OPINION

Lo que todo el mundo entiende

José Manuel Barquero | Domingo 25 de enero de 2026

Supongo que la mayoría hemos soportado el ruido de una obra en la calle, cerca de nuestra casa, o de nuestro lugar de trabajo. Me refiero a ese martilleo contra el asfalto, un sonido rítmico, constante, que taladra nuestra sesera. Al principio, cuando tratamos de concentrarnos, lo llegamos a sentir dentro de la propia cabeza, como si el ruido proviniera del interior de nuestro cerebro. Sin embargo, algunos habrán comprobado que, con el paso de los minutos y un cierto control mental, el ruido comienza a percibirse más lejano. Es como si nuestro sistema sensorial contuviera un mecanismo de adaptación a la molestia, un dispositivo de emergencia para impedir que nuestra cabeza explote. En España, sucede lo mismo con la política.

La taladradora de este gobierno lleva años funcionando a tal grado de revoluciones, produciendo tal nivel de decibelios, que el oído del ciudadano medio no ha tenido más remedio que adaptarse para evitar que le estalle el tímpano. Se critica desde algunos medios de comunicación de derechas la intención de voto que logra mantener el PSOE de Sánchez a pesar de los escándalos que le rodean. Vienen a decir que demasiada gente ha dejado de oír la broca que percute cada día sobre nuestras instituciones. Creen que es una cuestión de responsabilidad de los votantes, o más bien de falta de ella. Yo lo achaco al instinto de supervivencia.

Para los políticos, los periodistas o las personas que colaboramos en los medios, este estrépito es parte de nuestro trabajo. Lo asumimos como una molestia incluida en el epígrafe de «riesgos laborales». No sé cómo lo llevan los demás columnistas, pero a mí hay días que me duele la cabeza, o que me aburre gran parte del espectáculo que resumen a diario los periódicos, las radios y las televisiones. Da igual, hay que seguir. Por responsabilidad, por masoquismo o porque necesitas el salario. Cada uno tendrá su motivación.

Caso distinto es el de la inmensa mayoría de contribuyentes, que necesitan la cabeza mínimamente despejada para llevar adelante su vida. De tal modo que se asoman a las ruedas de prensa en Moncloa, o a las comparecencias de Donald Trump, como el que ve una sitcom de Netflix. Si es que se asoman. Y aquí llega el problema. Pase lo que pase en un episodio de House of Cards, tu vida al día siguiente sigue sigue igual. Por extensión, y ya digo que por una cuestión de supervivencia, nuestro cerebro se engaña, nos engaña, cuando interpreta que da igual lo que ocurra en la política, porque son todos iguales, o porque están los míos, porque todo es política ficción. Aquí también, cada cabecita encuentra su vía de escape al sindiós de la cosa pública.

Por mucho que nos afanemos, no es fácil explicarle a alguien que no sabe si podrá pagar el alquiler del mes que viene el efecto corrosivo de la Ley de Amnistía sobre el principio de separación de poderes. O que se condene penalmente a un fiscal general del Estado en el ejercicio de sus funciones. O que, transcurrida más de media legislatura, no se haya presentado en el Congreso de los Diputados un proyecto de Ley de Presupuestos. Se pueden hacer muchas cosas sin presupuestos, ha dicho el presidente del Gobierno. La primera, añado yo, pasarte por el arco de triunfo la Constitución española. Pero no es esa la cuestión.

El problema no estriba en qué se puede hacer sin presupuestos, sino más bien en qué NO se puede hacer. Sin debatir y aprobar unas cuentas públicas en el parlamento no se puede, por ejemplo, diseñar grandes planes de inversión en infraestructuras. Son programas de tanta envergadura que exigen planteamientos a largo plazo basados en una visión estratégica del país. Por supuesto, son tan costosos que sólo se pueden cubrir a través de partidas plurianuales. Requieren consenso y estabilidad política. O, al menos, una mayoría parlamentaria capaz de aprobar unos presupuestos.

No nos engañemos. Puede que el señor que no sabe si el día 30 podrá pagar el alquiler tampoco se sienta concernido por el contenido del párrafo anterior. Lo que sí entiende, lo que sí le afecta, son 45 muertos, cada uno en su ataúd, uno al lado del otro. Son víctimas por haberse subido a dos trenes que circulaban sobre una infraestructura cuya construcción y posterior mantenimiento es responsabilidad exclusiva del gobierno de España, un gobierno que dice poder hacer muchas cosas sin presupuestos. Es una lástima que, entre esas muchas cosas, no se encuentre evitar la rotura de una vía por la que circulaban dos trenes a más de 200 kilómetros por hora. Ese choque frontal le saca a cualquiera del martilleo diario al que estamos acostumbrados.


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