Por Peña Armas
Durante la pasada campaña electoral, el hoy alcalde de Puerto del Rosario, David de Vera, no perdió ocasión de señalar todo lo que, a su juicio, se había hecho mal. Criticó proyectos, cuestionó decisiones y se presentó como la alternativa que traería gestión, cambio y futuro. Se autodefinía como una cara nueva, un supuesto “cachorro de ardilla”, pese a llevar muchos kilómetros políticos a sus espaldas, que sería la gran esperanza del municipio. Tres años después, la realidad es inapelable: los grandes proyectos de los que presume no son suyos, muchos ni siquiera están en marcha y Puerto del Rosario sigue esperando mejoras reales.
Resulta llamativo que, tras casi todo el mandato, ninguno de los proyectos estrella que hoy se venden como logros haya sido impulsado por este gobierno municipal. El Mercado Municipal es un ejemplo perfecto de la venta de humo de la que De Vera acusa a otros. Una obra terminada desde hace meses, heredada de la pasada legislatura, cerrada a cal y canto, aguardando, tal vez, al momento electoral oportuno para su inauguración y para hacerse la foto de rigor que inmortalice el momento en redes sociales y medios de comunicación.
Esa parece haber sido una de las pocas políticas realmente implementadas durante este tiempo: la política de la foto. Fotos de cualquier cosa, en cualquier acto, con un despliegue llamativo de representantes de Coalición Canaria, pertenezcan o no a la institución implicada o tengan relación directa con el asunto. Lo importante no es el interés general, sino vender el partido, incluso cuando eso supone retrasar servicios esenciales para la ciudadanía.
Lo mismo ocurre con actuaciones como Primero de Mayo o, más recientemente, la renovación del casco histórico, presentadas con un despliegue absoluto de cargos públicos, pero olvidando mencionar que se trata de proyectos planificados y proyectados con anterioridad a la llegada del actual gobierno municipal.
Promesas que no se sostienen
El alcalde anunció a bombo y platillo un nuevo pabellón deportivo, vivienda pública y un gran pulmón verde que transformaría la capital. Hoy, ninguno de esos proyectos es una realidad, mientras el deterioro de la ciudad avanza.
El Pabellón Oasis, único pabellón deportivo de titularidad municipal, se ha convertido en el símbolo del abandono: goteras constantes, actividades suspendidas y usuarios en riesgo cada vez que llueve. Frente a esta realidad, hablar de nuevas infraestructuras deportivas suena más a burla que a proyecto serio.
La vivienda pública sigue sin aparecer, a pesar de la emergencia habitacional que vive el municipio. El suelo fue cedido, las herramientas estaban disponibles, pero no se ha hecho nada. Y el anunciado gran pulmón verde se ha quedado en un eslogan vacío, sin obras, sin plazos y sin beneficios reales para la ciudadanía.
A esta falta de proyectos reales se suma la incapacidad para garantizar los servicios más básicos: apagones que dejan calles enteras a oscuras, aumentando la inseguridad; suciedad acumulada en calles y aceras; socavones en las carreteras; falta de mantenimiento y una imagen de dejadez impropia de una capital insular. Todo ello genera un hartazgo creciente entre la población, que no percibe mejoras ni oportunidades de empleo estable y a la que ahora se obliga a realizar un curso para poder bonificar el recibo de la basura, una medida a todas luces injusta, ya que no se traduce en una mejora real del servicio que reciben los vecinos y vecinas.
Mientras tanto, se repiten prácticas que nada tienen que ver con la regeneración prometida: enchufes, favoritismos y colocación de familiares y personas afines a Coalición Canaria, mientras muchas vecinas y vecinos siguen esperando una oportunidad laboral justa, transparente y basada en la igualdad de méritos.
Este mandato se le ha ido de las manos a David de Vera. Su premio de consolación tras su paso por la Consejería de Aguas del Cabildo le ha quedado demasiado grande. Con un comportamiento autoritario dentro y fuera del pleno, actúa como si tuviera mayoría absoluta, olvidando que depende de su socio de gobierno, del que cada vez se encuentra más distanciado. Cada uno tira por su lado, sin orden, sin organización y sin la cohesión que se espera de un municipio como Puerto del Rosario.
Gobernar no es acumular anuncios ni dejarlo todo para el último año del mandato con la esperanza de simular trabajo. Gobernar no es promocionar el municipio utilizando como reclamo turístico una especie invasora. Gobernar es gestionar desde el primer día, resolver los problemas reales del presente y poner el interés general por encima del calendario electoral.
Puerto del Rosario no necesita más propaganda ni más promesas incumplidas. Necesita gestión, responsabilidad y un gobierno municipal que deje de vivir de proyectos heredados y empiece, de una vez, a cumplir.