OPINION

Guerras grandes y guerras pequeñas

Juan Pedro Rivero González | Jueves 05 de marzo de 2026

Nos conmueven —y con razón— las guerras grandes: los bombardeos, las fronteras rotas, las familias que huyen con lo puesto. Decimos que la violencia es intolerable, que el dolor de los inocentes nunca tiene justificación. Nos duele lo que vemos en las pantallas. Nos indignamos. Y está bien que así sea.

Pero hay otra guerra que no ocupa portadas. No deja edificios en ruinas, pero sí relaciones quebradas. Es la guerra pequeña de cada día: la descalificación rápida, la etiqueta que encierra, el silencio que excluye, la ironía que hiere. No suenan sirenas, pero también hay víctimas.

Es fácil condenar la violencia cuando está lejos. Más difícil es reconocer la agresividad que se instala en nuestras conversaciones, en nuestras redes sociales, en nuestros grupos de trabajo o de amigos. Cuando convertimos al otro en enemigo por pensar distinto. Cuando preferimos tener razón a conservar la relación. Cuando “cancelar” parece más sencillo que comprender.

No podemos decir “no a la guerra” mientras alimentamos pequeñas guerras a nuestro alrededor. La paz no es solo la ausencia de armas; es una manera de estar con los demás. Si nuestras palabras humillan, si nuestras actitudes dividen, si nuestras decisiones excluyen, estamos reproduciendo —en escala reducida— la misma lógica que denunciamos en los conflictos internacionales.

Las guerras grandes no nacen de la nada. Se gestan en una cultura donde el otro deja de ser persona y se convierte en obstáculo. Donde la diferencia se percibe como amenaza. Donde el poder importa más que la verdad y el orgullo pesa más que la justicia. Esa mentalidad no aparece de repente: se entrena en lo cotidiano.

Hablar de paz verdadera exige algo más que acuerdos diplomáticos. Exige revisar nuestra forma de convivir. Preguntarnos si sabemos disentir sin despreciar, debatir sin destruir, corregir sin aplastar. La paz se construye en detalles: en cómo respondemos a una crítica, en cómo escuchamos una opinión incómoda, en cómo gestionamos un conflicto cercano.

El papa Francisco ha hablado de “amistad social” para describir esa actitud que reconoce al otro como parte de un mismo nosotros, incluso en la discrepancia. No es ingenuidad. Es comprender que sin vínculos de respeto y cuidado, la sociedad se fragmenta. Y una sociedad fragmentada es terreno fértil para conflictos mayores.

El Evangelio lo formula con una sencillez desarmante: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que hablan de ella, no los que la exigen a otros, sino los que la trabajan. La paz es tarea, no eslogan. Es artesanía diaria del corazón.

Si queremos un mundo sin bombardeos, debemos empezar por desactivar las bombas que cargamos en la lengua y en la mirada. La coherencia comienza cerca. La paz que reclamamos a los gobiernos empieza en nuestra manera de tratar al vecino, al compañero, al familiar. Solo cuando aprendemos a cuidar la paz pequeña podremos hablar con verdad de la paz grande.


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