yo" y que el enemigo es el odio; ese mismo que volcamos en la compañera cuando la insultamos, la ridiculizamos o la acribillamos en redes. Es cierto que duele ver a una oprimida del lado del opresor, pero ello no justifica que la señalemos y la convirtamos en destino de otra violencia; digamos la verdad: esto es, una vez más, odio hacia las mujeres.

Estos días, en Canarias, tenemos ejemplos claros de cómo se insulta o ridiculiza físicamente a una mujer dedicada a la política en lugar de debatir su gestión, sus formas o su ineficacia. Lo vimos en el Parlamento con la enfermera que vino de Lanzarote y justificó el rol del cuidado asignado a la mujer como algo biológico, en vez de aludir a los estereotipos de género que nos adoctrinan. Cuando una mujer se equivoca o piensa distinto, nos sentimos con derecho a ser más feroces con ella de lo que seríamos con un hombre; le restamos méritos a su trabajo y vemos como algo pernicioso que denote ambición. El odio hacia las mujeres está tan instaurado, es tan profundo el introyecto, que nos lleva a odiarnos entre nosotras, dándoles la razón a quienes no quieren cambiar las cosas, ya sean las administraciones, la justicia o la familia. Tengamos en cuenta que el sistema patriarcal nos quiere sumisas, calladas, produciendo, cuidando y reproduciendo; y que, si peleamos, prefiere que sea entre nosotras.

Cada día me pregunto: ¿cómo lo podemos resistir? Como antídoto, he buscado un compromiso particular que empieza por dejar de odiarme a mí misma para poder dejar de odiar a las demás. Se acabó participar en los foros íntimos o públicos de escarnio a una mujer. Desde aquí traslado una invitación a abandonar las posiciones reactivas frente a otras mujeres que, al igual que nosotras, han sido adoctrinadas en el androcentrismo y el patriarcado y que dirijamos la lucha contra la causas de la misoginia adoctrinadora.

Observemos, pongamos atención de cómo reaccionamos contra otras mujeres; hace poco fue públicamente contra Rosalía pero puede ocurrir contra cualquier mujer de nuestro entorno. Seamos conscientes de cómo juzgamos y violentamos. La sororidad debe estructurarse a través del acompañamiento, la comprensión y, por supuesto, la puesta de límites para que nadie nos agreda.

Estoy convencida de que, en unos tiempos donde la vida parece haber perdido su valor y el mundo parece estar en un estado psicópata permanente, la verdadera revolución nace de la afectividad. Comencemos la revolución con y entre nosotras. Dejemos de odiarnos y rescatemos la ternura.


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